Australia y las fisuras del AUKUS: la necesidad de una política de defensa soberana y estratégica

El acuerdo AUKUS (Australia, Reino Unido y Estados Unidos, por sus siglas en inglés), particularmente su Pilar Uno -que contempla, entre otras cosas, la adquisición por parte de Australia de submarinos de ataque de propulsión nuclear (SSN) clase Virginia- ha sido presentado como una evolución natural de los lazos estratégicos entre Canberra, Washington y Londres. A pesar de ello, la nueva y estrecha alianza angloparlante del Pacífico, dista aún mucho de consolidarse. Las dudas de Washington, recelosa de enajenar submarinos Virginia en favor de los australianos, y las de Camberra, emponzoñada en una serie de programas impuestos, astronómicamente caros y lejanos, consiguen generalizarse. Conviene recordar aquí que sólo el proyecto de submarinos nucleares AUKUS para Australia está valorado en más de 200.000 millones de euros. En ese sentido, vamos a analizar una evaluación rigurosa de las implicaciones de AUKUS, que sugiere que esta alianza podría socavar los principios fundamentales de la soberanía australiana, comprometer la independencia estratégica nacional y colocar al país en la línea directa de un eventual conflicto de grandes potencias, entre ellas China, su principal socio comercial. Así lo sostienen con claridad los expertos australianos Mike Keating y Jon Stanford en su artículo publicado ayer mismo, 22 de agosto, en el Australian Strategic Policy Institute, y que vamos a desgranar brevemente.
Ambos autores son, a priori, garantes de fundados argumentos, más allá de su inclinación personal en el asunto. Trabajaron juntos en el Departamento del Primer Ministro y del Gabinete. Mike Keating, en particular, formó parte durante 11 años del Comité de Secretarios de Seguridad Nacional, el órgano responsable de coordinar el asesoramiento al Comité del Gabinete de Seguridad Nacional. Jon Stanford, por su parte, es un economista con amplia experiencia en políticas de defensa y análisis estratégico. La lupa de ambos es relevante y su opinión no está precisamente sola en el contexto político australiano.
Como el primero de los riesgos de AUKUS, los autores señalan que el ministro de Defensa australiano, Richard Marles, afirmó en junio que una guerra entre Estados Unidos y China inevitablemente arrastraría a Australia. Como no podía ser de otra manera cuando hablamos de una alianza defensiva, esta afirmación evidenciaba una realidad insoslayable, cual es que una Australia pasaba a ingresar en una peligrosa dependencia estratégica, como señala Peter Varghese -exsecretario del Departamento de Asuntos Exteriores y Comercio-. Destacaba Varghese la incoherencia entre una política exterior orientada a un mundo multipolar y una política de defensa subordinada a la primacía estadounidense. En este contexto, AUKUS representa un gran proyecto defensivo claramente diseñado para reforzar la contención de China, como lo reconoce John Lee, del Centro de Estudios Estadounidenses.

El previsto submarino nuclear AUKUS
El primer gran problema de este planteamiento es la divergencia entre los intereses estratégicos de Estados Unidos y los de Australia, que pueden ser comunes en ocasiones, pero no tanto en otras. China es, como decíamos, el principal socio comercial de Canberra, absorbiendo cerca de un tercio de sus exportaciones. Así visto, comprometerse con una estrategia de contención china liderada por Estados Unidos no sólo es innecesario desde el punto de vista económico, sino potencialmente catastrófico en términos de seguridad nacional.
El segundo problema reside en la pérdida de soberanía operativa, algo de todo punto natural cuando las diferencias de capacidades, tamaño y poder global entre unos y otros aliados es sideral. La ampliación de la base naval HMAS Stirling -cerca de Perth, en Australia Occidental- para albergar una fuerza submarina aliada sugiere que los submarinos australianos estarán sujetos a la dirección estratégica estadounidense, algo fuera de toda duda razonable en tiempos de guerra. Declaraciones de figuras influyentes como Kurt Campbell -coordinador para el Indo-Pacífico del Consejo de Seguridad Nacional de EE. UU.- y Elbridge Colby -exfuncionario del Pentágono y asesor de la revisión de AUKUS- refuerzan esta percepción al subrayar la necesidad de garantizar que los SSN australianos puedan ser utilizados según los intereses estadounidenses.
El tercer riesgo es de carácter operacional. La integración de los SSN australianos en misiones de disuasión por castigo, en escenarios de conflicto con China, podría involucrar a Australia en operaciones altamente peligrosas, que incluso podrían contemplar el uso de armas nucleares tácticas por parte de Estados Unidos., aunque Australia no se ha pronunciado favorablemente a disponer de armamento nuclear. La lógica estratégica detrás de esta doctrina convertiría a las instalaciones australianas en blancos prioritarios socavando así, a juicio de los autores, cualquier pretensión de defensa nacional autónoma.
En cuarto lugar, Stanford y Keating sostienen que el diseño de los submarinos elegidos no responde a las necesidades propias de la Real Armada Australiana. Las clases Virginia y SSN-AUKUS presentan serios inconvenientes para Australia: tamaño excesivo, necesidad de grandes dotaciones (más del doble que los convencionales clase Collins o los Suffren galos) y una fuerte dependencia tecnológica -casi total- de EE. UU. y Reino Unido. A ello se suman los persistentes retrasos y sobrecostes en sus respectivos programas, una constante de la que no es posible evadirse.
Frente a estos riesgos e incertidumbres, los autores proponen una alternativa pragmática: reemplazar los previstos SSN anglosajones por 12 submarinos franceses de la clase Suffren. Con una tripulación de 65 personas, propulsión nuclear basada en uranio poco enriquecido (al 5 %, conforme al uso civil) y plena compatibilidad con operaciones conjuntas OTAN, los Suffren representarían una solución viable y estratégica. Además, su adquisición fortalecería la capacidad de defensa autónoma, algo clave para una estrategia basada en la negación y no en la proyección ofensiva, además de suavizar la dependencia externa, teóricamente menor que con los SSN-AUKUS.

Submarino clase Collins. EFE/EPA/Richard Wainwright
La propuesta de reorganizar la política de defensa australiana en función de la autodefensa no implicaría romper con Estados Unidos, sino redefinir una relación más equilibrada, donde los intereses australianos convivan en cierta paridad con los de sus aliados norteamericanos. Las bases estadounidenses en Australia podrían mantenerse bajo condiciones similares a las que aplican en Japón o Corea del Sur, donde se requiere aprobación previa del gobierno anfitrión para cualquier operación ofensiva, las operaciones y maniobras conjuntas se mantendrían de manera intensa y continuada. Además, Australia sería más capaz por sí misma, descargando a Washington de una tutela completa sobre Camberra.
Keating y Stanford no están solos en su análisis. Son muchas las voces en nuestras antípodas las que piensan que el enfoque australiano debería priorizar su propia seguridad en un entorno regional cada vez más complejo, pero sin actuar como una extensión estratégica de otra potencia; ¿les suena de algo esta música?
Una política exterior coherente exige una defensa nacional verdaderamente soberana y una capacidad de decisión política propia. AUKUS, tal como está concebido, contradice esa necesidad.
Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

