La guerra barata está obligando a defenderse con medios desproporcionadamente caros, poniendo en cuestión la sostenibilidad real de los sistemas de defensa más avanzados

Sebastián Hidalgo
Los conflictos actuales nos están dejando una evidencia clara: las reglas de la guerra han cambiado. Hoy, un dron que cuesta unos pocos miles de euros, puede obligar a lanzar un misil de millones para interceptarlo. La paradoja es evidente: tecnologías simples y baratas están poniendo en jaque a algunos de los sistemas de defensa más sofisticados del mundo. Y eso nos obliga a preguntarnos si las naciones occidentales han tomado buena nota de lo que está ocurriendo en Ucrania e Irán.

Un 35/90 del Ejército de Tierra (Foto: ET)
Estas nuevas armas están haciendo posible que países que no contaban aparentemente con una gran infraestructura militar puedan alargar un conflicto e infligir daños reales a adversarios mucho más poderosos, como Estados Unidos o Rusia. La lógica tradicional de la guerra, en la que la superioridad tecnológica garantizaba una victoria rápida empieza a resquebrajarse. Aunque el triunfo sea indudable el coste de ese éxito puede dispararse y hacer que se replanteen los cálculos del beneficio a conseguir por el gasto realizado. Irán está aplicando precisamente esta estrategia.
Ahora se busca una solución urgente a esta problemática. Los sistemas de defensa aérea convencionales estaban concebidos para ataques con misiles a los que se respondía con misiles. Una igualdad de medios que hacía equivalente el costo de ambas acciones. Pero las cosas han cambiado.
Se hace especialmente evidente ante ataques masivos o enjambres de drones, donde el número de objetivos puede saturar las defensas y obligar a emplear una gran cantidad de interceptores en poco tiempo. Drones de diez mil euros derribados por misiles de entre uno y dos millones de euros.
De hecho, países como Arabia Saudí o Qatar ya han manifestado su preocupación por la dificultad de mantener en el tiempo una defensa eficaz en escenarios de alta intensidad. Esta situación resulta especialmente llamativa si se tiene en cuenta que se trata de países con un enorme poder económico, lo que demuestra que el problema no es únicamente financiero.
Si trasladamos la mirada al escenario europeo, podríamos decir que el continente observa la situación “desde detrás de la barrera”, consciente del problema pero todavía en fase de reacción, muy a la europea. Hace unos meses, Ursula von der Leyen anunció un ambicioso escudo antidrones destinado a reforzar la protección de todos los flancos del continente europeo. Según lo planteado, este sistema estaría operativo en torno a 2027 y tendría como objetivo mejorar la capacidad de detección y neutralización de estos artefactos.

Sin embargo, más allá del anuncio político, aún se desconocen muchos detalles concretos sobre cómo se estructurará realmente este escudo y qué sistemas específicos lo compondrán.
¿El problema de todo esto? Que todavía no existe una solución plenamente operativa y probada a gran escala. Muchas de las tecnologías que se proponen para hacer frente a los enjambres de drones siguen en fase de desarrollo. El único país que, por ahora, ha dado un paso considerable y tangible en esta dirección ha sido Israel con su nuevo sistema Iron Beam. Se trata de un sistema de defensa activa basado en un láser de alta energía, diseñado específicamente para interceptar amenazas de bajo coste.
Esta nueva proeza de la ingeniería sigue la misma lógica que el dron suicida: Es bueno, es bonito y es barato de operar.
Las amenazas han cambiado y quienes las ejercen son conscientes de que cuentan con cierta ventaja. Los europeos debemos tomar conciencia de que necesitamos estar preparados para un nuevo contexto geopolítico, en el que Europa se ha convertido en un objetivo a batir.
Sebastián Hidalgo Martínez



Un comentario
El Iron Beam puede funcionar bien en el caso de Israel, pero eso no es directamente extrapolable a otros países.
Un láse tiene un alcance limitado, más que por la atenuación atmosférica, por la capacidad de enfocar el rayo. La ley electromagnética de Maxwell es implacable: la luz se abre en abanico, se extiende como un V. Da igual que el rayo salga colimado del emisor. La ley es la ley. Lo que hacen entonces los sistemas es tener un emisor con una óptica muy grande, que genera un rayo, digamos que, en V invertida: en vez de abrirse, se cierra. En un punto, a un distancia dada, ajustable dentro de ciertos límites, los rayos se cruzan.
El sistema británico, DragonFire, consigue hacer coincidir los rayos en una superficie de una moneda a un kilómetro de distancia. El alcance nominal, en el que el sistema efectivo, es de hasta 5 km.
Tomemos ese dato. En una frontera como la de España con Marruecos, por ejemplo, ¿cuántos Iron Beams se necesitarían para crear una barrera impenetrable? Desde la frontera con Portugal hasta el extremo oriental de Almería hay unos 800 km. Esto es sin contar las Canarias ni Ceuta y Melilla ni el resto de plazas africanas con presencia militar o civil. Es decir, necesitaríamos 80 de estos dispositivos para cubrir toda la frontera. No es inviable del todo, pero tampoco invita a pensar que sea práctico.
Israel, en este sentido, lo tiene más fácil: su país es pequeño y, además, Irán está lejos. Los drones vuelan lento y hay tiempo para saber por qué ruta, de las pocas posibles que hay, vienen. No es nuestro caso, al igual que no lo sería el de Ucrania.
Es decir, lo del láser es un buen invento, pero no es la panacea. Eventualmente, lo que se necesita es embarcarlo en un avión, con suficiente capacidad de generación eléctrica y suficiente velocidad para interceptar los drones (aquí vale un turbohélice, no necesita ser un turboventilador).
Mientras tanto, una posibilidad de interceptar drones, en nuestro caso, es simplemente con los C295 o los futuros Eurodrones: su velocidad es suficiente para moverse de una zona a otra para interceptar un enjambre de drones. Pueden llevar un radar ventral, además de un sistema electróptico, para detectar autónomamente drones. Al menos en el caso del C295 con sistema FITS, incluso dispone de Link16 para recibir las coordenadas a las que debe dirigirse.
Para derribarlos, puede usar cohetes guiados de 70 mm: recientemente Thales ha desarrollado una cabeza explosiva especial, que proyecta una perdigonada de tungsteno (efecto «airburst») y dispone de una espoleta de proximidad (ya no hace falta darle de lleno al dron). Pero sigue siendo un cohete, de vuelo relativamente tosco.
Turquía tiene su propio misil de 70 mm, los Cirit. Ese artefacto ha nacido desde el inicio como misil de bajo coste, mucho más ágil y, por ende, preciso que un cohete guiado. Ya tenían una cabeza de guerra multipropósito, que incluía como efecto la fragmentación y parece ser que ahora implementa también una espoleta de seguridad. Este misil ya está integrado en el FITS del C295 (versión ISR armada).
Los micromisiles Fox de Aertec son otra opción. Son ágiles y precisos, supuestamente baratos, y siendo más pequeños (50 mm) y ligeros, el lanzador podría albergar más. Eventualmente les falte la espoleta de proximidad. El guiado por láser, eso sí, es el mismo que el de las otras dos opciones arriba comentadas.
Tanto el C295 como el Eurodrón podrían usarlos. Ambos tienen una gran persistencia en el aire, por lo que no necesitan salir corriendo cuando se aviste la oleada, a diferencia de un caza. Su hora de vuelo también es mucho más económica que la de un caza. Y el desgaste prematuro que acarrea su uso intensivo es menos grave que en el caso de un caza de última generación.
El C295 ofrece dos opciones adicionales, complementarias, de derribo:
-La versión cañonera, ISR armado, incorpora dos cañones de 27 mm en las puertas. Si estos cañones se cambiasen por uno aeronáutico de 30 mm, podría disparar munición airburst. Las opciones para estos cañones ligeros de 30 mm son el M230 LF de Grumman, que es una versión terrestre del que monta el Apache. Escribano lo ha presentado en el Feindef en una Guardian 2.0 Pro sobre el MRAP 6×6 Ferox. Y anteriormente se ha presentado sobre el dron Themis. La otra opción sería el cañón Néxter que montan los Tigre Mk3: tiene algo más de alcance que el del Apache. Siendo un avión de transporte, puede llevar muchísima munición. En comparación, un cazabombardero suele llevar menos de 200 disparos y se necesitarán unos 15 por dron.
-La otra opción es montarle un láser. Si la generación eléctrica es insuficiente, podría embarcar baterías de litio cargadas. Alternativamente, podríamos pensar también en un cañón de microondas, pensado para freír la electrónica del dron. Esto ya existe en la modalidad de «escopetas».
Adicionalmente, la aeronave que sea puede implementar medidas de «softkill», interfiriendo la señal de control remoto, si el dron no es autónomo.