¿Puede el continente armarse para defenderse por sí mismo?
Más allá del paraguas atlántico: los dilemas reales de una defensa europea sin OTAN

Europa, lo que quiera que seamos y lo que sea que éso signifique a efectos multilaterales en un orden mundial en descomposición, ha despertado de su letargo de seguridad. Tras décadas de delegar su defensa territorial en la alianza atlántica y, sobre todo, en Estados Unidos, la guerra en Ucrania y los signos crecientes de que Washington podría priorizar otros teatros o limitar su participación militar, han precipitado un debate incómodo: ¿qué pasa si la OTAN deja de ser el garante principal de nuestra seguridad?
1. Interregno transatlántico: la trampa de la dependencia
Desde principios de 2025, los mensajes políticos y estratégicos de Washington han sido ambiguos en algunos casos, claros hasta lo amenazante en otros, e incluso desalentadores en términos de compromisos firmes de seguridad con Europa, lo que ha reforzado la percepción de que la alianza transatlántica está sometida a tensiones reales y parece que duraderas. Ésto no significa una ruptura inmediata, pero sí plantea la necesidad de pensar un orden de defensa europeo que no dependa exclusivamente de la voluntad política o estratégica de Estados Unidos.
Históricamente, Europa ha privilegiado fuerzas armadas orientadas a misiones expeditionarias y de gestión de crisis, enmarcadas en la OTAN o en la política europea de seguridad y defensa común (PESDC). Pero la gran prueba —y la que marca el límite de las actuales capacidades— es la defensa territorial básica de alta intensidad frente a amenazas convencionales de actores nacionales robustos. Ya no se trata de abordar sólo los despliegues post-conflicto a que estaban acostumbrados la mayor parte de tropas europeas, ahora hablamos de estar preparados para defender el territorio de la Unión y, por supuesto, el de cada uno de los estados que la componen.
2. Iniciativas y estructuras actuales: entre lo posible y lo insuficiente
En los últimos años, la Unión Europea ha aprobado una serie de iniciativas destinadas a cerrar brechas de capacidades y reforzar la cooperación militar. El ya prolongado conflicto ucraniano fue el primero en espolear los primeros signos indiciarios de que Europa tenía miedo, temía por su seguridad física, como hacía mucho que no lo experimentaba. Surgieron entonces los planes de Bruselas y, por una vez, dejamos de hablar del cambio climático como late motive de nuestras vidas, de cuotas ganaderas, de carriles VAO y de prescindir de la energía nuclear. Las cosas del comer, por primera vez, al frente del debate. Es lo que tiene hacerte mayor: que lo primero y más importante es la seguridad de tu hogar. Lo primitivo como sentido principal sin el que no existe nada más.

La maquinaria burocrática europea se puso en marcha en un terreno que no había pisado nunca, el del pragmatismo de lo esencial. Surgieron los planes:
- El Plan Readiness 2030, con un potencial de movilización de hasta 800.000 millones de euros para invertir en capacidades, infraestructura y preparación militar europea.
- El desarrollo de la cooperación estructurada permanente (PESCO) y grupos multinacionales de batallones que pueden actuar como células de un ejército europeo más integrado.
- Proyectos complementarios de defensa como la Iniciativa Europea de Protección del Cielo, que busca integrar una defensa aérea y antimisiles continental.
Sin embargo, estos esfuerzos aún no constituyen, por sí solos, un marco de defensa creíble frente a un conflicto de alta intensidad. La fragmentación industrial, las divergencias en prioridades nacionales de gasto y la falta de un mando operativo verdaderamente unificado de una teórica fuerza común, con independencia de su tamaño, siguen siendo problemas estructurales si de veras se quiere explorar esa posibilidad de una fuerza propia de cierta y respetable entidad.
Por supuesto, esa fuerza europea no será nunca excluyente de las propias que defienden la soberanía nacional de cada uno de sus socios; porque, no lo olvidemos, cada uno de los miembros del club europeo tiene sus particulares intereses internacionales, sus zonas de influencia, su asuntos pendientes, o no tanto, en torno a sus fronteras, o acaso más lejos. Y sobre esos asuntos, me van a disculpar, ningún estado quiere que la posibilidad de decisión compartida de intervención suponga una merma en su interés diplomático. Así que, antes de crear una fuerza europea de intervención que pueda enmendar la plana al interés nacional de un estado de la Unión en su aérea de influencia, será mejor dejar las cosas claras. Una cosa es la amenaza exterior a la Unión, y otra muy distinta que un cuerpo europeo pretenda intervenir en territorios donde el ascendiente de uno de los socios es irrenunciable para él. Hay que entender, desde el principio, que los intereses internacionales de los socios pueden entrar en fricción o conflicto abierto con los comunitarios, por lo que habría que hilar muy fino en ese sentido. Y no resultará sencillo.
3. Fuerza permanente “europea” para el primer choque: ¿mito o realidad?
Una defensa propia efectiva exige un núcleo de fuerzas armadas permanentes y interoperables que puedan:
- Actuar rápidamente ante agresiones externas sin esperar la validación política transatlántica.
- Operar bajo mando conjunto europeo, con estructuras claras, clarísimas, para no llevar a error, de planificación operacional y logística.
- Tener capacidades robustas de combate terrestre, aeroespacial y marítimo, además de apoyo estratégico.
Hoy, Europa dispone de iniciativas, pero no de una fuerza verdaderamente integral y desplegable en el sentido clásico de defensa colectiva. Las actuales PESCO y la Rapid Deployment Capacity son pasos positivos, pero más cercanos a cuerpos intergubernamentales que a un ejército europeo bajo mando único con doctrina consensuada. Nada verdaderamente novedoso desde aquel primer Eurocuerpo de los noventa: germen de sí mismo, y de nada más.
Para cubrir el “primer choque” en un escenario hostil real, Europa necesitaría:
-Un cuerpo de combate de alta disponibilidad de varios decenas de miles de efectivos, con brigadas blindadas, unidades aéreas integradas y sistemas de defensa aérea combinados.
-Un mando europeo reforzado que actúe como equivalente operativo de un Estado Mayor unificado.
–Capacidades logísticas y de inteligencia comunes, para mover fuerzas desde el Atlántico hasta los Balcanes o los Estados bálticos a gran velocidad y con pleno conocimiento de cada escenario concreto, por muy distante que se encuentre.

4. Geografía de responsabilidades: un nuevo mapa de fuerzas
Si algún día se llegara a perfilar una división de responsabilidades, quizá lo lógico sería repartirlas por zonas en función de proximidad, capacidad y tradición estratégica. Puede ser. No tendría que ser un diseño cerrado ni permanente, ni siquiera formalizado, pero sí asumido de facto por bloques nacionales con intereses geográficos compartidos. Los países del centro y este podrían atender al flanco oriental, los mediterráneos vigilar lo que sucede en el Sahel o más allá, mientras que el eje franco-británico asumiría la continuidad atlántica desde el mar del Norte hasta el Golfo de Vizcaya, incluyendo también en ésto a España, con exposición a varios ámbitos geográficos de interés estratégico. En los Balcanes, lo propio sería combinar fuerzas del sureste europeo con apoyos móviles, logísticos y de inteligencia desde el corazón de Europa. Nada de esto requiere una doctrina común escrita a fuego, pero sí un entendimiento tácito, operativo y eficaz, como primer paso de algo más elaborado, más doctrinario a futuro. Si se hace, que sea para que funcione, no para rellenar informes en Bruselas.
5. La asunción de capacidades nucleares: ¿España en la ecuación?
La cuestión nuclear no puede quedar fuera del debate, por incómoda que resulte. Europa ya no puede depender únicamente del paraguas atómico estadounidense, y Francia, por sí sola, no representa una cobertura suficiente para todo el continente. ¿Significa éso que otros países, como España, deberían asumir capacidades nucleares propias? Posiblemente no ahora, pero quizá tampoco sea tan pronto como para no hablarlo ya. Tenemos que hablar, y tenemos que hacerlo antes de que el debate se adentre en concreciones de las que podamos quedar fuera por despreciar la opción sin valorar el peligro de no abordarlo.
España podría explorar la opción de una base industrial y tecnológica que, sin cruzar líneas precipitadamente, siente las condiciones de posibilidad de una disuasión futura. Paralelamente, podría mantenerse abierta a algún tipo de participación en estructuras compartidas —como socio técnico, o logístico, o doctrinal— con Alemania, Suecia, Italia u otros países dispuestos. Pero incluso esa vía compartida debe partir de una voluntad nacional previa de no descartar ninguna posibilidad, y más aún, debe ser realmente exploratoria de la vía nacional nuclear independiente. Porque en la defensa, y más aún en lo nuclear, el que no prepara el camino está renunciando por adelantado a algo que no se improvisa de un año para otro, ni quizá de un lustro para otro.

6. Soberanía o ilusión (no alegría)
Pensar en un Europa post‑OTAN no es, en 2026, un ejercicio abstracto. Las señales de distanciamiento estratégico estadounidense y la consolidación de iniciativas europeas de defensa muestran que el Continente está en una fase crítica de transición.
Europa puede construir un marco defensivo propio, pero hacerlo requiere superar inercias estructurales profundas —fragmentación de capacidades, mandos dispersos, industrias nacionales pequeñas y aún poco colaborativas— y asumir costes políticos, económicos y militares sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. Incluso con estas reformas, una defensa verdaderamente autónoma exigirá décadas y voluntad política sostenida.
Lo que está en juego ya no es sólo la soberanía militar, sino la capacidad de Europa para no ser un teatro de decisiones ajenas cuando la seguridad se pone a prueba. Esa es la pregunta que Europa debe responder, con realismo y sin nostalgias atlánticas ni utopías continentalistas.
Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es


2 respuestas
Si algo se recordará del agente naranja y de Putin es que entre los dos dieron el pistoletazo de salida para la carrera nuclear que es ya imparable. No tiene sentido esperar a ver qué hacen otros países cuando muchos están ya trabajando en ello bajo cuerda y cuando revelen sus planes ya los tendrán muy avanzados. Canadá y los países europeos tienen que empezar por denunciar el TNP, algo que no tardarán en hacer países de Extremo Oriente que también ven cómo EEUU no es ya un aliado fiable y pronto les dará la espalda como ya ha hecho con Europa. También se ha de ir planificando la disolución de la OTAN, viendo qué estructuras serán necesarias como sustitutas de ésta y abordar el reparto entre sus miembros de los activos de dicha organización. En paralelo es necesaria una nueva superestructura de defensa en la que se integren todos los países de Europa que se sientan amenazados por terceros países. Antes que todo lo anterior, es conveniente que los políticos empiecen a informar con claridad a los ciudadanos de la nueva situación a la que todos vamos a tener que acomodarnos.
El problema tanto en Europa como la OTAN es que somos una panda de grillos cada uno a su bola con intereses propios.
No somos capaces de crear un avión de sexta generación ,no lo hicimos de quinta generación ( y ahora pagamos la broma por desidia).En este país hasta hace 2 días se vendía el slogan » menos tanques y más hospitales» y tenemos unas fuerzas armadas con una carencias terribles y una alarmante falta del factor tiempo. Todos los países Europeos con frontera OTAN les va dar mucho lo mismo que EEUU se salte a la torera cualquier derecho internacional con tal de seguir cubiertos. Turquía ya comprometiéndose en el paripé de la nueva ONU de Trump con tal de que le den de nuevo derecho de volver al F35.
Grecia a su bola y no va a mover nada….Meloni?? Idem….
Así que este tipo sabe como estamos y se aprovecha rollo » capone» de nuestras debilidades…..una pena por la pobre gente de Greonlandia.