El fin del chavismo: Estados Unidos ya tiene a Maduro en una operación fulminante y lo traslada ante la Justicia, en Nueva York

Maduro, preso. Foto: Us Army
Poco a poco las noticias se van concretando y se disipa algo, no toda, la neblina informativa de unas horas de enorme tensión mediática, social y política. Como todos nuestros lectores saben, Estados Unidos ha ejecutado esta madrugada una operación militar sin precedentes recientes en el continente americano: la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, trasladados ya a territorio estadounidense. La acción ha sido calificada por la Casa Blanca como una «operación de ley y orden«, encaminada a cumplir una orden judicial emitida por el tribunal federal del distrito sur de Nueva York, que desde 2020 mantiene abierta una acusación por narcoterrorismo contra Maduro.
El operativo, de ejecución milimétrica, fue llevado a cabo por unidades del MARSOC (Marine Raiders), del 160th SOAR (Night Stalkers) y de la Delta Force. Tras varias horas de despliegue en Caracas y puntos críticos del estado de Vargas, las fuerzas especiales estadounidenses consiguieron interceptar el convoy presidencial y asegurar la captura sin víctimas civiles.
«No hubo guerra. Se trata de una operación limitada y funcional, para proteger a los agentes que ejecutaron el arresto«, declaró el presidente Donald Trump desde la Sala Roosevelt, justificando la ausencia de notificación previa al Congreso bajo el argumento de que «Maduro no es tratado como jefe de Estado enemigo, sino como un acusado prófugo de la justicia estadounidense«.

Opositores al régimen de Maduro, hace ahora un año, en Venezuela. Foto: Miguel Gutiérrez. EFE
El asalto ha sido recibido con una mezcla de estupefacción, alegría y resignación en las cancillerías del mundo. Entre los más díscolos, como cabía esperar, se encuentran el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, quien advertía de que esta operación «sienta un precedente peligroso» en el orden internacional; la Federación Rusa ha condenado la acción como una «agresión imperialista«. China, por su parte, ha instado a Washington a «respetar la soberanía de los Estados» y evitar una «injerencia prolongada«.
En Europa, la reacción ha sido más matizada. Alemania ha pedido una «transición civil ordenada«, mientras Francia ha mostrado comprensión por la detención, pero ha subrayado la necesidad de evitar una «ocupación prolongada» del país caribeño. La Unión Europea, que en su momento reconoció la victoria de Edmundo González Urrutia en las elecciones de 2024, ha evitado condenar la operación.
El contexto que ha llevado a esta decisión no puede desvincularse de los movimientos previos de la administración Trump. Como he recordado el periodista de ABC, Cope y otros medios de referencia en España, José M. Alandete, «hace apenas un año, Trump envió a su asesor especial Ric Grenell a Caracas para reunirse con Nicolás Maduro y explorar una vía de negociación«, en línea con la anterior Administración, la del Presidente Biden. Pero el intento de apertura diplomática se rompió en agosto, cuando Estados Unidos inició una ofensiva contra embarcaciones vinculadas al narcotráfico venezolano, persuadido Trump de que Maduro no pretendía llegar a ningún acuerdo. «Trump, influido por Marco Rubio, asumió que Maduro estaba utilizando el diálogo para ganar tiempo, afianzarse en el poder y mantener el negocio de la cocaína«. Desde ese momento, Washington descartó cualquier transición pactada.
Con Maduro ya bajo custodia federal en Nueva York, el siguiente paso será su comparecencia ante un juez del Distrito Sur, donde se le imputan cargos por conspiración para traficar cocaína a gran escala, uso de armas de guerra y colaboración con las FARC como organización terrorista. El Departamento de Justicia ha confirmado que se solicitará la prisión preventiva sin fianza.
Sobre el terreno, la situación en Venezuela es obligadamente incierta. El gobierno chavista ha declarado el estado de emergencia, mientras que algunos líderes opositores, como María Corina Machado, ya han expresado su disposición para encabezar una transición institucional, algo que, en principio, Trump no mira con muy buenos ojos. Sin embargo, persiste la preocupación por una espiral de violencia y desórdenes en un país con estructuras fracturadas, milicias armadas y una población exhausta tras años de crisis y políticas inflacionistas que han llevado a la pobreza a la mayor parte del país, además de obligar a una diáspora de 8 millones de venezolanos, una de las mayores conocidas de la Historia reciente.
No hay triunfalismo en Washington. Al contrario, el relato oficial busca aparecer como un mandatario que da cumplida cuenta de las órdenes de un juez. Ese matiz civil, alejado de un verdadero enfrentamiento militar, busca asegurar el menor impacto negativo sobre la acción gubernamental de Trump. El presidente, en sus declaraciones, insistió: «No hemos invadido Venezuela. Hemos capturado a un criminal«.

Mientras tanto, en Caracas reina la confusión. Se desconoce si los hermanos Rodríguez (Jorge y Delcy, correligionarios de Maduro y personas de su entera confianza) intentarán tomar el control o si las Fuerzas Armadas seguirán acatando órdenes del viejo aparato. Lo que sí es claro es que el «diálogo» ha muerto, y con él, la última de las ficciones sobre la permanencia del chavismo como alternativa de poder.
La historia juzgará los hechos. Hoy, la realidad es que Maduro ya no está en el Palacio de Miraflores, sino en una celda federal en Nueva York.

