Suiza duda y la cuestión del F-35 ya enciende el debate: el Gobierno resiste, la opinión pública se opone

Suiza a punto de truncar la compra de 36 F‑35A como respuesta al endurecimiento arancelario estadounidense

El F-35 podría encajar otro revés de notable envergadura. Suiza enfrenta en estos momentos una creciente presión para cancelar o renegociar su millonaria adquisición de 36 cazas furtivos F‑35A de Lockheed Martin. La decisión, pactada inicialmente en 2022 por cerca de 6. 000 millones de francos suizos (unos 6. 400 millones de euros), quedó empañada por el anuncio de aranceles punitivos del 39 % impuestos por Estados Unidos, lo que ha catapultado el debate parlamentario y social a niveles críticos nunca antes vistos en el pequeño país helvético.

El contrato sobre el que se fundó el acuerdo preveía un “precio fijo”, según aseguró el Ministerio de Defensa suizo en su momento. Sin embargo, el Ejecutivo estadounidense ha anudado cláusulas que abren la puerta a sobrecostes de entre 650 y 1. 300 millones de francos, lo que añade una dimensión de desconfianza política y jurídica a la transacción.

El malestar político no se ha hecho esperar. Desde Berna, representantes verdes, socialdemócratas y liberales han expresado su rechazo frontal. “Un país que nos lanza piedras en el comercio no debería recibir regalos”, afirmó el diputado verde Balthasar Glättli, quien ya presentó una moción en primavera para abortar el proyecto. Además, se baraja la convocatoria de un nuevo referéndum que permita a la ciudadanía suiza pronunciarse directamente sobre la operación, algo muy del gusto de la democracia helvética, harto acostumbrada a pronunciarse sobre la mayoría de asuntos que afectan al país.

Paralelamente, la opinión pública, persuadida por el debate originado, ha reaccionado con contundencia: diferentes encuestas situaron el rechazo a la compra en un contundente 81 %, que alcanza hasta el 87 % en la Suiza francófona. El rechazo trasciende las líneas partidistas, con los principales partidos conservadores y liberales mostrando un respaldo muy limitado. Si el acceso al F-35 dependiera del apoyo social, su futuro estaría ya sellado en Suiza.

Frente a este escenario de gran presión mediática y social, el Gobierno helvético sostiene su compromiso con el acuerdo, argumentando que la cancelación dejaría al país sin capacidad de defensa aérea adecuada. La presidenta Karin Keller‑Sutter y el Consejo Federal, quieren mostrarse firmes en defensa de la palabra dada y han reiterado su intención de mantener la compra, aunque también han expresado su disposición a explorar condiciones comerciales más favorables.

El caso español: paralelismos y divergencias en clave europea

Es inevitable vincular este clima de descontento suizo con el reciente replanteamiento de España respecto al F‑35. El Gobierno de Pedro Sánchez ha decidido renunciar oficialmente a optar a la adquisición de los cazas norteamericanos. Pero las teóricas razones españolas: optar por fortalecer la flota Eurofighter existente y volcarse en el desarrollo del programa europeo FCAS (Future Combat Air System), no son, por supuesto, extrapolables a Berna. Los suizos no están inmersos en el desarrollo de ningún caza de 6ª generación, ni forman parte de un consorcio europeo con un producto relevante como el Eurofighter. Ellos sólo necesitan renovar su flota de veteranos F-18 y el F-35 era su elección. Sea como fuere, para el caso particular suizo sí que existirían otras opciones viables que podrían cubrir el hueco que el F-35 pudiera dejar. El mercado dispone de alternativas de entrega casi inmediata.

La decisión española tiene un relato oficial acorde a la postura gubernamental, como es natural, y se pretende fundamentar en una priorización de la soberanía tecnológica y del apoyo a la industria europea, en consonancia con las tensiones comerciales y políticas generadas por la administración estadounidense, especialmente tras sus exigencias respecto al incremento del gasto en defensa y la imposición de aranceles.

Hay, sin duda, ecos compartidos: tanto Suiza como España parecen reaccionar a la imprevisibilidad de una política estadounidense que sugiere que la dependencia tecnológica puede convertirse en una herramienta de presión política. Sin embargo, mientras España dice querer ser proactiva y girar hacia una defensa autónoma y continental -pese a las consecuencias que tendrá la decisión-, Suiza -con su tradición de neutralidad y referendos- está en pleno tránsito entre la preservación de capacidades y la defensa de su independencia estratégica y comercial.

En definitiva, el caso suizo refleja cómo el mundo arancelario traído del pasado y los frentes comerciales pueden -y de hecho ya están- impactando de forma directa en decisiones militares. La imposición arancelaria del 39 % por parte de EE. UU. no sólo ha encarecido el contrato, sino que ha afectado la legitimidad política del mismo, creando un entorno en el que se cuestiona tanto la necesidad como los términos de la adquisición del F‑35.

Suiza se debate entre mantener la operación o ceder al descontento interno. El caso de España, unido al helvético, -y quizás el portugués- ilustran la creciente tensión entre alineamientos transatlánticos tradicionales, desencuentros arancelarios y una emergente corriente continental que busca redefinir el equilibrio estratégico dentro del marco de la seguridad europea y de la propia Alianza Atlántica.

Redacción

defensayseguridad.es

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