París, la foto y el futuro: ¿garantías para Ucrania o placebo de seguridad colectiva?
Jorge Estévez-Bujez
En la estampa cuidadosamente orquestada de la cumbre del 6 de enero en la capital gala, los líderes de una treintena de países occidentales rubricaron la llamada Declaración de París, una arquitectura de seguridad supuestamente “multicapa” para Ucrania. Lo que se firmó, dicen, son garantías vinculantes para la defensa futura de Kiev, mecanismos de monitoreo, despliegues multinacionales y hasta “hubs” logísticos para rearmar a unas fuerzas ucranianas desgastadas, exhaustas -pero en pie- por casi 4 años de guerra.
Sobre el papel, el acuerdo tiene todas las palabras clave de rigor: disuasión, compromiso, supervisión, respuesta rápida. Incluso hay un guiño coordinado a los manuales de política de defensa al estilo OTAN, sin nombrar del todo a la Alianza.
En la práctica, se trata de un andamiaje provisional, cuya activación depende, y aquí llega el matiz, de que se alcance un alto el fuego “creíble”. Lo que no queda claro es quién y cómo certificará esa credibilidad, ni si Moscú está remotamente interesado en dar ese paso.
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¿Quién firma y quién se moja?
Entre los 35 países firmantes destacan Francia, Reino Unido, Alemania, Italia, Polonia, Canadá y buena parte de los miembros de la UE y la OTAN. Zelenski escribió el texto; Macron lo amparó como anfitrión y garante moral; Starmer matizó que cualquier despliegue británico pasará por Westminster. Alemania, con Friedrich Merz, apoya con discurso alineado.
España, por su parte, ha querido salir en la foto, y Sánchez ha hablado de participación en tareas de entrenamiento, logística e incluso un futuro despliegue, siempre pendiente del Congreso, a sabiendas de que la aritmética del Parlamento no está precisamente alineada con el presidente. No es un apunte menor: en un clima de creciente escepticismo ciudadano sobre la implicación directa, todo suena más a estrategia de comunicación que a compromiso operativo inmediato.
El único país que no estampó su firma, pero cuya sombra sobrevoló cada sala, fue Estados Unidos. La delegación enviada por Trump –Witkoff y Kushner– evitó comprometerse de forma escrita, pero respaldó verbalmente el marco europeo. Más que adhesión, su presencia fue un gesto de validación indirecta. Es lo que en diplomacia se suele llamar “respaldo sin esposas”.
Las garantías: de papel o de pólvora
El documento prevé mecanismos para responder a violaciones del alto el fuego, apoyos a la regeneración de las Fuerzas Armadas ucranianas, y presencia multinacional en tareas de verificación. Se habla de una fuerza del entorno a los 30.000 hombres (hay que recordar que, no hace mucho, se proponían cifras que alcanzaban o excedían de los 100.000). Se perfila la posible instalación de depósitos de armamento, bases de entrenamiento, e incluso cierta capacidad de respuesta rápida. Pero todo está condicionado a un escenario post-conflicto que ni existe ni está cerca.
Es decir: las “garantías” no son un escudo activo ahora, sino una promesa futura. Y, como siempre en Europa, la promesa está repleta de condicionales, comités y votos pendientes. Mientras tanto, Rusia sigue marcando el compás de la guerra y Ucrania sostiene la línea con munición, vidas y energía que Europa aporta, unas veces a tiempo, otras no tanto, pero aporta, al cabo.
¿Y ahora qué?
El texto de París no menciona el ingreso de Ucrania en la OTAN ni define líneas rojas específicas frente a futuras agresiones rusas. Tampoco concreta qué sucederá si alguno de los firmantes no cumple su parte. Se mantiene en la ambigüedad voluntaria que permite a todos decir que han hecho algo sin comprometerse a demasiado.
Y es aquí donde surge la pregunta incómoda:
¿Esto servirá realmente para algo?
¿Este pacto condicionará a Rusia en sus decisiones futuras?
¿Logrará sobrevivir al ciclo electoral europeo, cuando cambien los gobiernos y con ellos las prioridades?
Más allá de la imagen de unidad, queda la sensación de que este acuerdo ha sido más un ejercicio de visibilidad política, previo quizás al «algo» que está por venir, que una respuesta sólida al desafío estructural que representa la guerra en Ucrania.
Europa, aunque comprometida con fondos, armas e inteligencia, sigue siendo el gran actor que mira de frente al oso, pero aún duda si cargar el rifle o seguir hablando de protocolos.
Me pregunto si esta declaración no es, al fin y al cabo, un ritual previo, un lavado de cara diplomático. Un paso más para aparentar que hay un plan, cuando lo cierto es que el Viejo Continente sigue siendo, tras Ucrania, el gran perjudicado. Porque la guerra está aquí, a las puertas. Y el peligro también.
Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

