Japón no asusta aunque Pekín lo denuncie

Gearoid Reidy y Ruth Pollard, en The Japan Times, desmontan la acusación china de “neomilitarismo japonés”: Asia no mira hoy a Tokio como una amenaza, sino como un contrapeso necesario ante una China cada vez más coercitiva

Redacción/Jorge Estévez-Bujez

La acusación de “neomilitarismo japonés” tiene un problema: llega tarde, suena vieja y ya no encuentra el mismo público. Es la tesis central del artículo publicado en The Japan Times por Gearoid Reidy y Ruth Pollard, quienes sostienen que la nueva ofensiva retórica de Pekín contra Tokio no está consiguiendo el efecto que China persigue. Según los autores, el intento de presentar el rearme japonés como una reedición del militarismo imperial de los años treinta y cuarenta choca con una realidad mucho más incómoda para Pekín: buena parte de Asia ya no teme tanto al pasado de Japón como al presente de China.

 

Sanae Takaichi, 1ª Ministra japonesa

 

La frase es nueva, pero el mecanismo es antiguo. Pekín ha empezado a utilizar con más frecuencia el término “neomilitarismo” para describir la evolución de la política de defensa japonesa, especialmente desde que la primera ministra Sanae Takaichi aceleró una tendencia que, en realidad, no nació con ella. El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino, Lin Jian, afirmó recientemente que el supuesto resurgimiento del neomilitarismo en Japón pone en peligro la paz y la estabilidad regionales. Pero la acusación, como subrayan Reidy y Pollard, ya no tiene el peso que pudo tener en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Durante mucho tiempo, China no necesitó esforzarse demasiado para que ese mensaje encontrara eco. La historia japonesa en Asia, marcada por la expansión imperial, la ocupación y los crímenes cometidos durante la guerra, dejó una huella real y profunda. Es cierto que no puede despachar ese pasado como una nota al pie. Pero una cosa es reconocer la gravedad de la historia, tratarla, documentarla, y otra muy distinta es aceptar que cualquier mejora de las capacidades defensivas japonesas sea, por definición, una amenaza para la región. Esa equivalencia, que durante años funcionó como reflejo diplomático, empieza a perder fuerza.

El cambio es visible. En el Diálogo de Shangri-La, el ministro de Defensa japonés, Shinjiro Koizumi, respondió a las acusaciones chinas de forma indirecta, pero clara, recordando la contradicción de que Pekín alerte contra el militarismo japonés mientras China posee armas nucleares, bombarderos y una capacidad militar en expansión. El artículo de The Japan Times sitúa ahí uno de los puntos decisivos: el problema ya no es sólo lo que Japón hace, sino quién lo acusa y desde qué posición lo hace.

La reacción filipina es quizá la más significativa. El secretario de Defensa de Filipinas, Gilberto Teodoro, criticó el uso de la historia por parte de China y la difamación de Japón para tapar su propia conducta. La frase que recogen Reidy y Pollard es contundente: “Japón es, sin duda, un ciudadano ejemplar del mundo”. Puede que no todos los países de Asia lo expresen con esa claridad, pero el fondo es difícil de negar: el Japón actual despierta más confianza que inquietud en numerosos gobiernos del Indo-Pacífico.

Ahí reside parte de la derrota política y discursiva de la narrativa china. Japón ha tardado décadas en reconstruir su reputación regional, pero lo ha hecho de forma constante: ayuda al desarrollo, préstamos, infraestructuras, cooperación económica, asistencia energética y diplomacia paciente. Antes de convertirse de nuevo en un actor de defensa más visible, Tokio ya era percibido como un socio previsible. Esa previsibilidad cuenta. En una región donde la coerción marítima, las disputas territoriales y las presiones económicas forman parte del paisaje, la conducta acumulada importa tanto como los discursos oficiales.

El artículo también recuerda que, según la última Encuesta sobre el Estado del Sudeste Asiático, Japón es la gran potencia que genera mayor confianza en 10 países de la región, con casi dos tercios de los encuestados convencidos de que actuará correctamente para contribuir a la paz y la seguridad internacionales. Ese dato explica por qué el argumento chino tiene menos recorrido del que Pekín quisiera. Las sociedades y los gobiernos del sudeste asiático no han olvidado la historia, pero tampoco viven congelados en ella.

 

Ejercicios navales conjuntos entre filipinos, norteamericanos y japoneses

 

La evolución militar japonesa, además, no surge tampoco de un capricho sobrevenido. El despliegue de personal de las Fuerzas de Autodefensa en ejercicios conjuntos entre Estados Unidos y Filipinas, los acuerdos de defensa con Indonesia, el interés regional por las fragatas clase Mogami o el acuerdo para exportar buques de guerra a Australia muestran que Japón está ampliando su papel de seguridad. Pero lo está haciendo mediante acuerdos, ejercicios, ventas reguladas y cooperación con socios. No mediante ultimátums, islas artificiales militarizadas o presión armada sobre vecinos más débiles.

Esa diferencia es obvia. Pekín presenta el rearme japonés como una amenaza a la estabilidad, pero su propia definición de estabilidad es, como señalan los autores, selectiva. China denuncia el supuesto militarismo japonés mientras mantiene como aliado formal a Corea del Norte, un Estado responsable de la proliferación nuclear y de misiles, y que prueba regularmente capacidades que inquietan a toda la región. La contradicción no es menor. Cuando quien acusa de militarismo a Japón respalda, protege o sostiene políticamente a Pyongyang, la acusación pierde autoridad moral.

El caso de Corea del Sur introduce el matiz necesario para entender el contexto regional, acaso un poco más en detalle. Reidy y Pollard no niegan que persistan heridas históricas. Pero, en todo caso, Tokio y Seúl han reanudado ejercicios navales conjuntos de búsqueda y rescate tras 9 años, señal de una relación que mejora, pero el presidente Lee Jae Myung ha recordado que aún quedan cuestiones pendientes antes de ampliar mucho más los vínculos militares. La aceptación regional del nuevo papel japonés no es automática ni completa. Pero incluso en Corea del Sur, donde el pasado colonial japonés sigue siendo un asunto muy sensible, la amenaza más inmediata ya no se percibe igual que hace veinte o treinta años.

Japón, por su parte, ha llegado tarde a una conclusión que otros aliados de Estados Unidos han entendido por la fuerza delos hechos y las palabras: nadie garantiza la seguridad de un país que no se toma en serio su propia defensa. La primera ministra Takaichi ha acelerado esa transición, pero no la inventó. El incremento del gasto en defensa empezó con Fumio Kishida y continuó con Shigeru Ishiba. La novedad no es sólo presupuestaria; es mental. Japón está dejando atrás la idea de que su seguridad puede depender casi por completo de la arquitectura estadounidense y de una lectura minimalista de sus propias capacidades.

Ese giro no convierte a Japón en una potencia revisionista. Lo convierte en un país que mira a su alrededor y actúa en consecuencia. Tiene a China aumentando su presión militar y marítima, a Corea del Norte desarrollando misiles y capacidades nucleares, a Rusia más alineada con Pekín y Pyongyang, y a unos Estados Unidos cuya fiabilidad política ya no se da por supuesta con la misma facilidad. En ese contexto, pretender que Japón permanezca inmóvil no es pacifismo: es una exigencia de vulnerabilidad.

 

La carrera nuclear china mantendrá las alarmas en máximos durante mucho tiempo

 

Durante años, parte del comentario occidental también cayó en esa trampa. Reidy y Pollard recuerdan que, bajo Shinzo Abe, era habitual presentar cualquier intento de reforzar la defensa japonesa como la obra de un radical dispuesto a desestabilizar la región. Aquella caricatura hizo cómodo el trabajo de Pekín. Bastaba con activar el vocabulario de la memoria histórica para que buena parte del debate aceptara la alarma como premisa. Hoy, sin embargo, la región está menos dispuesta a comprar ese paquete completo. No porque Japón haya borrado su pasado, sino porque China ha construido su presente. Y ese presente pesa. Las acciones chinas en el mar de China Meridional, la presión sobre Taiwán, la modernización acelerada de su Ejército Popular de Liberación, el aumento de su arsenal nuclear y la política de hechos consumados han cambiado la conversación. El rearme japonés ya no se interpreta sólo desde 1945, sino desde 2026. Y en 2026, para muchos países asiáticos, un Japón más capaz no es el problema principal.

El artículo de The Japan Times acierta también al señalar una mejora japonesa en comunicación. Durante mucho tiempo, Tokio explicó mal su propia política de defensa. Fue prudente hasta la opacidad, técnico hasta resultar incomprensible y lento a la hora de responder a campañas narrativas ajenas. El discurso de Koizumi en inglés y las respuestas más directas del Gobierno de Takaichi muestran un cambio de registro. Japón empieza a comprender que en la seguridad contemporánea no basta con tener razón: hay que explicarla antes de que otros la deformen.

Eso no exime a Tokio de responsabilidades. Japón tendrá que seguir gestionando su memoria histórica con seriedad, mantener transparencia en su política de defensa y evitar gestos innecesariamente abrasivos hacia vecinos con heridas reales. Pero esas obligaciones no invalidan su derecho a reforzar su seguridad ni a colaborar con socios regionales que lo solicitan. La madurez consiste precisamente en sostener ambas ideas a la vez: memoria y defensa, prudencia y capacidad, contención y disuasión.

Por eso la expresión “neomilitarismo japonés” parece más una herramienta de presión que una descripción rigurosa. Busca encerrar a Japón en su pasado para impedirle actuar en el presente. Quiere que cualquier fragata exportada, cualquier ejercicio conjunto o cualquier aumento presupuestario parezca el primer paso hacia una amenaza imperial. Pero el argumento se debilita cuando los propios vecinos de Japón lo invitan a cooperar, compran sus equipos, entrenan con sus fuerzas y lo valoran como actor de estabilidad.

La pregunta de Reidy y Pollard —quién teme al neomilitarismo japonés— tiene una respuesta cada vez más evidente: casi nadie, al menos no en los términos en que Pekín pretende. Hay cautelas, hay memoria, hay asuntos pendientes. Pero miedo regional generalizado, no. Lo que hay es una demanda creciente de equilibrio, de diversificación de socios y de capacidades que reduzcan la dependencia absoluta de Washington. Japón encaja en ese espacio porque llega con una trayectoria de cooperación económica, una reputación de fiabilidad y una política de defensa que sigue siendo, comparada con la de otras potencias, notablemente contenida.

China seguirá apelando al fantasma del militarismo japonés porque le resulta útil. Pero los fantasmas sólo funcionan cuando la audiencia está dispuesta a creer. Y buena parte de Asia, como concluyen los autores de The Japan Times, hace tiempo que dejó de creer en cuentos de miedo contados desde Pekín.

 

Redacción/Jorge Estévez-Bujez

defenasyseguridad.es

Artículo basado en la información y el análisis publicados por Gearoid Reidy y Ruth Pollard en The Japan Times.

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