Malvinas: la liturgia obligatoria y la impotencia real

Milei ha dicho lo que cualquier presidente argentino estaba obligado a decir: que quiere las Malvinas, que las reclama y que, como presidente, asume el mandato de hacerlo

 

Jorge Estévez-Bujez

El problema no está en la reclamación, sino en su nulo recorrido práctico mientras Buenos Aires carezca del peso político y diplomático necesario para mover a Londres

Javier Milei ha hecho en el aniversario de la guerra de las Malvinas lo que, en esencia, cualquier presidente argentino está casi impelido a hacer: reafirmar la petición de soberanía sobre las islas, recordar a los caídos, homenajear a los veteranos y denunciar la persistencia de una situación colonial que Buenos Aires considera inaceptable. No hay en ello sorpresa alguna. Tampoco cabe reprochárselo desde una óptica argentina seria, ni tampoco, quizás, británica, pero para ésto último habría que sentarse pacientemente a debatir más tiempo del que disponemos.

 

Lo de Milei forma parte del cargo. Forma parte del guion e, incluso, de una cierta higiene institucional de la presidencia de la Nación. Siempre y cuando no termine en los derroteros pretéritos que tantos sufrimientos costaron.

Milei, de hecho, se atuvo al libreto esencial: reivindicó el ejercicio pleno de la soberanía sobre las Malvinas, Georgias del Sur, Sándwich del Sur y los espacios marítimos circundantes; sostuvo que la guerra de 1982 no alteró la naturaleza jurídica de la disputa; apeló a una salida mediante diálogo con el Reino Unido; y anunció una respuesta diplomática frente al avance de proyectos energéticos en la cuenca norte de Malvinas. Sumó además un elemento de política de defensa al prometer destinar el 10% de los ingresos fiscales de las privatizaciones a la compra de armamento y bienes de capital.

Hasta ahí, todo encaja. Comprensión, por tanto, sí. Comprensión hacia Milei, como la habría hacia cualquier otro mandatario argentino que, por convicción o por necesidad, repitiese el reclamo en los términos políticos y pacíficos que el presidente hizo. Del mismo modo que desde España debería entenderse como normal, obligada y permanente la reivindicación sobre Gibraltar. Hay posiciones de Estado que no dependen sólo del color político del gobernante de turno (o no deberían). Renunciar a formularlas equivaldría, en buena medida, a aceptar una derrota previa.

El problema empieza después, cuando se pasa de la solemnidad del atril a la cruda contabilidad del poder. Porque una cosa es enunciar una reclamación, y otra muy distinta disponer de los instrumentos para hacerla avanzar. Y ahí siempre es recomendable abandonar la retórica, bajar la voz y mirar los hechos con un mínimo de honestidad. Argentina no tiene hoy capacidad política ni diplomática suficiente para torcer la posición británica sobre Malvinas. España tampoco la tiene en Gibraltar. Y no se trata siquiera, de entrada, de un problema militar, terreno al que más vale no descender jamás, sino de algo previo y más decisivo: la falta de masa crítica estatal para convertir una reclamación reiterada en una negociación con opciones reales.

¿Qué valor tiene el discurso de Milei? Valor simbólico, sin duda. Valor interno, también. Valor moral para una parte de la sociedad argentina y para los veteranos, por supuesto. Pero trascendencia efectiva, muy poca, escasa. Porque Londres solo reconsiderará posiciones si percibe costes, presiones o incentivos de entidad. Y hoy ni Buenos Aires (ni Madrid, por extensión) está en condiciones de generar una combinación convincente de ninguna de esas 3 cosas.

La paradoja resulta incluso más hiriente si se observa el momento británico. El Reino Unido ya no es el Reino Unido de otras épocas. Su influencia internacional no atraviesa precisamente su mejor etapa; el Brexit no reforzó su peso, sino que lo complicó y aminoró de manera alarmante; y su poder militar, aunque todavía relevante en ciertos nichos, lleva años lejos del aura que algunos siguen adjudicándole por pura inercia histórico-patriótica. Y, con todo, ni en una coyuntura comparativamente menos robusta para Londres se aprecia que Argentina haya logrado mover un milímetro la posición británica sobre Malvinas, ni que España haya hecho avanzar de forma apreciable su reclamación de fondo sobre Gibraltar. Lo que hay, en el caso español, es más bien gestión práctica, convivencia transfronteriza y acomodo funcional.

Por todo ello, siempre resultará aseado distinguir entre la obligación de reclamar y la capacidad de obtener resultados. Lo primero sigue vigente. Lo segundo brilla por su ausencia. Argentina, al menos, mantiene el rito, la denuncia y la constancia diplomática. España, en cambio, da desde hace tiempo la impresión de haber rebajado la centralidad política de Gibraltar en favor de una lógica más pragmática, centrada en la circulación, la prosperidad de la zona y los arreglos derivados del marco post-Brexit. Puede ser razonable desde la gestión cotidiana. Porque si el objetivo prioritario pasa a ser la normalización funcional, la reclamación de soberanía queda relegada, aunque se mantenga viva en los papeles. Y cuando una reclamación se vuelve meramente ritual, empieza a parecerse demasiado a una costumbre administrativa.

En ese sentido, el discurso de Milei merece una lectura sin sentimentalismos innecesarios. No sobra; pero tampoco cambia nada. No sobra porque un presidente argentino no puede permitirse el lujo de callar en Malvinas. Y no cambia nada porque la política internacional no premia la razón abstracta sin el respaldo sólido, material; ni tampoco considera la emoción patriótica, sino la capacidad de influencia, la persistencia eficaz y el peso acumulado. Todo lo demás, por muy solemne que suene el 2 de abril, corre el riesgo de quedarse en lo que tantas veces ha sido: boato, liturgia y palabra de Estado sin traducción material.

En definitiva: entender a Milei, sí; seducirse con el alcance de sus palabras, no. Ha cumplido con el mandato implícito del cargo. Ha pronunciado la reclamación debida. Ha denunciado lo denunciable. Ha envuelto todo ello en la gravedad que exige la fecha. Bien. Pero una nación no recupera posiciones por la intensidad de sus ceremonias, sino por la solidez de sus capacidades. Y ahí es donde Argentina sigue teniendo un problema serio. Ahí, también, donde España haría bien en mirarse respecto de Gibraltar.

Porque al final la cuestión no es si Malvinas debe reclamarse. Claro que debe reclamarse, como Gibraltar debe seguir siendo reclamado por España. La cuestión verdadera es otra, bastante menos confortable y bastante más incómoda: qué puede hacerse de verdad para que esas reclamaciones dejen algún día de ser sólo eso, reclamaciones. Hoy, la respuesta más honesta sigue siendo descorazonadora: muy poco. Apenas nada.

 

Jorge Estévez-Bujez

defenasyseguridad.es

 

Un comentario

  1. Argentina ha comenzado un proceso de regeneración que a largo plazo tendrá alto impacto en todos los aspectos de la sociedad y del Estado argentino. Si los argentinos perseveran por el camino que libremente han tomado, no puede esperarles sino el fortalecimiento económico y moral, camino en el que se cruzarán con una Gran Bretaña que también ha comenzado a recorrerlo, pero en sentido contrario. Extrapolando en el tiempo, llegará el día en el que los isleños prefieran ser argentinos antes que británicos, sea lo que sea lo que signifique para entonces esto último.

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