Macron presiona a la industria de defensa gala: entre el imperativo de adaptación y la amenaza de apertura europea

Foto: Philippe Magoni. France24
Hay discursos de Año Nuevo que se pierden con el paso de los días, y hay otros que retumban como si se hubiese activado una sirena de combate. El de Emmanuel Macron del pasado jueves, 15 de enero, en la base aérea de Istres pertenece claramente a la segunda categoría. Porque, la verdad sea dicha, el líder galo es muy del gusto de la grandilocuencia y la gravedad en sus intervenciones, como quien es plenamente consciente de que cada vez que interviene ante su pueblo tiene a un ejército de escribas redactando lo que la Historia dirá de él en un lejano mañana. Así, las admoniciones resultarán siempre más trascendentes, con menos sopor. Macron, por tanto, lo tenía fácil: en medio de un escenario internacional crispado, con Ucrania aún en el alambre y la noción de soberanía europea más declamada que ejercida, el presidente francés decidió pasar al ataque. No contra un enemigo exterior, que hubiera sido lo normal en estos días, sino, oh, sorpresa, contra su propia industria de defensa, esa que durante décadas ha gozado de clientelismo estatal y márgenes generosos. Se acabó. O se adaptan, o se abren las puertas —literalmente— a la competencia continental. Obviamente, no iba a referirse a la norteamericana (excepto por las catapultas) o la china.
La advertencia no fue precisamente velada, sino franca y directa. Macron lo dijo sin rodeos: «Necesito una industria de defensa que se adapte más y que ya no considere a los ejércitos franceses como clientes cautivos, porque quizás busquemos soluciones europeas si son más rápidas o más eficaces». Ahí está el aviso, con su punto de cinismo medido: si las empresas nacionales no aceleran, la alternativa vendrá con acento ¿alemán, español, italiano, polaco…? Un órdago que responde a una realidad incómoda: Francia está llegando tarde a muchas citas, sobre todo en lo que respecta a drones y defensa antiaérea, donde hasta Ucrania —en pleno conflicto y con infraestructuras devastadas— ha logrado pisar el acelerador con más contundencia. Y, pese a todo, decir que Francia llega tarde, con su poderosa industria de defensa, nos retrata al resto de manera mucho más evidente, porque si Francia va tarde, del resto —en lo que a ecosistemas industriales de la defensa se refiere— mejor no hablamos —no de todos, claro—.
Macron no se quedó ahí. Elevó el tono y el ritmo: «Necesito industrias de defensa que miren también la competencia de manera más lúcida y a quienes les digo: vayan más rápido, vayan más fuerte, produzcan en masa, produzcan más ligero, respondan a las demandas». La frase podría figurar en un cartel motivacional colgado en la sede de cualquier oficina de Burdeos, pero no: la realidad es que es una orden presidencial revestida de arenga, dirigida a gigantes como Dassault o Thales. Lo que pide no es sólo eficiencia, es volumen, es velocidad, es pensar en clave de guerra prolongada. Como si ya estuviéramos en ella. Y en parte, lo estamos.

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Por si aún quedaba duda de que los tiempos del proteccionismo benevolente están en retirada, el presidente remató: «No hay mercado garantizado ni coto de caza reservado». Con esta sentencia —tan brutal como justa—, Macron dinamita la vieja zona de confort de la industria gala, esa que se sabía imprescindible, irreemplazable. La apertura a proveedores europeos ya no es una amenaza retórica: empieza a parecerse a una solución operativa, sencillamente, porque se necesita, porque se ha detectado hace tiempo lo obvio: el autarquismo nacional en materia de defensa no es posible. El problema es que esta apertura se anuncia bajo coacción, como tabla de salvación ante la torpeza propia, lo que significa que, al menos en privado, ya se les debe haber advertido a esos industriales que más les valía espabilar. No lo han hecho, y llegó la regañina en público.
Con respecto de la «amenaza» sobre recurrir a Europa para comprar, queda una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿es esta “preferencia europea” un proyecto sincero de integración o simplemente una válvula de escape ante la incapacidad doméstica de cumplir los plazos? ¿No estábamos en que la autonomía, soberanía y capacidades industriales europeas era lo que íbamos a propiciar? ¿Desde cuándo, por tanto, echar mano del mercado europeo para adquisiciones puede usarse como amenaza sin caer en una contradicción con el “espíritu” europeo de integración?
Francia, por historia, músculo y orgullo, siempre ha apostado por su industria. Y razones no le faltan. Pero si el recurso a lo europeo se plantea como plan B, como apaño cuando lo nacional falla, el mensaje no cala. Ni en París, ni en Berlín, ni en Varsovia. Se puede liderar desde la excelencia, no desde el chantaje encubierto. Y no todos los socios tienen los medios —ni la paciencia— para seguir ese doble juego.
Donde sí hubo cifras —y contundencia— fue en el terreno presupuestario. Macron puso números a su cruzada armamentística: 3.500 millones más en 2026, con el objetivo de llegar a 64.000 millones anuales en 2027, adelantando tres años lo previsto en la Ley de Programación Militar. Es un salto de 36.000 millones adicionales en el quinquenio. Aquí, la retórica se viste de músculo fiscal. Y lo justificó sin tapujos: «La aceleración de los peligros exige acelerar el rearme de Francia. Para seguir siendo libres, hay que ser temidos. Para ser temidos, hay que ser poderosos». Una letanía que parece reciclada de otra época, pero que hoy vuelve a sonar con fuerza entre generales y tecnócratas.
Municiones, drones, defensa antiaérea… las prioridades están claras. Lo que no lo está tanto es si el modelo económico puede seguirles el paso. Macron lo reconoce, sin paños calientes: «Seamos francos con nosotros mismos. ¿Estamos en economía de guerra propiamente dicha? La respuesta es no». A diferencia de Ucrania, que en plena guerra total ha multiplicado su producción de drones hasta los 4 millones en 2025, Francia parece aún atrapada en un limbo industrial. Ni en paz, ni en guerra. Ni civil, ni plenamente militar.
El presidente también se acordó del escenario continental. Citó la coalición de voluntarios para Ucrania —34 países implicados, cobertura financiera completa— y el proyecto conjunto ELSA, concebido para hacer frente a amenazas rusas de largo alcance. Con una frase corta pero densa, remarcó la vulnerabilidad compartida: «Estamos al alcance de estos disparos». Y ahí sí, pidió acción « a nivel europeo ». El problema es que para Macron, las respuestas colectivas son beneficiosas, y urgen, cuando le interesa, como en este caso. Y otras, en cambio, son una amenaza a su industria cuando les advierte sobre recurrir fuera de las lindes galas.
Lo cierto es que el discurso de Macron se lee como un toque de corneta para su industria. O despiertan, o se abre la puerta a lo que durante años fue tabú: competir por contratos franceses con empresas del otro lado del Rin o de los Pirineos. El calendario no miente. «El año 2026 será una prueba de credibilidad», dijo.
Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es


Un comentario
Vamos. Lo que ha pasado en España con GDELS. Que se están hartando de ser rehenes de retrasos y sobrecostes.