Marruecos en su laberinto

Las protestas y la probabilidad de estallido social en Marruecos. Escenarios de peligro para diplomacias experimentadas

Mohamed VI durante el discurso a la nación en 2021. Foto: E.M.
  1. El contexto: descontento social estructural

Antes de abordar de manera concisa la circunstancia moderadamente convulsa que vive Marruecos, hay que considerar las condiciones estructurales preexistentes. Las manifestaciones no surgen de la nada y, en Marruecos, llevan años acumulándose factores de tensión social y política:

  • Altas tasas de desempleo juvenil y subempleo: los jóvenes con estudios tienen dificultades para insertarse en empleos dignos, generando la normal frustración generacional. Los que no acumulan méritos académicos los tienen aún peor, como es natural
  • Degradación de servicios públicos básicos: los sistemas de sanidad y educación son frecuentemente señalados por deficiencias, falta de recursos, acceso desigual y colapsos en hospitales públicos. La sensación es de estancamiento, cuando no de abierto retroceso en los ámbitos educacional y sanitario.
  • Crisis de confianza en las élites y en las instituciones: las escasas reformas políticas profundas, la persistencia de corrupción en un sistema trufado por decenas de miles de acólitos del poder real y la desigualdad, alimentan la deslegitimación de buena parte del aparato estatal.
  • Prioridades nacionales cuestionadas: en las protestas aparece la insatisfacción ante el gasto en infraestructuras deportivas o eventos internacionales (el Mundial de fútbol y sus estadios asociados) frente al abandono de inversiones sociales. Un lema de las protestas que aparece en todos los medios de información occidentales goza de mucho predicamento: “queremos hospitales, no estadios”. Es difícil encontrar argumentos para la disolución violenta de las manifestaciones
  • Un detonante emocional: la muerte de 8 mujeres embarazadas en un hospital público en Agadir ha sido señalada como catalizador de la indignación reciente.

Podemos colegir así que estas protestas tienen raíces en verdaderas demandas sociales, fácilmente constatables, particularmente entre una juventud que siente que su generación ha sido excluida del progreso.

Lo novedoso: movilización digital, descentralización y liderazgo simbólico

  • No hay líderes visibles ni estructuras partidarias claras: los convocantes se definen, con aprendida prudencia, como “jóvenes sin afiliación política” organizados desde Discord y redes sociales.
  • Uso de plataformas digitales como mecanismo de coordinación, convocatoria y discurso.
  • Simbolismo fuerte: consignas centradas en justicia social, redistribución y dignidad generacional.

Por tanto, aunque el origen es social, hay un componente de emergencia generacional que lo distingue de protestas anteriores. No hay un pulso directo al estado, sino que se busca, precisamente, la connivencia del estado para acabar con la corrupción que lo somete. Es una especie de llamamiento al estado para que los libere del propio aparato estatal que, dicen, está corrompido. Hay un reconocimiento implícito del orden establecido, eligiendo bien a los culpables -siempre genéricos-, que lo son, precisamente, por esquilmar al estado. Los jóvenes quieren desparasitar al estado, y así se presentan ante él, solicitando el socorro al opresor.

  1. ¿Estamos ante un episodio social puro o un vehículo político interesado? ¿Es la sucesión del monarca una variable relevante?

Las preguntas de este jaez son cualquier cosa menos irrelevantes, máxime en un estado monárquico pseudo-parlamentario -por ser prudentes-. Mohammed VI reina desde 1999 y no ha diseñado públicamente una estrategia de sucesión clara, al menos hasta donde sabemos. Sin embargo, no puede asegurarse que haya indicios razonables de que los disturbios estén dirigidos por facciones palaciegas. No es aventurado afirmar que las demandas de los manifestantes (educación, sanidad, empleo) no son terreno típico de luchas internas de poder, pero no quiere decir que, en esta ocasión estuviéramos ante una excepción. El Palacio Real, habida cuenta de ello, podría simplemente observar, valorar y responder selectivamente, pero sin evidencia de orquestación directa.

¿Puede hablarse de instigación externa o influencia extranjera?

Pues tampoco, hasta donde sabemos, ha habido fuente alguna que haya identificado respaldo externo directo a estas protestas, aunque no dudamos de que lo haya, de manera incipiente, además, si continúa el ritmo de aquéllas. Nadie ignora que Marruecos es estratégicamente relevante para Europa, lo que genera interés, pero no pruebas de intervención, al menos no desde este lado del Mediterráneo, pese a que, interés, lo que se dice interés por la inestabilidad del Reino puede existir o, al menos, interés en la debilidad de Rabat, aunque sea a efectos temporales y no catastróficos y perdurables.

Tampoco hay evidencia creíble de financiación extranjera ni de operación psicológica desde el exterior, pero estamos ante el misma interrogante que en párrafo anterior: no puede confirmarse, ni mucho menos desmentirse categóricamente.

Una primera conclusión, por tanto: podría establecerse sin mucha exposición al error afirmando que el movimiento es principalmente doméstico y generado por causas internas.

Mención aparte: Moulay Rachid, el hermanísimo del rey.

Incógnita de libro, el papel del hermano del rey acapara miradas en este trance social, como no puede ser de otra manera en un país donde la corona es de corte ampliamente decisorio. Si bien, oficialmente, Rachid no presenta aspiraciones de sucesión, sí que ha sido mencionado ocasionalmente por analistas como una figura de equilibrio dentro de la familia real. Su papel ha sido más bien discreto, cierto, aunque hay quien lo vincula a ciertos círculos tecnocráticos del Makhzen (núcleo del poder real).

Manifestantes en Marruecos. Foto: ABDEL MAJID BZIOUAT AFP

  1. Dinámica del Estado: control y represión

Quizá, por qué no, la lectura que exponemos sea también la que ha hecho el régimen de Rabat. Hasta ayer, el despliegue de fuerzas antidisturbios, con detenciones más o menos masivas, y los bloqueos preventivos parecían ganar en intensidad; pero la liberación de algunos detenidos tras proceder a su identificación podría responder más estrategia de disuasión y contención. Sería mucho más productivo en estos primeros días de convulsión, en los que aún existe cierta rienda -control- por el Gobierno, echar la carne en el asador mediante herramientas y estrategias mucho más productivas: control mediático, censura digital y detenciones por incitación en redes, que buscar el arrasamiento de los manifestantes.

El régimen podría así contener el malestar, pero sin escalar el conflicto, porque correría el riesgo de deslegitimarse si la represión se percibe como excesiva. A decir verdad, este último peligro siempre va a estar ahí, en menor medida que en un sistema completamente democrático, pero existe.

 

  1. Efectos e interés para España

La consecuencias para España de una desestabilización marroquí son una suma de riesgos y oportunidades:

Hay no poco que analizar, aunque sea someramente, porque la inestabilidad regional impactaría gravemente en las rutas migratorias y las fronteras con Marruecos. Si Rabat dispone de más de un nutrido plantel de armas de presión sobre España, una de ellas, acaso la más afilada, es la presión migratoria. Un progreso descontrolado de la situación, en escalada hacia el estallido social, podría tener un efecto más que importante sobre las fronteras de Ceuta y Melilla y, cómo no, sobre las rutas migratorias hacia las costas españolas, tanto insulares como peninsulares. Sería temerario no establecer una relación entre una escalada de la represión y el incremento migratorio forzado por esa misma represión.

¿Podría aumentar la presión diplomática sobre España si la represión se vuelve sistemática? En efecto; si Marruecos no es capaz de controlar el descontento social y decide subyugar el levantamiento con toda la fuerza de sus cuerpos policiales y militares, España, con base en la estrecha relación que mantiene con Rabat, sería una de las primeras potencias en recibir la llamada de atención internacional para que interceda, por su más que posible papel mediador, a pesar de que ello no fuera del todo asumible por el Gobierno de Pedro Sánchez.

En el mismo plano diplomático, se pueden derivar efectos muy adversos para Marruecos en la relación entre la Unión Europea y el Gobierno de Rabat si, como consecuencia de un recrudecimiento de la presión sobre los manifestantes, la UE decidiera poner en cuarentena, o disminuir, la ventajosa asociación que mantiene con Marruecos, sobre todo a efectos comerciales (agrícolas y pesqueros, principalmente) y de población inmigrante, ampliamente asentada en Francia y en España, pero no sólo. Esta sería uno de los principales temores de Rabat, por descontado, toda vez que no puede permitirse descuidar ni depreciar la especial relación que mantiene con Bruselas.

MANIFESTACIÓN EN CASTILLEJOS EN 2021 . Foto: MOHAMED SIALI EFE

Para terminar este apartado, no conviene despreciar el carácter tan marcado de estas protestas en su hipotético nivel superior, si las ponemos en relación con la competencia por la influencia en el Magreb entre las potencias zonales, entre ellas, por supuesto, España. Ganar ascendente regional a costa del desgaste institucional de Marruecos ante su población puede ser una baza, sobre todo si se juega con cautela y representando un perfil conciliador al tiempo que firme. Cabe ser un buen vecino, partidario de la estabilidad de Marruecos enarbolando un papel institucional, pero también usar el descontento social y capitalizarlo para exigir moderación al Gobierno marroquí y garantizar contrapartidas ventajosas si aquél muestra prudencia y contención ante los manifestantes. La capacidad negociadora, asistiendo a ambas partes en una negociación de límites razonables puede dar sus réditos, pero no será fácil en cualquier caso.

Marruecos ha entrado en una fase grave, pero no crítica. De cómo se conduzca el Palacio Real resultará en unos u otros escenarios posteriores. Las reformas son, quizá, lo más urgente si Rabat quiere aparentar iniciativa y cierto reconocimiento al movimiento juvenil. Si, por contra, el régimen decide hacer valer su poder represivo y no se muestra conciliador ante las demandas sociales, podría entrar en un estado de riesgo escalable, donde a las detenciones masivas pudieran sucederles protestas aún más generalizadas. La tensión política y social podría dispararse hasta niveles de conflicto civil abierto. La condena internacional sería entonces cuestión de tiempo, y el descrédito de la monarquía y el ejecutivo marroquíes sería fácilmente capitalizable por la oposición al régimen, donde, cómo no, se incluyen los islamistas.

Como en todas las crisis de este tipo, conviene estar expectantes, alerta, y evaluar los movimientos con prudencia.

 

Redacción

defensayseguridad.es

Un comentario

  1. Esperemos que como en ocasiones anteriores, las aguas vuelvan al cauce porque ya vimos hace años cómo las revoluciones en países islámicos devinieron en regímenes más tiránicos y agresivos que aquellos a los que sucedían.

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