Europa sin defensa: las palabras incómodas de Mattarella

El presidente italiano, Sergio Matarella. Foto: Quirinale
Ahora que la realidad nos alcanzó a todos, las palabras de advertencia sobre lo que podía ocurrir afloran desde todas las instancias políticas europeas. Pero ni siquiera es un mea culpa, sino una suerte de nuevas admoniciones, de «ya os lo dije» en boca de experimentadas y veteranas figuras de la arena política europea. Este caso no es una excepción, y ahora que la inestabilidad se consolida como norma, las palabras del presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella, durante el XXI Foro de Diálogo Italia-España, habrían resonado con una crudeza inusual en los círculos políticos europeos, si no fuera porque, como decía, ya estamos de vuelta de casi todo -o creemos estarlo-. Desde el Palacio del Quirinal, Mattarella lanzó un recordatorio tan incómodo como inapelable: la Unión Europea ha fracasado en su intento de dotarse de una defensa común, y las consecuencias de esa inacción ya están aquí.
Citando explícitamente el camino frustrado desde el Tratado de París de 1952 hasta las conclusiones del Consejo Europeo de Helsinki de 1999, el presidente italiano destacó la promesa incumplida de que, para 2003, los Estados miembros serían capaces de desplegar hasta 60.000 efectivos bajo mandato común. Esa capacidad operativa nunca llegó, y lo que debía ser un primer paso hacia una autonomía militar europea real se disolvió en décadas de vacilación, competencia nacional y dependencia estructural de la OTAN.
Mattarella no se quedó en la melancolía diplomática. Subrayó que este retraso —extendido también al ámbito económico y al mercado interior— requiere “urgencia y visión”, si Europa quiere dejar de ser una economía reguladora sin capacidad real para proteger sus intereses y ciudadanos. Señaló además la necesidad de consolidar lo que el Informe Letta ha definido como la “quinta libertad”: la libertad de que el crecimiento y los beneficios económicos lleguen de forma equitativa a todos los europeos.
Diagnóstico compartido, pero ¿y la acción?
No es pesimismo, es trayectoria; no es alarmismo, es evidencia. La ingente movilización de fondos y programas ha reactivado los resortes industriales de la defensa de Europa, sí, pero es un espejismo.
El lamento del presidente italiano es técnicamente certero. Más de 7 décadas después del primer intento, Europa carece de una política común de defensa vinculante, operativa y eficaz. Los proyectos de cooperación estructurada permanente (PESCO), el Fondo Europeo de Defensa, o el aún esbozado Cuartel General europeo, han sido pasos tímidos frente a un entorno en el que Rusia libra una guerra de desgaste en el flanco oriental, y Estados Unidos recalibra su compromiso con el continente.
La referencia al objetivo de 60.000 soldados es especialmente significativa: fue uno de los compromisos más ambiciosos del periodo posterior a la Guerra de los Balcanes, en el que Europa asumió que no podía seguir subcontratando su seguridad. Sin embargo, ni doctrinas operativas comunes, ni cadena de mando unificada, ni voluntad política real lo hicieron posible. No olviden ese compromiso, porque lo mismo ocurrirá con todas las grandilocuencias de la Comisión y el Parlamento europeos de un tiempo a esta parte: los SAFE, los Rearme Europe, los planes para favorecer la movilidad y unificar criterios técnicos en las vías de comunicación… todos, sin distinción, acabarán de igual forma: incompletos, inconexos, parciales e inacabados. No es pesimismo, es trayectoria; no es alarmismo, es evidencia. La ingente movilización de fondos y programas ha reactivado los resortes industriales de la defensa de Europa, sí, pero es un espejismo. No se lleven a engaño, el Viejo Continente no ha escarmentado. Hay excepciones, siempre particulares (Polonia, Suecia, quizás Alemania e Italia…), pero no hay un convencimiento común. Espero equivocarme, de todo corazón lo espero. Pero, al tiempo.
Italia y España, ¿motores posibles?
Volviendo con Mattarella, el venerable político apuntó con claridad a un rol reforzado para España e Italia como impulsores de esta agenda. Ambos países comparten capacidades medias, necesidades similares y un mismo diagnóstico: sin defensa común, no hay soberanía real. Pero el liderazgo no se ejerce sólo con declaraciones, sino con presupuestos, compromisos industriales y voluntad de compartir competencias.
El mensaje del presidente italiano es claro y oportuno, pero también es una advertencia: el coste de no haber actuado ayer se paga hoy, y la factura —como ha demostrado Ucrania— se mide en vidas, dependencia y pérdida de influencia. A lo primero nunca ha estado inclinada Europa (primer punto de su insignificancia); a lo segundo parece haberse acostumbrado; y lo tercero es ya una forma de conducirse en el teatro internacional (el ser prescindible).
El momento para Europa no es de introspección, sino de elección: o asume su rol como actor político-militar o seguirá siendo —como se dice cada vez con menos ironía— un proyecto de potencia normativa atrapada en un mundo post-normativo.
Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

