La caída de Escribano en Indra no corrige nada: sólo aparta a quien dejó de ser útil, en una maniobra de corrección estética, reputacional y de gobernanza

Jorge Estévez-Bujez
Ángel Escribano sirvió al poder, y lo hizo bien, mientras éste éste fue cumpliendo sus propios hitos, mientras el derrotero se cumplía escrupulosa y «jalonadamente». Pero, cercanos al cumplimiento de la mayor de las metas: la autocompra de EM&E, como dieron en llamarla algunos; o la cocina de una absorción engordada en los despachos y «refrendada» por unos números que no cuadraban -por mucho que se disfrazaran de oficiales-, llegó entonces el final de aquel derrotero. Las cosas se torcieron, aparecieron los desafíos judiciales, los políticos y las columnas irreverentes. Fin del trayecto. La obscenidad de una maniobra hecha con las prisas y bajo la batuta de quienes nunca habían tenido el menor interés en la industria militar (este Ejecutivo -al igual que todos los anteriores-) quedó tan desnuda, vulgar, débil al menor examen ético, y no digamos legal, que se truncó. Desde ese momento, la poltrona de Ángel se volvió incómoda, trémula, envenenada. Era cuestión de tiempo. Y el tiempo llegó. Siempre lo hace. Unas veces no se cobra la osadía, puede que la mayoría de ellas; pero otras, acaso menos nutridas, sí que señala el final implacable de un alocado viaje que, hay que decirlo, la mayoría juzgamos vulgarmente zafio desde el principio.
Los comunicados empresariales sirven, entre otras cosas, para éso: para ponerle al desastre una corbata y al cese una sintaxis de mármol. Indra comunicó la dimisión formal de Ángel Escribano como consejero y presidente ejecutivo, agradeció su contribución y activó el proceso de sucesión bajo la coordinación de Virginia Arce. En la carta adjunta, Escribano habla de “desgaste personal”, de la estabilidad de la compañía y de la confianza de los inversores. Todo correcto. Todo aseado. Todo con ese perfume de oficina jurídica que convierte una caída en una salida ordenada, incluso merecidísima tras no pocos e indecibles esfuerzos del interesado.
Pero, a veces, basta con leer 2 veces una nota oficial para entender que no estamos, efectivamente, ante una despedida, sino ante un desalojo diferido. No porque lo diga el papel, que jamás dirá nada semejante o, al menos, rara vez, sino porque el papel llega siempre cuando ya ha pasado lo importante. Y es que en este asunto, lo importante no era la retórica de la responsabilidad ni la liturgia de la lealtad, sino el hundimiento de una operación que había dejado de ser defendible incluso para quienes la habían mirado con indulgencia escudándose en que, pese a todo, podía resultar necesaria de cara a la consecución del «Campeón Nacional».


Convertir a Indra en un verdadero gigante manufacturero pesado no es una aventura exenta riesgos
Recordar que ya 2 semanas antes, la propia Indra dio por concluido el análisis de la potencial operación con EM&E después de que la empresa remitiera una carta retirándose de la transacción. Ahí se anunció ya el epitafio de la historia. Lo que se había presentado como una jugada de consolidación industrial terminaba convertido en un problema demasiado visible, inopinadamente amplio, trascendente y de todo punto áspero como para seguir fingiendo normalidad.
Ángel Escribano fue útil mientras el trayecto conservó esa apariencia de rumbo estable y razonable. Mientras cada estación del viaje podía presentarse como avance industrial, concentración de capacidades, músculo nacional y demás vocabulario al uso con el que se barnizan las operaciones políticamente incómodas y éticamente insolventes. Sirvió al poder mientras el poder creyó que aquéllo podía llegar a puerto sin pagar un precio demasiado alto. Y cuando dejó de parecer una integración y empezó a oler, simple y llanamente, a conflicto de interés imposible de disimular, entonces se acabó la música. No porque alguien descubriera de pronto las virtudes del buen gobierno. No seamos infantiles. Se acabó porque aquello ya no salía gratis.
Por tanto, no hay que fingir siquiera sorpresa. En España se invoca la industria de defensa con un entusiasmo nuevo, todavía en garantía, y convicciones viejísimas: se la quiere fuerte, sí, pero sobre todo dócil; grande, también, pero bien administrada desde esos despachos donde casi nunca se fabricó nada; ambiciosa, sí, pero sin olvidar que aquí el poder no acostumbra a enamorarse de las empresas, sino de su utilidad. Y la utilidad alberga una crueldad sencillísima de comprender, cual es que mientras sirves, asciendes, y cuando estorbas, sobras.
Por todo ello, y porque ya tenemos una edad, se hace obligado desconfiar del sentimentalismo repentino. No estamos ante la tragedia de un hombre aplastado por un sistema averiado. Más bien al contrario. Estamos ante una pieza de recambio que creyó haberse vuelto indispensable. Ése es el error clásico de quienes pasan demasiado tiempo cerca del botón; que confunden proximidad con poder, tolerancia con respaldo, oportunidad con derecho adquirido. Y no. El poder presta, pero rara vez entrega. Y cuando recupera lo prestado, ni se sonroja ni se explica.
Escribano, en su carta, se aferra a las palabras nobles de estos casos: responsabilidad, lealtad, continuidad, éxito del proyecto. Está en su derecho. También está en el nuestro leer ahí la fórmula habitual del que ha entendido, quizá demasiado tarde, que ya no controla las riendas. Porque cuando alguien escribe que no quiere interferir en la estabilidad de la compañía ni en la confianza de los inversores, lo que está diciendo, en el idioma real de las cosas, es que su permanencia se ha convertido en un problema.
Por tanto, no cayó por una súbita epifanía ética de nadie. Cayó porque la operación dejó de ser absorbible por el sistema y porque concurrieron demasiados focos, demasiado ruido, demasiada incertidumbre judicial y política alrededor de una maniobra que podía soportar titulares favorables, pero no una inspección perseverante. Hasta en los ecosistemas más acostumbrados a la mezcla entre interés público, relato industrial y pulsión patrimonial hay momentos en que alguien calcula el coste y decide soltar lastre para no ir a mayores.
De este modo, se puede concluir que el sistema no ha fallado; el sistema ha funcionado. Funcionó cuando permitió que el viaje avanzara y cuando contemporizó. Funcionó cuando miró hacia otro lado, y funciona ahora, también, cuando aparta al protagonista para salvar la estructura, enfriar el escándalo y recomponer el tablero con la misma serenidad burocrática con la que redacta un hecho administrativo relevante.
Ésa es la verdadera obscenidad de estas historias: no que haya un juguete roto, sino que la fábrica siga intacta.
Ángel Escribano sale. Indra sigue. El poder recompone. Los comunicados agradecen. Los inversores toman nota. Los relevos se activan. Y la maquinaria, una vez más, demuestra su vieja eficacia para lo esencial: usar, exprimir, apartar y continuar.
Es todo. Es bastante.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

