La Royal Navy retira 3 buques y agrava su transición hacia una flota todavía por llegar
La baja de las fragatas HMS Iron Duke y HMS Richmond, junto con la del cazaminas HMS Chiddingfold, forma parte del proceso de modernización de la Marina británica, pero reduce unas capacidades de combate, presencia y guerra de minas cuyos relevos aún no están plenamente disponibles

Jorge Estévez-Bujez
La Royal Navy (RN) ha anunciado, con gran estruendo mediático asociado, la retirada del servicio de las fragatas HMS Iron Duke y HMS Richmond, ambas pertenecientes a la clase Duke —Tipo 23—, y del cazaminas HMS Chiddingfold, de la clase Hunt. Los 3 buques acumulan conjuntamente más de un siglo de servicio, como afirma la RN en su nota informativa, y abandonan la flota dentro del proceso de transformación con el que la Marina británica pretende sustituir sus plataformas más veteranas por nuevas fragatas y sistemas autónomos.
Vídeo de la Royal Navy sobre la baja de sus navíos
El comunicado oficial presenta las bajas como un paso más en la evolución hacia una «Armada Híbrida», en la que los buques tripulados operarán junto con plataformas autónomas, sistemas remotos y nuevas capacidades de vigilancia y combate. Sin embargo, el anuncio también vuelve a poner de manifiesto el principal problema que acompaña a esta transformación: las unidades actuales están desapareciendo con mayor rapidez de la que entran en servicio sus sustitutas.
No se trata únicamente de una cuestión numérica, que también, porque la realidad es que por cada buque retirado disminuye temporalmente la capacidad británica para mantener presencia naval, escoltar grupos de combate, vigilar los accesos marítimos al Reino Unido, seguir los movimientos de unidades rusas o contribuir de forma sostenida a los compromisos de la OTAN.
La Royal Navy afirma que la retirada de los Tipo 23 más antiguos responde al aumento del coste y del riesgo asociado a su mantenimiento. Los recursos liberados se reinvertirán en las futuras fragatas Tipo 26 o clase City, especializadas principalmente en guerra antisubmarina, y en las Tipo 31 o clase Inspiration, concebidas como plataformas flexibles para presencia, seguridad marítima y operaciones globales.
La explicación resulta coherente desde el punto de vista de la planificación a largo plazo. El problema aparece al observar el factor transversal a todos los planes de renovación de activos: el calendario inmediato.
2 fragatas menos antes de la llegada de sus relevos
El HMS Richmond era una de las fragatas Tipo 23 configuradas para la guerra antisubmarina, y sus funciones deberán ser asumidas, en el futuro, por las fragatas Tipo 26, encabezadas por el HMS Glasgow. El buque, según la propia RN, participó recientemente en el despliegue del grupo de ataque del portaaviones HMS Prince of Wales en el Indo-Pacífico durante 2025, proporcionando protección a una de las agrupaciones navales más relevantes organizadas por el Reino Unido durante los últimos años.
La baja del HMS Iron Duke resulta todavía más controvertida. La fragata había completado en 2023 una profunda modernización de extensión de vida útil, conocida como LIFEX, cuyo coste ascendió a unos 103 millones de libras. Los trabajos se prolongaron durante aproximadamente cuatro años y exigieron una importante intervención estructural debido al estado de corrosión del casco.
Tras las pruebas de mar y el proceso de certificación, el buque regresó a la actividad operativa, aunque su nueva etapa en primera línea ha sido, en efecto, muy breve. Durante sus últimos meses se convirtió en una de las unidades empleadas con mayor frecuencia para vigilar los movimientos de buques de guerra rusos en las proximidades del Reino Unido. En septiembre de 2025, la propia Royal Navy informó de su despliegue para seguir a la fragata rusa Neustrashimy y al mercante Sparta IV.
Según un análisis publicado por Navy Lookout el 4 de mayo, el Iron Duke habría alcanzado como máximo unos 16 meses de disponibilidad operativa plena después de su costosa modernización. El medio consideraba que el caso planteaba serias dudas sobre la capacidad de la Marina para coordinar las inversiones en mantenimiento, la vida residual de los cascos y la disponibilidad de personal. Unas insinuaciones sobre el hacer de la RN que dejaban, muy a las claras, el estado y la profundidad del debate que se está alcanzando en Reino Unido.
El Ministerio de Defensa, por su parte, ya había descartado instalar en el Iron Duke el sonar remolcado procedente del retirado HMS Westminster, al considerar que la vida útil restante de la plataforma y el coste de la conversión no justificaban la intervención. Posteriormente, parte de su dotación habría sido destinada al HMS Kent, cuya reincorporación al servicio estaba prevista después de una prolongada modernización.
La retirada anunciada ahora confirma formalmente una situación que desde hacía meses parecía irreversible.
Una flota de fragatas en mínimos
La salida del Richmond y del Iron Duke deja a la Royal Navy con una fuerza de fragatas excepcionalmente reducida que deja en 5 el número de fragatas disponibles para el servicio activo, todas ellas pertenecientes todavía a la veterana clase Tipo 23.
El dato debe interpretarse con la cautela adicional de la disponibilidad operativa, porque el número de buques oficialmente en servicio no coincide necesariamente con el de unidades disponibles para desplegarse. Las operaciones, los ciclos de mantenimiento, las averías, la preparación de las dotaciones y las modernizaciones reducen todavía más el número de cascos que pueden emplearse simultáneamente.

Las futuras Type 26
Parte de esas fragatas debe, asimismo, atender los compromisos prioritarios de guerra antisubmarina en el Atlántico Norte y el Ártico, fundamentales para la contribución británica a la OTAN y para la protección de las rutas por las que operan los submarinos estratégicos. La necesidad de mantener esas patrullas limita las unidades que pueden destinarse a otros escenarios o integrarse en el grupo de ataque de portaaviones.
Como ya señalamos en DYS en Royal Navy: la flota que no llega, la Marina británica conserva doctrina, experiencia, tradición operativa y programas tecnológicamente ambiciosos, pero su disponibilidad real muestra una fuerza sometida a una tensión creciente. La construcción de nuevos buques no resuelve automáticamente el problema cuando las plataformas todavía deben ser entregadas, dotadas, certificadas y declaradas plenamente operativas.
La Royal Navy mantiene encargadas o en construcción 8 fragatas Tipo 26 y 5 Tipo 31. El volumen industrial es significativo, pero las primeras unidades todavía necesitarán completar sus pruebas, integración de sistemas, formación de tripulaciones y certificación antes de incorporarse plenamente a las operaciones.
El HMS Glasgow y el HMS Venturer, primeras unidades de sus respectivas clases, deberían ser entregados durante los próximos años, aunque la propia previsión oficial sitúa su entrada en servicio hacia el final de la década. Hasta entonces, cualquier retraso industrial o técnico, en absoluto descartable, podría prolongar una brecha que ya no es una hipótesis futura, sino una realidad operativa.
El relevo de la guerra de minas
La retirada del HMS Chiddingfold responde a una transformación diferente, la de la guerra de minas. El cazaminas, que ha pasado buena parte de las últimas 2 décadas operando desde Bahréin, será substituido funcionalmente por sistemas autónomos y operados a distancia.
Para ese menester, el Reino Unido ha destinado 1.100 millones de libras al programa de capacidades de detección de minas y otros 1.300 millones al desarrollo, ya conocido, de la flota híbrida. La intención es que vehículos no tripulados puedan localizar, identificar y neutralizar amenazas sin exponer directamente a los buques y a sus dotaciones dentro de los campos de minas.
La evolución tecnológica que ha llevado a la RN a esta decisión tiene fundamentos operativos claros. Las contramedidas de minas constituyen uno de los ámbitos en los que los sistemas autónomos ofrecen mayores posibilidades de reducir riesgos y ampliar la persistencia. No obstante, el éxito de la transición dependerá de que las nuevas capacidades sean capaces de operar de manera sostenida, desplegarse a larga distancia y substituir no sólo los sensores de los cazaminas tradicionales, sino también su autonomía, su presencia y su capacidad de mando.
El Chiddingfold no era únicamente una plataforma especializada. Era también un buque capaz de permanecer desplegado, cooperar con aliados, sostener una dotación y representar físicamente el compromiso de Londres con la seguridad de algunas de las rutas marítimas más sensibles del mundo.
Entre la transformación y la contracción
La Royal Navy no atraviesa únicamente una renovación tecnológica. Se trata de un trance. Y, fruto del mismo, de su profundidad, se encuentra obligada a mantener compromisos globales mientras administra una flota envejecida, una disponibilidad irregular, limitaciones de personal y una transición industrial que necesita todavía varios años para ofrecer resultados operativos completos antes de poder abandonar, con dignidad, el terreno de las promesas a futuro.
En marzo, DYS ya analizó la presión mediática a la que estaba sometida la institución. Las críticas no cuestionaban tanto la profesionalidad de sus dotaciones como la distancia existente entre las aspiraciones estratégicas del Reino Unido y los medios que podían desplegarse de manera inmediata.

Un proyecto que no verá la luz: los destructores Type 83
La retirada de 3 buques puede justificarse, en todo caso, individualmente, sí; pero la afectación a la flota es general. Las Tipo 23 se encuentran al final de una vida operativa muy exigente y mantenerlas en servicio requiere inversiones crecientes. Los sistemas autónomos pueden transformar profundamente la guerra de minas. Las nuevas fragatas ofrecerán mejores sensores, mayor capacidad de integración y una arquitectura más adecuada para los escenarios futuros. Todo eso es cierto, pero una capacidad futura no puede ejercer presencia hoy, escoltar un portaaviones, seguir un submarino o responder a una crisis inesperada.
Ese es el fondo del debate abierto en el Reino Unido. La cuestión no consiste en determinar si la Royal Navy debe modernizarse, algo difícilmente discutible, sino en establecer si está retirando demasiado pronto los medios que todavía posee antes de disponer de los que necesita para substituirlos. Y éso, a la vista de lo que está ocurriendo, es, cuando menos, razonable suponerlo.
La baja del Richmond, del Iron Duke y del Chiddingfold, aun formando parte de una transición planificada, reducen una flota que ya opera con márgenes muy estrechos. La futura Royal Navy podrá ser más avanzada, distribuida y autónoma. Pero hasta que esa flota se encuentre realmente disponible, sin embargo, la realidad es que la Marina británica tendrá que sostener sus compromisos con menos buques, menor redundancia y una dependencia creciente de sus aliados.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

