Moncloa ensaya un control de daños apresurado para salvar la fusión con Escribano, calmar al mercado y disimular un conflicto que ya cotiza en bolsa. Una información exclusiva de El Confidencial
Lo desvela hoy Agustín Marco, en El Confidencial: Moncloa citó de urgencia a Ángel Escribano para sugerirle —a buen seguro con la sutileza habitual del poder cuando se pone nervioso— que dejara la presidencia de Indra. El motivo, por descontado: la fusión con Escribano Mechanical & Engineering y la fuerte caída de la acción. El real: control de daños.
Porque cuando en 48 horas se volatilizan 1.300 millones de euros de capitalización, como acertadamente indica Agustín, el relato del “campeón nacional de la defensa” deja de ser épica industrial y pasa a parte de incidencias. Y entonces aparece la solución clásica del manual gubernamental: retire usted a uno de los hermanos y quizá el incendio parezca menos incendio.
La jugada es transparente, y no necesita de sesudas interpretaciones que desgranen el fondo. Sacrificar a Ángel Escribano serviría para vestir de asepsia institucional una operación que huele a conflicto de intereses desde el primer borrador. No se cancela la fusión, no se revisa el planteamiento de fondo, no se explica por qué el consejo fue forzado mientras la SEPI pedía frenar. Se ofrece una cabeza para salvar el cuerpo. O, al menos, para ganar tiempo.
Lo irónico es que este mismo Gobierno fue quien colocó a Escribano en la presidencia hace apenas un año, con el encargo explícito de construir músculo industrial a golpe de adquisiciones. Ya saben, el campeón nacional, el Cid Industrial que plante batalla a los Thales de media Europa. Primero Santa Bárbara, con bronca transatlántica incluida. Luego su propia empresa familiar. Cuando el plan sale mal, el problema nunca es el plan: es quien lo ejecuta.
El mercado, siempre grosero, desconfiado, no compra el argumento. Castiga. La acción cae, el Estado —primer accionista— pierde cientos de millones y los planes se resquebrajan. De pronto, el presidente que “más sabe de defensa” se convierte en un obstáculo que conviene apartar discretamente.
Ésto no va de ética corporativa ni de buen gobierno. Va de apagar fuegos antes de que ardan los frentes judiciales, regulatorios y bursátiles que rodean a Indra. Dimite uno, respiran todos. Al menos durante unos días.
La lección es conocida: cuando la política entra en el consejo de administración, la credibilidad sale por la ventana. Y cuando el mercado huele el miedo, no perdona ni la retórica ni las dimisiones tácticas.
Redacción
defensayseguridad.es

