La entrada en el GCAP permitiría a Varsovia convertir su esfuerzo militar en capacidades industriales y tecnológicas de mayor valor

Jorge Estévez-Bujez

Polonia ya ha hecho lo más difícil: subirse al tren de la quinta generación. Tiene en marcha la incorporación del F-35, estudia ampliar su flota con una nueva tanda de aparatos y, al mismo tiempo, mantiene una base de combate aéreo que combina sus F-16 con los FA-50 surcoreanos. Precisamente por eso, y no a pesar de ello, Varsovia debe implicarse en el GCAP en toda la amplitud adquisitiva e industrial que le sea posible.
No se trata, por descontado, de una ocurrencia ni de una invitación exótica. Se trata de una decisión industrial, militar y política de largo alcance, con profundas implicaciones para varias décadas. Porque una cosa es comprar aviones, algo al alcance de casi cualquier país, y otra muy distinta es decidir si, dentro de 10 ó 15 años, un país quiere limitarse a operar lo que otros le vendan o si aspira a formar parte del grupo que diseña, integra, mantiene, moderniza y gobierna el siguiente sistema de combate aéreo.

F-35 polaco
Polonia ya ha resuelto la urgencia. Y esa es justamente su ventaja. El F-35 le da una cobertura operativa y doctrinal que otros todavía debaten sobre el papel. Y no pretendo abrir aquí el debate nacional patrio al respecto. Bastante manido está ya como para arrojar más gasolina. Hablamos de que Polonia no está entrando en la quinta generación desde la especulación, sino desde un programa ya firmado y en ejecución. Y esa realidad cambia por completo la naturaleza del debate. Porque para Varsovia, el GCAP no sería, obviamente, un substituto del F-35, ni una enmienda a la totalidad de sus compras actuales. Sería el siguiente peldaño.
Entrar en el GCAP no exige renunciar a nada, más bien al contrario: tener ya asegurada una capacidad de quinta generación permite a Polonia mirar a la sexta con una serenidad que será de agradecer. Mientras algunos aún necesitamos resolver qué aparato cubrirá el hueco de la próxima década, Varsovia puede permitirse pensar a 2 tiempos consolidando el presente y preparando el futuro, sabiendo que están muy cerca de tener todos los palos de la baraja en su mano.
Además, los movimientos polacos de estas semanas atrás, de los que hemos ido informando desde esta casa, apuntan precisamente en esa dirección. Porque en torno a la Fuerza Aérea polaca se viene hablando de la necesidad de reforzar el número de escuadrones de combate y de la posibilidad de adquirir otra treintena de F-35. Si esa vía acaba materializándose, tanto mejor para el argumento que aquí se plantea. Porque eso significaría que Polonia no sólo quiere apuntalar su paso a la quinta generación, sino convertirla en una masa crítica real dentro de su estructura aérea. Y un país que ya tiene cubierto ese escalón no debería resignarse a quedarse fuera del siguiente, como así parece.
Los F-16, por su parte, siguen siendo una baza de gran valor. No son el pasado: son el tejido que conectará la fuerza de hoy con la de mañana. Modernizados y bien gestionados, continúan siendo un activo útil para sostener disponibilidad, masa y capacidad de respuesta. Y, junto a ellos, los FA-50 cumplen una función igualmente relevante. Son una solución práctica para cubrir vacíos, acelerar la transición y descargar tareas; una parte sobresaliente del eje sobre el que va a descansar por sí solo el dominio aéreo polaco del futuro, asegurando un soporte de primer nivel.

Paul Kievit y Carlo Khuit / Aviación Bronco
Es precisamente esa combinación la que debería empujar a Varsovia a dar el paso. F-35 para entrar de lleno en la quinta generación. F-16 para mantener una columna vertebral robusta y modernizada durante años todavía. FA-50 para aportar volumen, formación, transición y flexibilidad. Y ahora, sobre esa base, GCAP para no volver a ser un mero cliente cuando llegue la sexta generación.
Polonia ya vivió la experiencia de quedarse fuera de un gran programa aeronáutico en el momento oportuno, en los albores del JSF (el programa del F-35) y terminar después en la posición del comprador tardío. La enseñanza debería estar bien aprendida: quien no entra a tiempo en un programa de este tipo paga después con dependencia, con menor retorno industrial y con una soberanía tecnológica más estrecha. Comprar un gran avión es importante. No participar en su ecosistema de desarrollo es otra cosa. Y, a la larga, se paga.
Algunos analistas y colaboradores polacos ya han venido apuntando esta misma idea: si Varsovia quiere reforzar su industria de defensa, elevar su peso político en Europa y asegurarse un lugar en la arquitectura aérea del futuro, no puede contentarse con seguir adquiriendo plataformas terminadas. Tiene que pelear por tareas de mayor valor añadido: software, sensores, integración de sistemas, mantenimiento, modernización, comunicaciones, misión, apoyo logístico avanzado y evolución de ciclo de vida. En ese sentido, el analista Vladimir Kaleta se cuestionaba hace sólo unos días, en wnp.pl: ¿Deberíamos participar en el nuevo programa de cazas o perder la oportunidad una vez más?
¿Merece la pena el precio del uniforme? El general Drewniak no tiene ninguna duda al respecto.
—Aceptan de buen grado participar en dichos programas, porque el umbral de entrada al Ministerio de Defensa Nacional no es tan alto —afirma el general Tomasz Drewniak.
«Da igual si finalmente compramos estos aviones u otros. Participar en cualquier programa con las tecnologías más avanzadas nos permite conocerlas a fondo, participar en la producción y tener voz en la toma de decisiones. También nos da la oportunidad de influir en el diseño de su sucesor, incluso si el F-35 se convierte en la columna vertebral de la flota. La participación debería ser incuestionable«, subraya el general Drewniak.

FA-50 recién entregado a Polonia hace 3 años, en 2023. Ministerio de Defensa polaco
Pero Kaleta no es el único. Las voces autorizadas se multiplican en los mentideros polacos. Maciej Szopa, en defence24.pl, otro de los medios de referencia especializados polaco, dedicada estas palabras a finales de marzo, profundizando en el debate en el único sentido posible a juicio de un número nada despreciable de expertos:
«Polonia se retiró del programa Joint Strike Fighter hace casi 20 años, a pesar de que se le ofreció la oportunidad y planeaba adquirir 64 de estos aviones (a cambio de 32 Su-22 y 32 MiG-29). Hoy, tras la compra de 32 aviones, quizás lamentemos no haber dado ese paso. Habría permitido que la industria polaca adquiriera competencias para la producción de algunos componentes de este avión. Al mismo tiempo, es importante recordar que nuestro país no contaba con recursos comparables a los actuales. El clima político de la época, junto con el dividendo de la paz y la inversión en desarrollo económico, relegaron la defensa a un segundo plano en las prioridades de Polonia.»
De alguna manera, todo ésto no es más que la forma de hacer que la discusión deje de ser un simple debate sobre aviones y pase a ser una discusión sobre país, sobre modelo industrial y tecnológico, porque las implicaciones económicas globales en el tejido productivo más avanzado de una nación, en un programa como éste (el sexta), son indiscutibles. Porque la cuestión no es si Polonia tendrá cazas modernos… éso ya lo está resolviendo. La pregunta real es ¿quiere ser sólo usuaria del futuro o quiere participar en su construcción?
El GCAP, se mire por donde se mire, aparece generalmente como una oportunidad que no debe dejar pasar. Por supuesto que no será perfecto, ni estará libre de sobre costes, tensiones o incertidumbres. Hablaríamos de un mirlo blanco si así fuera. Ningún gran programa de combate está exento de las presiones que lo distorsionan durante toda su vida; especialmente en sus comienzos. Pero, comparado con otras iniciativas europeas, hoy ofrece una imagen de mayor tracción, más coherencia y un avance efectivo real. Ahí está el primer contrato industrial, firmado hace apenas unos días.
Así, mientras otros programas continentales siguen empantanados en disputas industriales, recelos cruzados y bloqueos que se arrastran más tiempo del que nos gustaría recordar, el consorcio del GCAP da la impresión de moverse, de fijar estructuras y de avanzar con una lógica más ordenada.
En todo caso, Polonia no debería entrar a cualquier precio ni firmar sin exigir contrapartidas. Muy al contrario. Si entra, deberá hacerlo con los ojos bien abiertos y con una agenda nacional clara, sólidamente establecida antes de firmar algo. No le serviría de mucho acudir sólo para ocupar una silla secundaria y aplaudir decisiones ajenas. Debería buscar el mayor grado posible de participación realista acorde a lo que permita su presupuesto, el que admita la arquitectura del programa y el que pueda absorber su industria. Puede que no entre desde el primer día con la llave de todas las puertas, ni que sea un socio equiparable en peso a los miembros fundadores. Pero, incluso una participación menor, si está bien orientada, eficazmente respaldada, sería mejor que llegar tarde otra vez con la chequera en la mano.

Idealización del GCAP
Y hay otro argumento, para terminar, que no debería minusvalorarse. Polonia se ha convertido en uno de los países europeos que más claramente se toma en serio su defensa. Ha acelerado compras, ha elevado gasto, ampliado su ambición militar y ha dejado de hablar del flanco oriental como una abstracción retórica. Si quiere que esa transformación tenga continuidad nacional, y credibilidad internacional (inter aliados) necesita que parte de ese esfuerzo cristalice también en capacidades industriales y tecnológicas propias o compartidas. Un país que aspira a ser referencia militar en Europa central y del Este no puede limitarse durante décadas a comprar fuera todo lo decisivo.
Por eso, el mensaje a Varsovia debería ser, en mi opinión, claro, nítido: acudan al GCAP, inmiscúyanse en él, háganlo suyo y no dejen pasar la oportunidad. Ya tienen un quinta generación confirmado. Ya han demostrado que no querían perder ese tren. Ahora les toca no dejar escapar tampoco el sexta.
Porque el tiempo de decidir estas cosas no llega cuando el avión ya existe y los puestos están repartidos. Llega antes; cuando aún hay que asumir riesgos, poner dinero, reclamar carga de trabajo y aceptar que las grandes capacidades se pagan también con paciencia y con presencia desde el arranque o, si no desde el encendido, sí antes de que el aparato despegue.
Polonia no necesita acudir al GCAP por ansiedad, porque ha hecho su trabajo, y está cumpliendo con sus deberes. Debe acudir por ambición, más allá de las lecturas meramente industriales en clave de empleo y retorno, que también. Ambición de nación. Tampoco por carencia, sino por visión de futuro. Y, por último, no para corregir un fracaso inmediato, sino para evitar la dependencia de las próximas décadas.
Mientras otros siguen atrapados en una marejada ajena, debatiéndose entre retrasos, choques industriales y discursos cada vez menos convincentes, Varsovia todavía está a tiempo de escoger una vía más razonable. Tiene ya una base operativa sólida y una masa crítica creciente. También dispone de un sector industrial con hambre que podría beneficiarse de una participación inteligente. Por todo ello, y sobre todo, lo que tiene ante sus ojos es una oportunidad real de no quedarse fuera otra vez del combate aéreo del mañana.
Sería difícil entender que un país que ya ha puesto pie firme en la quinta generación decidiera contemplar desde la barrera la llegada de la sexta.
Quien entra tarde paga. Quien no entra, depende. Polonia todavía puede elegir algo mejor.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es


Un comentario
Buenos días.
Ahora que Trump y USA van a retirar una brigada de Polonia, dejándolos en la cuneta, queda más claro la necesidad de que se unan al proyecto Tempest, que es el único que va a salir adelante.
Y lo harán. Los polacos no son los españoles.
Que disfruten ustedes de un buen domingo.