Hay una pregunta que Europa debería hacerse cada mañana: ¿qué tendría que pasar para que dejáramos de ver la guerra de Ucrania como algo que les ocurre a otros?

Sebastián Hidalgo ![]()
Porque han pasado los meses, los años, y corremos el riesgo de acostumbrarnos. A los bombardeos, a las ciudades destruidas, a los muertos, a los millones de personas que han tenido que abandonar sus casas. Ucrania sigue resistiendo, Rusia sigue agrediendo y nosotros, desde este lado de Europa, seguimos con nuestras vidas, con la peligrosa tentación de pensar que aquello queda demasiado lejos como para afectarnos de verdad.

Las últimas declaraciones de Donald Trump elogiando la actuación de Rusia en esta guerra, vuelven a poner sobre la mesa una cuestión que Europa lleva demasiado tiempo aplazando: ¿hasta qué punto podemos dejar nuestra seguridad en manos de decisiones que se toman en Washington cuando el que las toma allí es alguien como Trump?
No se trata de sorprenderse por lo que diga el inestable presidente de Estados Unidos. A estas alturas, sus palabras forman parte de una manera de entender la política internacional en la que los intereses, los acuerdos y las presiones pesan tanto como los principios.
Conviene no perder de vista algo elemental: Rusia invadió Ucrania. Y ninguna negociación debería hacernos olvidar cómo empezó esta guerra ni el derecho de los ucranianos a decidir su propio futuro.
Porque Ucrania no es solamente un país que necesita ayuda. Es también una prueba para nosotros. Una prueba de nuestra capacidad para defender aquello que decimos representar, de nuestra voluntad de actuar cuando la seguridad del continente está en juego y de nuestra madurez para entender que no podemos depender siempre de que otro resuelva nuestros problemas.
España también tiene su parte de responsabilidad. Mientras la guerra continúa, nuestros militares contribuyen a proteger el espacio aéreo aliado, especialmente en el flanco oriental de Europa. Son misiones que exigen preparación permanente, coordinación, disciplina y una capacidad de respuesta que no admite improvisaciones. Detrás de cada avión que despega hay pilotos, mecánicos, especialistas, personal de apoyo y equipos enteros trabajando para que todo funcione cuando hace falta.
Por eso, cuando hablamos de Ucrania, también hablamos de España. De nuestros compromisos, de la preparación de nuestros militares, de los medios que necesitan y de la responsabilidad de quienes toman las decisiones políticas. Reconocer su trabajo está bien. Dotarlos de los recursos y las capacidades adecuadas es todavía más importante.
La guerra de Ucrania ha cambiado la manera en que Europa entiende su propia defensa. Los drones, los misiles, los ataques contra infraestructuras y la presión sobre el flanco oriental nos recuerdan que la seguridad no se puede dar por garantizada.
Ucrania es el paso de las Termopilas de nuestros tiempos. Las polis griegas que estaban unidas contra Persia somos ahora los europeos juntos contra Rusia, con los 300 espartanos ucranianos en la vanguardia sacrificándose para darnos tiempo a nosotros de preparar lo inevitable. Ellos son nuestros romanos en la muralla de Adriano vigilando a los bárbaros. Europa ha contraído una deuda eterna de gratitud con Ucrania.
Ucrania no es nuestra guerra porque tengamos que enviar a nuestros hijos al frente. Es nuestra guerra porque está en juego la Europa en la que queremos que vivan.
Sebastián Hidalgo
DYS

