FCAS. Rendirse no era una opción

Respuesta a Waldemar Geiger (hartpunkt.de): el FCAS como prueba final de la coherencia europea

Jorge Estévez-Bujez

Como muchos de ustedes, he leído el artículo de Waldemar Geiger en su medio, hartpunkt.de, con gran atención y respeto. El título, que podría traducirse por “FCAS – ¡Es hora de seguir caminos separados de manera acordada!”, si el traductor no me traiciona y el sentido literal no se distorsiona demasiado, entra directo, sin vaselina. Su tesis es clara, y reconozco en ella una radiografía lúcida de un problema que, a estas alturas, ya no necesita más diagnósticos, sino decisiones. Aunque lo cierto es que las necesitó hace tiempo. Geiger no se equivoca en la exposición de los síntomas, pero sí yerra —a mi juicio— en la propuesta terapéutica. Y ahí es donde empezamos a discrepar.

No. No es hora de seguir caminos separados. Es hora, precisamente, de lo contrario: de recordar por qué decidimos recorrer este camino juntos.

El Future Combat Air System (FCAS) no es un simple programa militar o una ocurrencia industrial de los gabinetes de París, Berlín y Madrid. Es la culminación —fallida o no— de décadas de discursos, promesas, pactos y pactitos sobre una supuesta “Europa de la Defensa” que, en teoría, debía ser algo más que una entelequia firmada en folios de Bruselas. Y si hay un símbolo de esa voluntad compartida, frágil, contradictoria pero valiente, es precisamente el FCAS.

Por eso, abandonar ahora, tras casi una década de trabajo, miles de millones invertidos, contratos firmados, capacidades puestas en común y expectativas alimentadas, no sería pragmatismo, sino derrota, fracaso. Una de las que hacen ruido. Una de esas que no se olvidan. Una que, además, nos costará mucho más cara que perseverar en el Programa.

Porque, como casi todo en Europa, el FCAS es una prueba de madurez, no sólo tecnológica e industrial, sino política. No hablo aquí de idealismos trasnochados. Hablo de lo que somos y lo que queremos ser. De si vamos a seguir vendiendo unidad mientras cultivamos egos y fronteras en cada línea de montaje, o si, por una vez, somos capaces de aguantar el pulso que exige un programa verdaderamente común. No soy un ortodoxo defensor de la Europa igualitaria que diluye las fronteras y los particularismos, pero, de lo que aquí hablamos es de un proyecto común de más de 100.000 millones de euros. No hace falta construir una tesis sobre pragmatismo industrial frente a éso. Debería haber sido sencillo suavizar aristas ante el tamaño y la gravedad de lo que teníamos ante nosotros.

¿De verdad vamos a dejarlo todo porque no nos ponemos de acuerdo en el reparto de sensores, motores y exportaciones? ¿Es esa la Europa que quieren los líderes? ¿Ésa la que construyen en Estrasburgo? ¿Una Europa que se desmorona en cuanto hay que tomar decisiones difíciles? Porque, que nadie se engañe: abandonar el FCAS ahora no será una decisión técnica, sino política. Y profundamente simbólica.

Sí, han habido tensiones. Sí, los españoles hemos sentido que nos han querido a ratos como socios y a ratos como subcontratistas de segunda. Pero, aún así, hemos perseverado, porque entendíamos —y seguimos entendiendo— que el Programa nos importa. Porque va de soberanía, de disuasión, de no depender eternamente de terceros para defender nuestros intereses.

La alternativa de “hacer cada uno lo suyo y ya nos encontraremos luego en subsistemas” suena atractiva, pero no resuelve nada. Simplemente aplaza la contradicción y la disfraza de solución. Porque desarrollar un caza de sexta generación no es sólo una cuestión de piezas, es un concepto integrado, interdependiente y profundamente complejo. Y si lo fragmentamos, si cada cual marcha por su lado, lo que obtendremos serán 2 ó 3 proyectos caros, incompletos y probablemente incompatibles, con el consabido festín para quienes llevan años deseando que Europa fracase… una vez más. Y no es que me sienta contrario a que 2 ó más proyectos de este tipo concurran en Europa. Siempre he defendido que pueden coexistir, que el Continente tiene capacidad, por más que se insista en limitarla hablando constantemente de la imposibilidad de afrontar varios proyectos de envergadura en Europa. Es falso, a mi juicio. Pero ese es otro debate.

No quiero edulcorar el FCAS. Ya no. Lo hice en 2019, cuando España entró oficialmente como socio pleno. Lo hice también cuando creí que esta vez sí, que íbamos en serio. Hoy ya no me queda mucho de esa ilusión. Pero me queda algo que vale más: la convicción de que no podíamos permitirnos otro fracaso compartido.

Lo digo sin dramatismos: tirar por la borda este programa no sería un paso adelante hacia la eficiencia; ni acelerar proyectos menores resolverían el contratiempo a corto plazo, como un control de daños a toda prisa, sino una caída libre hacia la irrelevancia. Sería volver a demostrar que en Europa la suma siempre da menos que las partes. Que nuestros egos pesan más que nuestras amenazas. Y que ni siquiera, ante un entorno global más inestable que nunca, somos capaces de hacer lo que decimos que hay que hacer.

Waldemar Geiger tiene razón en muchas cosas. Pero no en lo esencial. No es hora de separarse. Es hora de madurar. A pesar de todo, me temo que es él quien acierta el pronóstico.

 

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

 

3 respuestas

  1. En la vida hay que saber qué batallas hay que pelear y en cuáles ya no tiene sentido seguir luchando. Creo que FCAS es de las que ya no merece la pena continuar. Por una parte porque las posiciones están tan enconadas que ya no es posible recuperar la confianza. Por otra parte, tanto las amenazas como el combate aéreo ha cambiado radicalmente desde que se concibió FCAS y lo más probable es que ya no sea la plataforma adecuada.
    Así que es un buen momento de pararse, replantear objetivos y ver en qué tiene sentido avanzar juntos y en qué no. Ya habrá muchas más oportunidades de buscar puntos de encuentro y colaborar.

  2. En el artículo citado de Hartpunkt, al alemán propone no sólo separarse, sino que Alemania no desarrolle ningún avión…

    Se ve que no se sienten muy capaces de hacerlo, ni en solitario ni con Francia.

    Con respecto a Francia, argumenta que, además de las tiranteces que ya conocemos, los franceses -supuestamente- quieren un avión más pequeño, embarcable.

    Me parece un argumento profundamente falso y errado. Eso se sabía desde el momento que se decidió juntarse con ellos. Igual que los franceses también sabían que el avión, al mismo tiempo, ha de ser grande. No creo que ese sea motivo de divorcio. El Rafale tiene un MTOW de unas 24 t, si no me equivoco (estoy hablando ahora de memoria). El F35C, de unas 32 t. El Kaan -que será navalizable- probablemente se vaya a las 35. El F22 presenta un MTOW de 38 t. Un SCAF de 39 t no va a ser un problema para embarcarlo.

  3. Desde mi punto de vista, se ha juntado el hambre con las ganas de comer.
    Francia y Alemania saben que ninguna de las dos por sí solas pueden gestionar un sistema tan grande y ambicioso, y a su vez ambas quieren la mayor parte de pastel.
    Por otro lado está la parte de la exportación, Francia no se fía del posible veto a exportaciones De Alemania, tal y como ha pasado con el EF, que Alemania vetó algunas ventas.
    En conclusión Francia no quiere que suceda lo de EF, que cada modificación, mejora, tranche y exportación requiera la aprobación de Alemania y cada paso se convierta en un dolor de muelas. Alemania quiere un control a partes iguales del avión.
    Por último se dice que si con Suecia, que con el otro, y pitos y flautas, si el FCAS sale adelante como está planteado como ahora es porque están las dos, además de su industria y dinero.

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