La perspectiva de una paz que todos conocen, desprecian, pero aceptarán

La reciente cumbre entre Trump y Putin en Alaska fue todo lo que temíamos y nada de lo que necesitábamos. Las críticas y los análisis desde Bruselas, Varsovia, Berlín o Kiev no faltaron. Tampoco faltó el simbolismo helado de Anchorage, ese paraje remoto donde se han encontrado dos hombres que, con distinta retórica y fines opuestos, coinciden en un punto esencial: la guerra de Ucrania debería terminar. Pero no por victoria ni por justicia. Debe acabar porque les estorba.
Mientras las delegaciones rusa y norteamericana hablaban de estabilidad estratégica, armas nucleares, paridad y rutas árticas, Ucrania contenía a duras penas la nueva embestida rusa hacia Dobropillia. En Kiev, la sangre no ha dejado de correr desde que en 2014 Rusia arrancó Crimea de cuajo a la soberanía ucraniana. Desde entonces, Ucrania ha perdido regiones, población, infraestructura, economía, estabilidad… Y también la inocencia de creer que el apoyo internacional es incondicional: en absoluto, no lo es, y nunca lo ha sido.
La guerra ha expuesto no sólo la brutalidad de un agresor que no ha renunciado nunca a la lógica imperial, sino también las fisuras de un Occidente que, pese a su retórica, no ha mantenido la firmeza ni la unidad que prometió. Las sanciones llegaron tarde, el armamento con cuentagotas, la diplomacia con máscaras, el respaldo, sólo dialéctico en ocasiones. El Kremlin lo sabía. Supo leer los titubeos, explotar las diferencias y desgastar la voluntad de sus adversarios con un conflicto prolongado y calculadamente costoso para todos. Moscú jugó con frialdad sus cartas, y aunque ha pagado un precio considerable, ha conseguido sobrevivir al envite.
Tampoco debe debe subestimarse lo que Rusia ha perdido: decenas de miles de soldados, equipos destruidos, sanciones severas que la han debilitado, aislamiento de capitales clave, fuga de cerebros, y sobre todo, una imagen internacional profundamente deteriorada. El mensaje que ha quedado flotando en el aire es que Rusia, potencia nuclear y segunda fuerza armada del planeta o éso creíamos-, no ha podido someter completamente a un país mucho más pequeño, menos armado, y sin garantías de seguridad externas, sin alianzas.
Pero también es cierto que ha ganado tiempo, espacios, influencia en el Sur Global y margen de negociación. En Anchorage, Putin no se sentó como un vencido. Trump lo recibió con honores, pero también con un alarde general, mostrando al tirano moscovita un pequeño recordatorio del poder militar norteamericano, tan profundamente decisivo como los recientes bombardeos sobre Irán han demostrado. Una escenografía un tanto apabullante, que pretendió hacer pequeño al mandatario ruso, pero que es difícil que lo consiguiera.
Trump ha recuperando para Rusia un asiento en la mesa de las grandes potencias. Sin haber cedido ni un kilómetro. Sin haber pedido perdón. El simple gesto ya es un mensaje: la normalización empieza antes de la paz. Y Ucrania, mientras tanto, sigue desangrándose, a la espera del despiece.
El nuevo mandato de Trump ha traído un cambio de paradigma. Su política exterior es un cálculo transaccional, un tablero donde las piezas se mueven por conveniencia y coste. La paz se mide en cifras, no en principios. Y Ucrania, a ojos de Washington, se ha convertido en una variable que estorba en el gran pivote hacia Asia. ¿Cuánto más sostendrá Estados Unidos una guerra que ya no domina ni le resulta rentable a futuro? ¿Alguna vez le dio réditos que no fueran los del entusiasmo popular y los editoriales contra el atropello moscovita? China y el enorme Océano esperan a la Casa Blanca, en una suerte de Champions League que quiere disputar a toda costa, aunque sea cerrando la puerta de esta guerra, pero dejando abierta la ventana.
Europa, por su parte, ni tiene ni quiere tener la autonomía estratégica para afrontar en solitario el reto. Seamos honestos. Las promesas se multiplicaron, los discursos se endurecían, pero los hechos siguen llegando tarde. Berlín vacila, París media, Varsovia empuja, y Bruselas espera. De España hablaría, pero no estamos en éso. Ucrania, aunque parezca que no, está de nuevo sola. No pensemos ni por un momento que Europa hará nunca nada más que lo que está haciendo, porque nos engañaríamos de grado. Está demasiado sola, por más que seamos decenas quienes formamos parte de la membresía más inoperante del mundo.

Julia Demaree Nikhinson/Copyright 2025 The AP. All rights reserved.
En ese contexto, lamentablemente se impone lo que todos temen decir: la guerra terminará con cesiones. Ucrania perderá territorios, sus muertos habrán valido para sostener el honor y la valentía de un pueblo, pero no para mantener el espíritu de los políticos ni su interés en un conflicto, más allá de lo que alcancen sus proyecciones estadísticas de cara a las próximas elecciones. Quizá no formalmente, quizá con eufemismos como «estatus especial» o «zonas desmilitarizadas«, pero los mapas cambiarán, y con ellos cambiará también el equilibrio europeo. «No habrá comercio con territorios«, insistió Zelenski. Pero cada vez hay menos margen para elegir. La opinión pública se desgasta, la economía se agota, y los aliados empiezan a mirar hacia otros frentes, que los hay, sí, pero no a costa, insisto, de enterrar en falso este. De hacerse, que se hará, será un crédito que habrá que devolver, tardará 5 ó 10 años, pero llegará. Rusia volverá a terminar el trabajo, tras darse el respiro que le plazca, el necesario para abrevar y reponer fuerzas. Y entonces, ni el «rearme» europeo servirá para que el Viejo Continente evite otra debacle de nuevo; cosas de empeñarse en ser actor de reparto.
Por supuesto, la adhesión de Ucrania a la OTAN seguirá siendo entonces una quimera. Nunca hubo verdadero consenso y hoy, menos que nunca parece factible que una alianza defensiva acepte en su seno a un país en guerra con una potencia nuclear. En cuanto a la Unión Europea, aunque el discurso oficial es de apoyo y apertura, nadie ignora que el camino para la integración de Ucrania estará lleno de escollos políticos, económicos y normativos. El entusiasmo de hoy puede no sobrevivir al pragmatismo de mañana. La suerte de los derroteros políticos de los próximos años es imposible de prever, pero conviene no hacerse grandes ilusiones.
Trump lo dejó claro: «Depende de Zelenski«. Un mensaje tan simple como devastador. Estados Unidos no forzará nada. No pondrá condiciones. Si Kiev quiere seguir, será bajo su propia responsabilidad. Y si quiere firmar, será bajo su propio coste. La paz, en realidad, será lo que decidan otros, en otras mesas, con otras prioridades. Y así, de frustración en desengaño, hasta la desesperanza final, nos vamos acercando a un final tan doloroso como humillante.
Y será una paz frágil, ya lo verán. Corta, inestable, envenenada. Una pausa, no un final. Las heridas abiertas, las ciudades arrasadas, los desplazados, los niños deportados, los crímenes sin castigo… todo seguirá allí. Latente. Sin justicia no habrá redención. Y sin redención, no habrá verdadera paz.
Michael Kimmage, profesor en The Catholic University of America y ex-miembro del Policy Planning Staff del Departamento de Estado, lo advertía hace meses: «Cualquier negociación que ignore el carácter expansivo del proyecto ruso sólo pospondrá el conflicto«. Y eso es precisamente lo que hoy parece fraguarse.
Lo que se ha perdido en este conflicto no se mide sólo en hombres y blindados, sino en principios. Occidente prometió defender el orden internacional basado en normas. Lo hizo a medias. Lo hizo mal. Y ahora, cosecha las consecuencias: una Rusia más arrogante, una Europa más débil, y una Ucrania mutilada sin las garantías de una paz duradera a pesar de los sacrificios.
No tenemos la solución. Nadie la tiene. Pero lo que está tomando forma es una salida impuesta, desequilibrada, dolorosa hasta lo cobarde, cobarde hasta lo temerario. Una salida que puede traer una paz breve y una calma tensa; un tiempo muerto entre guerras. En definitiva, una paz inmerecida para Rusia, y una paz degradante, indigna, para Ucrania. Una paz que Kiev no quiere, pero que tendrá que aceptar. Pero una paz, al cabo, que se abrirá paso, aunque sea arrastrándose infamemente por las ruinas de lo que un día fue esperanza.
Esa es, quizá, la derrota más insoportable de todas.
Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es


4 respuestas
Enhorabuena Jorge por un análisis tan objetivo como exhaustivo del conflicto. Parece que estamos ante la creación de un nuevo «orden» mundial al que asistimos como pasivos espectadores una vez más. Los grandes mandatarios siguen jugando al Risk…veremos el resultado en breve, o no?
Gracias por tus amables palabras, Victoria. Está fuera de toda duda que nos encaminamos a un suerte de nueva Guerra Fría, pero que dispondrá de varios vértices, a cual más incierto: Ucrania, Indo-Pacífico, Sahel… muchos escenarios requieren de fortaleza política y certidumbre ideológica para afrontarlos.
Excelente artículo. Plasma a la perfección la incómoda verdad que se ha ido dibujando desde hace tiempo hasta establecerse y que el discurso oficial trata de ignorar. Aunque no nos guste (y no debería de gustarnos por la parte que nos toca) la realidad se empeña en ser la que es. Por eso de agradecer que haya voces como la tuya que la señalen con el dedo.
Indignante como siempre la pasividad y promesas de las potencias internacionales. ¿Alguien dudó de que Rusia, una vez más, haría lo que quisiera? Al menos, le plantaron cara, sangre y alguna que otra humillación estratégica y militar de calado internacional… Nadie esperaba que una pequeña nación hiciera de David frente a Goliat. Bravo por un artículo objetivo y claro. ¿Para cuando un listado de los efectivos y máquinas perdidas de cada bando? Congrats!