Mucho, rápido y barato… sí, pero bueno y con gente detrás

La urgencia industrial no puede substituir a la calidad ni al factor humano

Foto: Flickr Ejército de Tierra

El teniente general José Antonio Agüero no ha dicho ninguna barbaridad. Su llamada a que la industria produzca “mucho, rápido y barato” encaja con un tiempo en el que la guerra ha recuperado la lógica industrial que la actualidad, esta vez, no ha dejado pasar. Y lo ha hecho sin que muchos de nuestros conciudadanos contemplaran, hace apenas unos años, la posibilidad de que algo así -la guerra- pudiera llegar siquiera a sugerir concreción en Occidente, y que fuera la propia UE la que dispusiera las mimbres para rearmarse en previsión de una guerra en Europa. Pero, las cosas vinieron como vinieron, mientras los pañoles y almacenes estaban como estaban: vacíos por décadas.

Agüero reclama y, además, lo hace desde un puesto -el CMOPS: comandante del Mando de Operaciones Especiales- donde cada carencia se paga, por lo general cara, cuando llega el momento. Lo que pide es, en esencia, normal: capacidad para sostener despliegues, reponer material, actualizar sistemas y no quedarse atrás mientras el entorno se mueve.

El problema es que la frase funciona como titular, pero como guía de política de defensa se queda corta. Porque no todo es volumen, plazo y precio. También está lo que raramente cabe en una pancarta: que lo que se compra debe ser categóricamente bueno, tecnológicamente avanzado y, sobre todo, utilizable en condiciones reales. Y éso, con frecuencia, no va de la mano de lo “rápido”.

Agüero cita Ucrania para subrayar una realidad incómoda: el software se queda viejo en semanas y el hardware en meses. Bien. Lo que conviene evitar es convertir esa lección en una reducción caricaturesca del tipo “al final todo es cañones y pólvora”. Ese enfoque, por repetido y tentador, sería ridículo ad absurdum: toma una parte de la guerra y la eleva a conclusión total.

Ucrania demuestra, sí, que necesitas munición y masas, pero también que lo decisivo aparece por capas y a menudo lejos de planos cercanos, concretos: sensores, guerra electrónica, drones, contradrones, comunicaciones resistentes, posicionamiento alternativo, ciber, integración de datos, mando y control. La pólvora sin el resto puede ganar un día; no necesariamente sostiene una campaña.

Pedir “rápido” no sólo es legítimo, es requisito, pero no sin explicar qué se acepta sacrificar. Porque lo tecnológicamente avanzado suele exigir diseño y pruebas -y repetir pruebas cuando falla-, exige certificación, seguridad funcional y compatibilidades, exige cadenas de suministro limpias y seguras y, por encima de todo, exige madurez, para que el equipo no sea un prototipo caro, a medio hacer, guardado en un hangar.

La prisa, cuando se convierte en doctrina, suele empujar hacia 2 salidas conocidas. Una es comprar algo ya hecho, con lo que eso implica en dependencias, límites y margen de evolución. La otra es acelerar programas propios, con criterio, para no terminar pagando la factura en forma de retrabajos, paradas, obsolescencias prematuras y esas “soluciones puente” que acaban instalándose como si fueran definitivas. Estamos ya, por tanto, en el terreno de lo contrario a «veloz».

Así que sí: “mucho, rápido y barato”, pero añadiendo un cuarto término que nadie corea porque obliga a pensar: bien. Hay prisa, por supuesto, pero necesitamos criterio, planificación y eficiencia; es decir, hacerlo bien.

El teniente general también pide más innovación. Innovar en defensa no es sólo presentar un dron en una feria o un módulo de software brillante. Innovación útil es la que se puede producir en serie, mantener en servicio, actualizar sin romper el sistema y sostener frente a un enemigo que aprende. Dicho de otro modo, no basta con ideas: hace falta capacidad de producción, ingeniería de fabricación, mantenimiento, repuestos, ciclos de vida, formación y soporte. Y todo ello no es algo que surja precisamente rápido, ni mucho menos tras años de dejación. La industria que sirve, que permanece y se consolida, entiende que “entregar” no es “terminar”.

Agüero menciona financiación y regulación administrativa, y es difícil llevarle la contraria. Sin contratación ágil, sin presupuestos sostenidos y sin planificación plurianual, la industria no invierte; sin inversión no hay músculo. Hasta aquí, lógica básica.

Pero hay una ausencia llamativa: el personal. Echamos en falta una referencia clara a la variable humana que hace funcionar todo lo demás. Puedes tener el mejor sistema de defensa aérea o la red más moderna de mando y control, pero si no hay plantillas completas, si no se retienen especialistas, si no hay incentivos razonables, si los tiempos de adiestramiento son necesariamente largos, si las carreras profesionales no atraen talento/vocación y si el modelo de reservas y apoyo es poco más que un power point, entonces lo que se compra se queda a medias: capacidad nominal, disponibilidad discutible y unidades estresadas que sostienen despliegues a base de estirar turnos. No cubrimos con lo que tenemos; hará falta un milagro para operar lo que se pretende tener.

Y precisamente su propio balance –6.000 militares desplegados y aportaciones a OTAN, misiones, vigilancia oriental, ártica, africana, ciber y demás- refuerza el argumento. Si el ritmo exterior crece, si la Alianza exige presencia, el sistema se estira, por lo que necesita hablar tanto de equipos como de personas. No es un detalle “social”; es capacidad operativa.

En conjunto, la demanda es comprensible. El entorno se acelera, la guerra consume stocks y la disuasión depende también de la credibilidad industrial. Pero si el mensaje se queda en “mucho, rápido y barato”, corre el riesgo de empujar a una carrera por entregar pronto, aunque sea a costa de entregar mediocre o difícil de sostener.

Por tanto, concluimos: mucho cuando haga falta, rápido cuando se pueda, barato cuando no desgracie lo esencial, y siempre bueno, modular, actualizable y pensado para el ciclo completo. Y, por fin, con el cuarto pilar encima de la mesa: personal.

Porque la guerra industrial se gana con fábricas, en éso estamos de acuerdo todos, pero se pierde -muy rápido- cuando no hay suficiente gente formada para operar, mantener y adaptar lo que sale de ellas.

 

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

 

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