Japón en la disyuntiva nuclear: submarinos, estrategia y disuasión en el Pacífico

Consideraciones técnicas, legales y estratégicas ante una disyuntiva que ya no puede posponerse

SANAE-TAKAICHI, primera ministra de Japón. Los próximos años serán, con toda seguridad, los más trascendentales para Japón en los últimos 70 años

El artículo firmado por Takahashi Kosuke en The Diplomat bajo el título “El debate sobre los submarinos nucleares en Japón cobra impulso ante las crecientes amenazas en el Pacífico” es, sin duda, una aportación de primer orden que no queremos dejar de comentar, y que encaja, a la perfección, dentro del ya creciente —e inaplazable— debate sobre el futuro marítimo japonés. Un análisis técnico, político y jurídico que no rehuye las contradicciones ni los costes inherentes a una apuesta nuclear. Porque, la realidad sea dicha, más allá del peso económico de programas de este tipo, en el caso nipón concurren, además, condicionantes sociales, políticos y jurídicos de primer nivel; no fácilmente sorteables.

Desde DYS venimos siguiendo con atención esta evolución. Lo que antes era un debate bajo llave en Tokio, se está convirtiendo -de manera similar a lo que estamos viviendo en Europa- en una disyuntiva nacional, bajo la presión combinada de Pekín, Pyongyang y, paradójicamente, Seúl.

«Todos nuestros vecinos tienen submarinos nucleares»

Una de las claves del reportaje es cómo la narrativa nuclear ha ido normalizándose incluso entre las figuras políticas más visibles. El ministro de Defensa, Koizumi Shinjiro, lo expresó con claridad en TBS:

«Todos los países de nuestro entorno están adquiriendo submarinos nucleares»,

señalando que la situación había llegado a un punto en el que ya no basta con discutir motores o prestaciones: se trata de revisar la arquitectura completa de defensa nacional, y éso, obviamente, alcanza al segmento nuclear.

Más aún, el exministro Nakatani Gen, ya con la libertad que otorga estar fuera del mando político, fue más  claro al señalar a directamente a los actores nucleares que interesan a Japón:

«Rusia, China, Corea del Norte y Estados Unidos poseen submarinos nucleares. Para equipararlos, Japón necesita buques capaces de una larga autonomía submarina y operaciones de alta velocidad».

Esta declaración, recogida por Kosuke, no es en absoluto baladí. Es diagnóstico de primera, relevante: Japón ya está desfasado en este aspecto frente a sus vecinos más cercanos, incluyendo a Corea del Sur, que ha decidido abandonar los remilgos nucleares y comenzar el desarrollo de su propio programa.

 

Un dilema estructural para Tokio

Lo que viene a exponer el artículo es algo más que una cuestión que empiece y termine en lo netamente armamentístico: es la puerta a una crisis estructural que pondrá en jaque el equilibrio entre limitaciones legales, costes sociales, presión mediática, carencias de personal, incrementos presupuestarios y exigencias operativas. Toda una amalgama de desafíos que no será fácil sortear sin dejar algunos cadáveres políticos por el camino.

Kosuke recuerda que un submarino de la clase Virginia estadounidense supera los 5.800 millones de dólares, frente a los 790 millones de uno de la clase Taigei. Un diferencial que Japón no puede asumir a la ligera, especialmente si se proyectan sólo unos pocos buques nucleares, con todos los costes adicionales que conlleva: infraestructura, combustible, gestión de residuos, formación y pruebas en tierra… Es, efectivamente, entrar de lleno en otra clase, en la máxima categoría del segmento de los sumergibles, y éso no es precisamente barato, ni sencillo.

A ésto se suma una realidad indiscutible, otra más, la dimensión humana: falta de personal. La JMSDF operaba en 2025 con sólo el 92 % de su dotación (ya quisieran algunas armadas occidentales mostrar esos guarismos). Y un submarino nuclear no es un simple relevo de casco: implica multiplicar por 2 ó 3 las necesidades de tripulación altamente cualificada.

Los submarinos nipones ya están experimentando notables avances en materia de baterías

 

El artículo de Kosuke acierta al poner el foco en tres aspectos clave, a saber:

Tecnología viable: aunque se mencionan baterías de estado sólido o pilas de combustible, la realidad energética impone su lógica. Hoy, la única opción verdaderamente ilimitada para patrullas de larga duración y verdadero sigilo sigue siendo la propulsión nuclear.

El «pretexto» surcoreano: la autorización implícita de EE. UU. al programa de submarinos nucleares de Corea del Sur ha roto el tabú regional. Japón puede ahora invocar la necesidad de mantener la disuasión trilateral para justificar avances propios.

Un nuevo frente: el Pacífico profundo. Hasta ahora, Japón pensaba su defensa en el Mar del Este y el Mar de China Oriental. Pero, como advierte el artículo, la actividad de portaaviones chinos más allá de la Segunda Cadena de Islas obliga a pensar en términos oceánicos, de largo alcance y presencia permanente. La exigencia de presencia es ya una obligación ineludible.

¿Se podrá reinterpretar la ley y repensar la estrategia?

Uno de los escollos más formales sigue siendo la Ley Básica de Energía Atómica de Japón, que restringe el uso nuclear a fines pacíficos. Si bien en los años 60 se insinuó que la propulsión podría quedar fuera del ámbito de esta ley, las declaraciones oficiales más recientes (septiembre de 2024) niegan esta posibilidad.

No obstante, la presión internacional y la tendencia global hacia el uso de reactores modulares navales (SMR) ofrecen una puerta jurídica entreabierta. Kosuke no lo subraya explícitamente, pero deja caer la idea de una posible «reinterpretación» paulatina del marco legal, adaptándolo a las necesidades operativas del siglo XXI. Aunque parezca complejo, y seguro lo será, podría afrontarse una estrategia legal hábil, respetuosa con los márgenes jurídicos, pero que, sin lugar a dudas, habrá de ser forzosamente imaginativa, que ayude a sortear el recio marco legal japonés en este ámbito.

Kosuke concluye:

La posible adquisición de submarinos nucleares por parte de Japón no es una mera consideración técnica o presupuestaria; es una prueba decisiva de las prioridades nacionales.”

Y así es. Como antes apuntábamos, más que una discusión sobre motores o cascos, el debate japonés afectará a no pocas aristas: a una redefinición de su postura internacional, de su identidad fiscal y de su rol en la arquitectura regional de seguridad.

Japón se encuentra en una encrucijada estratégica y cultural: o sigue siendo una potencia marítima de capacidades más que notables (su flota de destructores es realmente excepcional), pero de segunda línea, digamos política, limitada por su tradición antimilitarista y su marco jurídico restrictivo, o da el salto hacia una proyección oceánica plena, con todas las implicaciones que ello conlleva en términos de gasto, doctrina y diplomacia. Lo que supondrá una asunción más que relevante de obstáculos que nadie pensaba sortear hace apenas unos años.

El artículo de Takahashi Kosuke en The Diplomat no sólo ofrece una panorámica lúcida del estado del debate, sino que anuncia nítidamente lo que está por venir, y es que habrá un antes y un después. En DYS consideramos que la cuestión de los submarinos nucleares en Japón ya no es una hipótesis: es una variable activa del reordenamiento naval en Asia-Pacífico.

Aplaudimos el rigor del análisis de Kosuke, y seguiremos de cerca este debate, que, como bien apunta él mismo, puede marcar el rumbo de la seguridad japonesa en la próxima década.

Japón ya no quiere debate submarinos. Debe debatir su lugar en el mundo.

 

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

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