Las similitudes del la situación real británica de sus Fuerzas Armadas valen para el resto de Europa (casi), incluida España

Jorge Estévez-Bujez
El artículo de Larisa Brown en The Times no cuenta una anomalía británica. Cuenta, con nombres propios y cifras poco confortables, la enfermedad de buena parte de las Fuerzas Armadas aliadas: presupuestos que crecen en los titulares, planes que prometen transformar la guerra del futuro, documentos oficiales impecables y, detrás, una realidad acaso más descarnada Falta dinero ejecutable, faltan existencias, falta industria disponible, faltan calendarios creíbles y sobran titulares (literatura). Artículo de The Times tras muro de pago

El Challenger británico en una sesión de pruebas y fotografía
La tesis del general Sir Richard Barrons es brutal precisamente porque no viene de un agitador externo, sino de uno de los 3 autores de la Strategic Defence Review británica de 2025, junto a Lord Robertson y Fiona Hill. Esa revisión fue presentada por el Gobierno como una respuesta al nuevo entorno de amenaza, con énfasis en Ucrania, drones, resiliencia nacional, industria y preparación para una guerra de alta intensidad; lo normal cuando aterrizamos en el mundo post-ucraniano. El propio Ministerio de Defensa británico la vendió como el plan para hacer a las Fuerzas Armadas “más fuertes” y al país “más seguro”. Todo más creíble con acento en la resiliencia, que es el sustantivo más de moda hace años.
El problema es que Barrons viene ahora a decir algo mucho menos supérfluo, menos accesorio: que no hay dinero real para comprar nuevas armas hasta 2030. Reino Unido puede escribir sobre la guerra futura, debatirla, modelarla, enseñarla en presentaciones y repartir responsabilidades entre comités, a todos nos suena esa música, pero no puede pagar todavía una parte substancial de los medios que afirma, y con razón, necesitar.
El artículo no descubre que Londres tiene problemas presupuestarios —eso lo sabe cualquiera que haya seguido el deterioro de la Royal Navy, la reducción del Army o los malabares de la RAF—, sino en poner sobre la mesa la contradicción central de que el dinero anunciado no equivale a capacidad militar disponible, y lo que es peor, ni siquiera aunque esté perfectamente planificado.
El espejismo de las grandes cifras
El Gobierno británico puede responder, y de hecho responde, con cifras grandes. Habla de 270.000 millones de libras durante la legislatura, del mayor aumento sostenido desde la Guerra Fría, de contratos adjudicados a empresas nacionales y de inversiones en drones. Nada de eso es irrelevante, sino todo lo contrario, porque hablamos de cifras estratosféricas para un país europeo, pero tampoco resuelve la cuestión principal.
El Reino Unido se ha comprometido a elevar el gasto en defensa hasta el 2,5 % del PIB en 2027 —2,6 % si se incluyen elementos de seguridad e inteligencia— y al 3,5 % en 2035, dentro del nuevo marco aliado. La Cámara de los Comunes recoge además que el gasto británico fue del 2,3 % del PIB en 2024 y que se esperaba un 2,4 % en 2025.
Sobre el papel, parece una senda ascendente y aceptable. Pero, en la realidad, esa senda llega tarde para casi todo lo urgente. Como cita The Times, el Institute for Fiscal Studies ha advertido que los planes actuales implican que el gasto se mantendría plano como porcentaje del PIB en torno al 2,6 % entre 2027-28 y 2028-29, y que retrasar los aumentos obligaría después a incrementos mucho más bruscos para alcanzar el 3,5 % en 2035. Es decir: se promete una defensa más robusta mañana, mientras se conserva una defensa insuficiente hoy. Nada muy distinto, como decía al principio, de lo que podemos encontrar en los corrales nacionales del resto del Continente.
La diferencia no es, por tanto, contable, es militar. Un batallón no combate con un compromiso de gasto a 10 años. Una fragata no se defiende con una nota de prensa sobre el próximo sistema AAW que será instalado y una brigada no genera masa porque el Tesoro acepte, en abstracto, que algún día habrá más dinero. La industria tampoco mantiene ingenieros, líneas de producción y cadenas de suministro esperando a que Westminster termine de descubrir el mundo en el que vive y libere el pecunio.
Pero lo cierto es que el agujero, el roto, no empezó ayer ni se cerrará mañana, por lo que la crítica de Barrons no cae en terreno virgen. La National Audit Office ya advirtió en 2023 que el plan británico de equipamiento 2023-2033 era inasequible, con costes previstos que superaban el presupuesto disponible en 16.900 millones de libras. La propia NAO señaló, además, que la situación había empeorado claramente respecto al plan anterior, por la inflación y el incremento del coste de las grandes prioridades de defensa.
El deterioro británico es acumulativo; es secular, como cualquier atolladero con el que se especula pero al que nunca se le enfrenta. Viene de décadas de reducción de efectivos, externalización de riesgos, optimismo presupuestario, programas demasiado caros, plataformas contadas con lupa y una confianza casi supersticiosa en que la calidad compensaría siempre la cantidad. Es un mal endémico de nuestro tiempo del que está costando salir. Vives placenteramente con unas pocas decenas de interceptores capacdes hasta que varios cientos de Patriots después (Irán) caemos en la cuenta de que ni siquiera TODOS los del inventario son hoy día suficientes (en realidad en ningún momento de la Historia algo menos que TODO fue suficiente para afrontar una guerra).
Irán y Ucrania han puesto esa idea contra la pared. La guerra no ha abolido la tecnología avanzada, pero ha recordado algo elemental: la cantidad vuelve a importar. Y, si dejó de hacerlo, lo fue únicamente porque no disputamos ninguna con todas las letras, con la verdadera envergadura que requiere un enemigo que se ha preparado largamente para luchar una. Importan los tubos de artillería, los misiles, los drones, los repuestos, los talleres, los operadores, las reservas, la defensa aérea, los stocks y la capacidad de reponer pérdidas (rápido, además). La guerra moderna no es una exposición de maquetas futuristas. Es una trituradora logística que consume todavía más que las anteriores. Bisoños es un calificativo que se nos queda corto.
El 20-40-40 y la parte que nadie puede pagar
Uno de los puntos más interesantes del artículo es la referencia al concepto “20-40-40” asociado al general Sir Roly Walker: un 20 % de capacidad de combate procedente de plataformas tradicionales, un 40 % de sistemas desechables o semidesechables y otro 40 % de armas consumibles, incluidos drones de ataque unidireccionales.

La disponibilidad de buques la Royal Navy es continuamente puesta en entredicho con argumentos más que sobresalientes
La idea es coherente con la experiencia ucraniana. La pregunta es si Reino Unido —y por extensión, como antes apuntaba, buena parte de Europa— puede pagarla, producirla y absorberla doctrinalmente. Barrons sostiene que no: que apenas hay dinero para sostener plataformas convencionales como carros, helicópteros o artillería, pero no para financiar ese 80 % compuesto por sistemas atribuibles, autónomos, consumibles y baratos solo en comparación con lo exquisito.
Se habla de drones como si fueran una solución barata a un problema caro. Pero los drones no son baratos cuando se necesitan por decenas o cientos de miles, con enlaces resistentes, cargas útiles, guerra electrónica, formación, repuestos, integración en fuegos, inteligencia, mando y control, y capacidad industrial para reponerlos a ritmo de guerra. Un dron barato puede, en efecto, costar poco. Una fuerza dronizada al nivel que requiere la realidad no cuesta poco.
Alemania y Polonia: donde va el dinero, va la industria
Barrons advierte que empresas tecnológicamente brillantes están siguiendo el dinero hacia Alemania, Polonia o Estados Unidos. Es una afirmación importante porque toca el nervio de la política industrial: la industria de defensa no vive de intenciones, sino de contratos. Y no sólo de contratos pequeños, sino de demanda sostenida, pedidos repetidos y previsibilidad.
Alemania, con todas sus dificultades burocráticas y culturales, está cambiando de escala. Reuters informó de que Berlín trabaja con una senda en la que el gasto total de defensa alcanzaría los 144.900 millones de euros en 2027, con una cuota OTAN del 3,1 % ese año y del 3,7 % en 2030. Sin duda ambicioso.
El contraste con Londres se hace evidente. Reino Unido conserva capacidades de primer nivel: disuasión nuclear, submarinos, inteligencia, fuerzas especiales, industria aeroespacial, experiencia expedicionaria, mando conjunto, relaciones privilegiadas con Estados Unidos. Pero la dirección del viaje industrial que requieren los tiempos que vivimos importa tanto como el punto de partida. Si el dinero nuevo se materializa antes en Berlín, Varsovia o Washington, allí irán las empresas, el talento y las prioridades de producción. Tiene todo el sentido y es difícil alegar algo en contra. A pesar de todo, luego vendrá la queja: que cuando Londres quiera comprar, no será el primero en la cola. Y será verdad. Pero no será una desgracia accidental, sino el resultado de no haber comprado cuando tocaba (a pesar de los anuncios).
La miseria diaria detrás del decorado
La discusión pública suele quedarse en los grandes programas: AUKUS, SSN-AUKUS, GCAP, F-35, Type 26, Type 31, Challenger 3, Boxer, defensa antimisil, inteligencia artificial, nube de combate, enjambres, municiones de precisión. Todo eso importa. Pero el artículo apunta a una realidad menos vistosa y más determinante: la vida diaria de unas Fuerzas Armadas que viven permanentemente por debajo de lo que se les exige.
Esa es la parte que rara vez trasciende. Unidades que preparan ejercicios con material limitado. Buques que se turnan para estar disponibles (cuando no se canibalizan unos a otros). Escuadrones con pocas aeronaves plenamente operativas. Personal que se marcha porque la vida militar ya no compensa. Viviendas deficientes. Formación recortada. Munición cuidadosamente administrada. Repuestos que llegan tarde. Contratos que no cubren lo que prometían. Oficiales que dedican más tiempo a gestionar carencias que a entrenar para combatir. Muy probablemente sean legión los lectores del mundo marcial que puedan dar fe de lo anterior.
Y, pese a ello, pese a todo, comparecen los ministros con una fórmula conocida y que, entre todos, hemos manoseado impúdicamente: “mayor aumento desde la Guerra Fría”, “aprendemos las lecciones de Ucrania”, “lideraremos en la OTAN”, “base industrial”, “innovación”, “resiliencia”, «ecosistema tecnológico de la defensa«. El lenguaje es correcto, la concreción es débil.
No es sólo Reino Unido
Sería un error leer todo ésto como una decadencia exclusivamente británica. Reino Unido es más visible porque todavía aspira muy alcoyanamente a jugar en primera división y porque conserva una cultura de debate público sobre defensa más cruda y sincera que la de otros países europeos, entre ellos España. Pero la patología es compartida.
Muchos aliados europeos han vivido durante años de, como poco, 3 comodidades: la cobertura estadounidense, la ilusión de que las guerras largas eran cosa de otros y la creencia de que los presupuestos de defensa podían comprimirse sin consecuencias graves en post de causas mucho más nobles, y casi siempre medioambientales. Ahora, la hornada de políticos que ostenta el tiro de los corceles descubre que la disuasión no se improvisaba y que una industria adelgazada no se convierte en arsenal por decreto. Ganaron los titulares, pero están perdiendo la batalla de la ejecución.

Lo que denuncia Barrons es un mal de muchos. El acierto británico: la denuncia.
La OTAN habla ya de porcentajes más altos, de 3,5 % para defensa estricta y de inversiones adicionales en seguridad, infraestructura y resiliencia. Pero incluso esa conversación puede convertirse en otra coartada si no se traduce en lo que afirma que quiere conseguir. No podemos olvidar que el porcentaje del PIB es un indicador. Nada más.
Barrons tiene razón en otro punto que también adquiero para España: la falta un debate nacional serio. No sólo sobre cuánto gastar (a ese es fácil apuntarse), sino sobre qué se sacrifica para gastar más y qué modelo de fuerza se quiere sostener. En Reino Unido, como en otros países aliados, la defensa compite con sanidad, pensiones, deuda, infraestructuras, transición energética, vivienda y presión fiscal. El IFS lo plantea con claridad cuando afirma que alcanzar el 3,5 % del PIB en defensa hacia 2035 supone volver a niveles de gasto propios de finales de la Guerra Fría, pero en una sociedad con demandas sociales mucho mayores.
Y esa es la conversación de verdad, la misma que salta a la cara de los políticos en cada uno de los comicios: si se quiere una defensa capaz de disuadir a Rusia, sostener a Ucrania, proteger territorio nacional, reforzar el flanco oriental, asegurar rutas marítimas, mantener presencia global, defender el Atlántico Norte y operar junto a Estados Unidos, hay que pagarla. Y pagarla significa priorizar. Significa decir no a otras cosas (o no tanto). Significa asumir que la seguridad no es gratis, que la paz armada cuesta cada vez más y que haber gastado poco durante años no genera un dividendo permanente, sino una factura acumulada cuando las cosas se han puesto serias e irreverentes desde Moscú a Washington, pasando por Ormuz.
La guerra futura no espera al ciclo presupuestario
El artículo de The Times es valioso porque rompe con el decorado y quiere naturalizar una discusión sincera y, quizás, demasiado abierta para una sociedad que, en su mayoría, no comprende ni comparte más urgencias que las que le son individualmente propias, al máximo exponente del término individuo. El texto no niega que Reino Unido esté aumentando su gasto, ni que haya reformas. Tampoco que existan capacidades sobresalientes. Lo que muestra es que el calendario financiero, industrial y operativo no coincide con el calendario de la amenaza. Y que, en definitiva, el calendario electoral es el peor asesor en materia de defensa.
La guerra en Ucrania ha enseñado que la ventaja no pertenece necesariamente al que mejor describe el futuro, sino al que antes adapta su fuerza, produce en cantidad, aprende bajo presión y convierte la innovación en rutina militar. Reino Unido sabe lo que debe hacer. Lo ha escrito en su revisión de defensa. Lo han dicho sus generales y así parece haberlo ha entendido parte de su industria.
Lo que falta es lo de siempre: dinero a tiempo, decisiones a tiempo y una clase política dispuesta a explicar al país que la defensa no es una partida ornamental, susceptible de desear su desaparición, como algún líder occidental afirmó hace no muchos años, sino el seguro último de todo lo demás.
Mientras tanto, los ejércitos aliados seguirán viviendo esa doble vida tan conocida de grandes cifras arriba, escasez abajo; discursos de transformación en los atriles, carencias en los hangares; promesas para la guerra futura y dificultades para sostener la fuerza presente.
Esa brecha no la explota un columnista como el abajo firmante. La explota el adversario mientras decidimos hasta dónde estamos dispuestos a sacrificarnos.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es


3 respuestas
En mi humilde opinión, no creonque sea solamente una cuestión de cifras de gasto (el famoso 3.5%). Lo.primero que habrá que hacer es definir clara y realistamente las amenazas a las que debe hacer frente el país, las amenazas a las que debe hacer frente la OTAN y los niveles y estructura de fuerza necesarios para afrontar los unos y los compromisos dentro de la OTAN. No estaría de más definir qué clase de política exterior (y con quién) queremos tener y definir los medios de proyección necesarios para apoyarla (parece que el soft power ya no sirve para tanto). Con todo eso y definidas las fuerzas necesarias para ello, habrá que diseñar el presupuesto a medio y largo plazo para alcanzarlas.
En España se oye hablar de que si el 2%, que si el 2.1 o el 3.5%. Pues no. Lo serio es hablar de qué amenazas nacionales y colectivas tenemos que hacer frente con garantías, qué objetivos exteriores tenemos y cómo estamos dispuestos a asumirlos y en consecuencia, qué fuerzas necesitamos y cuánto costarían. Lo demás, es como discutir los decimales de un número irracional.
Evidentemente, lo que he dicho antes implica un trabajo tanto político como técnico (militar) y económico (fiscal e industrial). Quiero pensar que la parte técnica es capaz de acometer su área de responsabilidad de manera profesional. Lo preocupante es que nuestro estrategia de seguridad nacional es más un wishfull thinking escrito para no molestar a nadie y para aplacar delirios ideológicos que una base seria que permita a nuestros técnicos planificar nada realista.
Un análisis muy acertado de la realidad. Se vive en un entorno de grandes proyectos, nubes de combate ….. y se canibalismo helicópteros porque nl hay dinero para repuestos. Se alarga la vida útil de los sistemas sin tener un a alternativa ni a medio ni a largo plazo. Ojalá no tengamos nunca a que ver a que nos ha llevado a esta situación.