La posibilidad de un segundo centro británico para reclutas adolescentes invita a pensar qué podría hacer España para acercar la profesión militar a sus jóvenes, más allá de las campañas de empleo

Jorge Estévez-Bujez ![]()
A los dieciséis años se puede haber descubierto una vocación sin conocer todavía el oficio que habrá de darle forma. Todavía restará algún tiempo para ello. Sucede con la medicina, con la enseñanza, con la mar… También con las armas. Entre aquella primera inclinación del niño y una decisión consciente media, sin embargo, una distancia que corresponde recorrer con educación, enseñanza (porque no son lo mismo ambos términos), experiencia y libertad. Una institución que pretenda despertar vocaciones debería empezar por comprender esa distancia, porque, de otro modo, no logrará comprender lo importante de recorrer ese periplo con todas esas alforjas.
Una información de James Wharton, publicada por BFBS Forces News el 3 de septiembre, me ofrece ocasión para detenernos en ello. Según el citado medio británico, el Gobierno estudia un segundo centro de formación para reclutas de dieciséis y diecisiete años, posiblemente en el sur de Inglaterra. La iniciativa se encuentra en una fase temprana aún, y carece de compromiso firme.
La referencia en este caso es el Army Foundation College de Harrogate, en Yorkshire del Norte. El Ejército británico presenta allí un itinerario que combina instrucción militar, educación y desarrollo personal. Se trata de formar jóvenes soldados, con una preparación adaptada a su edad, antes de que continúen su trayectoria profesional. Es, por tanto, una vía de incorporación al Ejército, distinta de una actividad juvenil de aproximación a la vida militar, como pueden ser los campamentos o colonias eventuales que pueden encontrarse en España, por ejemplo.
El modelo, como todo lo que tenga que ver con la formación en las todavía tiernas edades de que hablamos, exige una especial prudencia antes de la extrapolación. Como el texto recuerda, estos menores ingresan con consentimiento parental y no pueden, faltaría más, ser desplegados en operaciones. También recoge, todo hay que decirlo, abandonos e investigaciones por presuntos delitos sexuales en el centro. Cualquier valoración de sus oportunidades educativas debería incluir las obligaciones de protección que comporta recibir a adolescentes bajo autoridad militar.
Precisamente por ello, la pregunta, en clave española, merece que la formulemos con cuidado. ¿Podría una experiencia de esta naturaleza contribuir a que nuestros jóvenes conocieran mejor a sus Fuerzas Armadas y contemplaran el servicio militar como una elección de vida?

Ceremonia en la Academia General Militar. Zaragoza. Imagen: EP
Replicar su elemento central —la incorporación de menores— exigiría comenzar revisando el marco jurídico. La Ley de la carrera militar establece el requisito de dieciocho años para optar al ingreso en los centros docentes militares de formación, aunque permite presentarse a las pruebas a quienes los cumplan durante el año de la convocatoria, con las condiciones que determina su artículo 56. Una reproducción literal requeriría, además, un acuerdo político y social cuya dificultad no debe desdeñarse, especialmente en España, donde lo marcial se topa, las más de las veces, con el muro ideológico que trata de enfrentarlo como si de una reminiscencia bárbara que está llamada a extinguirse.
Lo cierto es que, muy probablemente, esa posibilidad resultará remota. Pero, al menos a efectos de reflexión, conserva suficiente interés aunque se mantuviera intacta la edad de incorporación.
España, por qué no, podría estudiar programas voluntarios de orientación, cursos estivales o iniciativas educativas concertadas que permitieran conocer la profesión antes de elegirla. Habrían de contar con una finalidad pedagógica definida, supervisión adecuada y plena libertad para abandonarlos. Huelga decir que su contenido podría resultar de lo más atractivo, y reunir preparación física, primeros auxilios, orientación, conocimientos técnicos, historia militar y estudio de las instituciones y del orden constitucional al que sirven los ejércitos.
Sería una propuesta por construir, con mucho trabajo, mucha pedagogía y cintura para esquivar zancadillas. Y su utilidad dependería de algo más exigente que reunir jóvenes alrededor de un uniforme, porque de lo que hablo es de ofrecerles una experiencia que les ayude a decidir con conocimiento y no únicamente con el hambre por un salario (mediocre) o una expectativa superior de academia, sea de oficiales o suboficiales.
Quien terminara ese recorrido y escogiera una profesión civil no habría hecho perder el tiempo a nadie, y aún menos al interesado; al contrario. Porque habría un resultado valioso en un ciudadano que, en general, comprendería mejor para qué existen sus Fuerzas Armadas, qué pueden exigir a quienes las integran y qué obligaciones tiene la sociedad hacia ellas. La cultura de defensa alcanza su madurez cuando permite entender y juzgar, además de admirar.
Hay, por otra parte, una razón para ampliar el lenguaje con el que se presenta la carrera militar. El sueldo, la formación y las posibilidades de promoción importan. Sería poco serio pedir a un joven que prescindiera de ellos. Pero una profesión que puede exigir disponibilidad, separación familiar, obediencia y riesgo necesita explicar también el sentido de esas exigencias. La vocación puede convivir con la necesidad de un empleo; pero merece disponer de algo más que una oferta laboral para reconocerse.
Por supuesto, no bastaría con una escuela para resolver cuanto pertenece al ámbito de las condiciones de servicio. Despertar interés obliga después a estar a la altura de él. Una institución gana credibilidad cuando acompaña su exigencia con buenos mandos, formación rigurosa, trato digno y perspectivas profesionales comprensibles. Es un trabajo de equipo en el sentido más amplio que pueda concebirse.
Creo sinceramente que Harrogate ofrece, con sus posibilidades y sus problemas, materia para una conversación española. Podemos considerar muy improbable la adopción de su modelo y, aun así, preguntarnos si hacemos suficiente para que un adolescente conozca la vida militar antes de encontrarse ante una convocatoria.
La respuesta merece, como en todo, un debate sereno. Al joven que siente aquella primera inclinación se le debe una explicación honrada del oficio, de su dureza y de su propósito. Después, la decisión ha de ser suya. Hablemos de ello. No nos hará mal.
Jorge Estévez-Bujez
DYS

