Las relaciones internacionales exigen paciencia, inteligencia, prudencia y, de vez en cuando, tragarse alguna palabra que en otras circunstancias habría merecido respuesta. Y luego está, de nuevo, lo que está ocurriendo con Marruecos

Jorge Estévez-Bujez
Antes de comenzar, o quizás sea el mejor comienzo de todos, aseguremos la memoria diplomática española ahora que parece haberse vuelto extraordinariamente corta.
Afrentas, reclamos, animosidad y exceso verbal
El 11 de agosto, apenas unos días después de lo sucedido en Ceuta, el ministro marroquí de Justicia, Abdellatif Ouahbi, declaró que la cuestión de Ceuta y Melilla «sigue sobre la mesa» y que Marruecos la plantea «cada vez que nos reunimos con los españoles».
No era suficiente.
«Seguimos aferrándonos a nuestra tierra. Esto requiere paciencia y queremos resolver el problema a través del diálogo», añadió Ouahbi.
—Abdellatif Ouahbi, ministro de Justicia de Marruecos.
Diez días después volvió a hacerlo.
Esta vez desde 2M, la televisión pública marroquí.
«La cuestión de Ceuta y Melilla seguirá siendo un tema de diálogo entre nosotros y España».
Y todavía:
«Mantendremos nuestro derecho histórico y nuestro derecho geográfico».
—Abdellatif Ouahbi, ministro de Justicia de Marruecos.
Habló también de encontrar una «solución definitiva» y del regreso de Ceuta y Melilla al «seno de la patria». Al menos tuvo la habilidad verbal de no introducir la solución final en su articulado.
Recordad al lector que no estamos interpretando. No estamos sospechando. No estamos traduciendo una insinuación. Estamos leyendo.
Y Marruecos, ya lo advertimos hace unos días, nos lo está diciendo.
Sólo 3 días después llegaba algo todavía más significativo.
El 24 de agosto, Ahmed Toufiq, ministro de Habices y Asuntos Islámicos, intervino durante la celebración religiosa del Eid al Maulid en el Palacio Real de Rabat. Delante estaban el rey Mohamed VI, el príncipe heredero y el jefe del Gobierno marroquí.
Allí habló de «la lucha sagrada» para liberar «las ciudades ocupadas».
—Ahmed Toufiq, ministro de Habices y Asuntos Islámicos de Marruecos.
No atribuyamos al Rey palabras que no pronunció. Sería injusto y, sobre todo, innecesario. Basta con contar dónde fueron pronunciadas, por quién y delante de quién. Hay silencios que no equivalen a una declaración, pero tampoco necesitan comentario.
Mientras esto sucedía, organizaciones marroquíes recuperaban igualmente la reclamación sobre Ceuta, Melilla y los restantes territorios españoles en el norte de África. Y ahora, cuando apenas hemos comenzado septiembre, periodistas, influencers y activistas marroquíes difunden una convocatoria para el próximo día 20 que reclama la «liberación de Ceuta, Melilla y las islas ocupadas por España».
También es bueno pecar de exactos, porque a día de hoy no existe constancia de que aquella convocatoria sea una iniciativa oficial del Gobierno marroquí -nunca parece serlo, ¿verdad?-. No conocemos organizador institucional, autorización ni siquiera un recorrido definitivamente establecido. Sería irresponsable afirmar otra cosa.
Pero sería igualmente irresponsable fingir que aparece en el vacío. Porque las palabras tienen consecuencias.
Durante semanas, responsables políticos del Reino de Marruecos han denominado nuestras ciudades territorios ocupados, han reivindicado sobre ellas derechos históricos y geográficos, han pedido su incorporación a Marruecos y han convertido su soberanía en asunto susceptible de negociación.
Después aparecen los carteles. Qué sorpresa. Primero se construye el vocabulario. Después se normaliza la idea. Finalmente otros se encargan de llevarla a la calle y jugar su pellejo por ella. Nada nuevo.
España debería saber ya algo acerca de estas cosas.
Lo verdaderamente desconcertante no es que Marruecos reivindique Ceuta y Melilla, otra vez, las veces que quiera y con la emoción que se le antoje. Lo ha hecho durante décadas. Tampoco que determinados sectores de su sociedad compartan esa pretensión. Están en su derecho de emplear fuerzas y tiempo a la empresa que consideren más necesaria a su causa.
Lo extraordinario es la naturalidad con que un país considerado amigo permite que miembros de su Gobierno cuestionen públicamente la integridad territorial de España mientras la relación bilateral continúa presentándose como excelente.
Porque las palabras significan cosas. Y la realidad es que un ministro de Justicia de un país amigo no explica que parte de España es territorio propio. Ni tampoco un ministro de un país amigo anuncia que seguirá planteando su recuperación en cada encuentro bilateral.
Un ministro de un país amigo no reclama una «solución definitiva» destinada a devolver 2 ciudades españolas al «seno de la patria».
Y un ministro de Asuntos Islámicos de un país amigo no habla de liberar «ciudades ocupadas» durante una ceremonia presidida por su jefe del Estado como si aquello fuera una cuestión perfectamente compatible con una relación de amistad normal.
Ocurre una cosa u ocurre la otra. Las 2 al mismo tiempo empiezan a resultar difíciles de sostener.
Desde nuestro Gobierno se nos explica insistentemente que las relaciones con Marruecos atraviesan uno de sus mejores momentos. Se nos dice que existe cooperación policial, económica, migratoria, energética, empresarial y antiterrorista. Compartiremos incluso un Mundial de fútbol.
Magnífico. Pero, hasta donde suele ser natural, la amistad obliga. Y si el Gobierno de España, para desdoro general, ha reconocido intereses fundamentales para Marruecos; ha realizado importantes e incomprensibles modificaciones en su posición internacional; ha desarrollado una cooperación extraordinariamente estrecha y ha convertido la relación con Rabat en uno de los ejes de su política exterior, debiera ser bastante elemental exigir reciprocidad. No gratitud. Reciprocidad. Al menos, desde el punto de vista, desde el prisma, de quienes han llevado a efecto la nueva política exterior española para con Rabat.
Porque, huelga decirlo, España no reclama Tánger. España no reclama Tetuán. España no organiza debates sobre la recuperación de territorios marroquíes ni permite que sus ministros hablen de devolver ciudades del Reino al «seno de la patria española».
España reconoce las fronteras de Marruecos. Lo mínimo sería esperar exactamente lo mismo. Pero ya no estamos en ese momento.
Y tampoco sirve ya refugiarnos permanentemente en la explicación de que estas declaraciones no representan formalmente la posición exterior del Reino porque sólo el monarca y el Ministerio de Exteriores pueden comprometer diplomáticamente al Estado marroquí.
Puede ser impecablemente cierto desde el punto de vista institucional. Pero no cursa en la realidad en que nos encontramos. Ya no. Porque Ouahbi no es un tertuliano y Toufiq no es un usuario anónimo de X. Son ministros del Gobierno de Marruecos. Y cuando un ministro extranjero cuestiona la soberanía española, España tiene derecho a considerar que ha ocurrido algo -al menos a planteárselo-.
Después, cuando vuelve a hacerlo 10 días más tarde, tiene derecho incluso a sospechar que no fue un accidente.
Y cuando otro miembro del mismo Gobierno introduce, además, el concepto de «ciudades ocupadas» delante de su propio monarca, con la quietud anuente del coronado como rector espiritual de los marroquíes, quizá llegue el momento de abandonar la fascinación por los matices.
Porque entretanto, al otro lado de la frontera, alguien ha fijado ya una fecha: 20 de septiembre.
No sabemos todavía cuánta gente acudirá. Quizá poca. Quizá ninguna. Tal vez la convocatoria se disuelva en la misma red social de la que salió. Ojalá.
Pero ésa ya no es la cuestión. La cuestión es que hoy, en Marruecos, reclamar públicamente la «liberación» de territorio soberano español parece haberse convertido en una actividad perfectamente normal. Y no, no debería serlo.
Ante ello, España no necesita responder con estridencias; necesita algo más sencillo, que requiere algo de valor, pero sobre todo algo de libertad, libertad de actuación, la misma de que se dispone cuando nada hay que temer: consecuencias diplomáticas.
Los Estados serios hacen esas cosas. Otras veces lo hemos dejado escrito aquí. Porque uno de los problemas de España con Marruecos no consiste en que no sepamos qué quiere Marruecos. Nos lo dice continuamente. El problema vuelve a ser, y seguirá siéndolo, que llevamos demasiado tiempo empeñados en no escucharlo.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

