La admisión oficial de una capacidad acorazada intermedia revela que París asume ya el riesgo de un hueco entre el Leclerc XLR y el MGCS, y que estudia cómo cerrarlo sin agravar sus tensiones presupuestarias, industriales y operativas

Jorge Estévez-Bujez
La noticia no está en que Francia sueñe con un carro nuevo, que también (y como todos los grandes ejércitos europeos); la noticia está en que el Ministerio de las Fuerzas Armadas ya reconoce la posibilidad de una capacidad intermedia para evitar un vacío entre el Leclerc XLR y el futuro MGCS. Y éso, en sí mismo, es una enmienda a años de confianza política en un calendario que hace tiempo dejó de resultar convincente para casi todos los que tienen algo que decir al respecto. Al respecto del debate, apuntar que ya lo mencionamos al inicio del año en este artículo, que cobra hoy todo su sentido.
La información, adelantada por FOB – Forces Operations Blog en un artículo firmado por Nathan Gain en el día de ayer, 31 de marzo, apunta a una cuestión que en realidad llevaba demasiado tiempo sobre la mesa: Francia no puede permitirse llegar tarde al relevo de su capacidad pesada de maniobra. Si la retirada de los Leclerc debe comenzar a partir de 2037 y el MGCS sigue moviéndose en una ventana posterior, el problema deja de ser teórico para ser netamente de planeamiento.

Todos los ejércitos de referencia europeos han trazado planes a medio-largo plazo para la substitución de sus fltoas de carros
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Por supuesto, no se conoce que estamos ante una decisión cerrada, ni ante la confirmación de un modelo concreto, ni mucho menos ante un programa ya lanzado. Lo que sí existe es algo políticamente más importante de lo que parece, puesto que hablamos del reconocimiento oficial de una brecha posible y la admisión de que se estudian varias opciones de capacidad intermedia. Y cuando un mandatario formula así el problema, es porque el debate ha salido del ámbito doctrinal y ha entrado de lleno en el terreno de las decisiones.
Durante demasiado tiempo, el MGCS ha funcionado como una respuesta diferida para casi todo. Y el problema es, que esa dilación va camino de ser inasumible en cuanto al relevo del Leclerc se refiere. El salto tecnológico, la últimamente difícil cooperación con Alemania y la preservación de la base industrial forman un cóctel de variables que han sumado demasiados enteros como para no ponerse a ello antes de que pueda ser tarde.
Y como un gran programa, como el MGCS, no deja de ser un gran programa porque se le atribuyan muchas virtudes, si su calendario se desplaza, arrastra detrás doctrina, inversión, formación, sostenimiento y credibilidad.
Por eso el interés de París por una solución intermedia no debe entenderse como una rectificación improvisada (aunque algo de éso hay), sino, quizás, como un ajuste tardío a una realidad evidente. La guerra en Ucrania, el regreso del combate de alta intensidad y la rápida evolución de amenazas como los drones, las municiones merodeadoras, la protección activa o la conectividad táctica han vuelto mucho más costoso esperar con los brazos cruzados. Quedarse quieto también es una decisión, y a menudo la peor.
Además, la discusión no gira sólo en torno al carro. Gira en torno a qué arquitectura de combate terrestre quiere conservar Francia durante la próxima década. Si la capacidad intermedia termina tomando forma, no bastará con poner un cañón más moderno sobre una plataforma disponible. Habrá que decidir qué grado de integración tendrá con las redes de mando y control, qué nivel de protección activa podrá incorporar, qué margen dejará para operar con sistemas no tripulados y qué continuidad y comunalidades ofrecerá con las futuras tecnologías del MGCS.

La evolución XLR del Lecrec
Ahí es donde aparece entonces ASCALON y, con él, la dimensión industrial del debate. La posibilidad de que una solución intermedia incorpore primeras piezas tecnológicas del MGCS abre una ventana para que KNDS France y el ecosistema asociado no pierdan tracción mientras el programa franco-alemán madura, si es que finalmente lo hace.
Así, el carro intermedio no sería sólo una respuesta operativa; también podría ser un puente industrial y tecnológico. Se explica de ese modo por qué el asunto ya no puede despacharse como una mera hipótesis de expertos.
Una capacidad intermedia cuesta dinero, tiempo y voluntad política. Y exige, además, priorizar en una futura ley de programación, ordenar necesidades que compiten entre sí y asumir que cada euro comprometido aquí no irá a otro capítulo, o incluso se pierda, como no pocas veces sucede. También obliga a elegir entre varias opciones: comprar, adaptar, desarrollar, cooperar o combinar varias de esas fórmulas. Ninguna sale gratis. Ninguna llega sin fricciones.
Tampoco será, cómo no, un debate menor para la relación con Alemania. Si Francia acelera una solución intermedia con fuerte sello nacional o con mayor autonomía industrial, el mensaje hacia el MGCS será inevitable: París quiere mantener abierta la cooperación, pero ya no está dispuesta a depender sólo de la promesa del sistema final conjunto con el socio germano. No tiene que ser una ruptura, sino una señal de cautela. Y probablemente, a estas alturas, una señal lógica, todo hay que decirlo, al menos, desde el punto de vista de los planificadores de París.
En el fondo, el anuncio deja una conclusión lógica, cual es que Francia empieza a asumir que entre el Leclerc modernizado y el MGCS hay un problema de calendario, como al principio decíamos, y que ese problema no se resuelve con comunicados. Existe el riesgo de hueco. La cuestión es qué precio está dispuesto a pagar París para no caer en él.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

