Disertaciones a cuento de la Conferencia Internacional de Poder Marítimo celebrada en Londres
Por más que en Whitehall (el Gobierno de Reino Unido en la jerga político-informativa británica) se insista, la Royal Navy ya no es lo que solía ser. Ni su presencia en el Atlántico puede catalogarse como “dominante”, ni su maquinaria naval flota con relumbre —al menos, no en los números ni en el estado de disponibilidad que uno esperaría de una potencia que aún se proyecta como garante de la seguridad en su flanco occidental. Y, sin embargo, hay quien desde Londres todavía habla de «perder» una ventaja que en realidad lleva décadas erosionándose. El aviso lanzado esta semana por el Primer Lord del Mar, general Sir Gwyn Jenkins, no ha sido tanto una sorpresa como una constatación con tono de súplica: si no se invierte con urgencia y profundidad, el Reino Unido dejará de ser siquiera relevante en las rutas marítimas del Atlántico Norte frente a una Rusia que, pese a estar empantanada en Ucrania, no ha dejado de gastar miles de millones en su Flota del Norte.
Durante su intervención en la Conferencia Internacional de Poder Marítimo en Londres, Sir Gwyn fue claro: «la ventaja que hemos disfrutado en el Atlántico desde el final de la Segunda Guerra Mundial está en riesgo«. Añadió: «Estamos aguantando, pero no por mucho. No hay margen para la complacencia. Nuestros posibles oponentes están invirtiendo miles de millones. Tenemos que intensificar nuestros esfuerzos o perderemos esa ventaja«.

Sir Gwyn
Lo que no aclaró es cuánta de esa ventaja queda realmente. Porque la superioridad —si alguna vez fue total— se ha visto mermada por años de recortes presupuestarios, adquisiciones fallidas, demoras industriales y una fuerza naval que hoy tiene más buques averiados o amarrados que desplegados.
No es un problema nuevo. Lo preocupante es la frecuencia con la que reaparece en boca de los mandos británicos, que esta vez han querido dar forma al aviso con cifras: un aumento del 30% en las incursiones rusas en aguas del Atlántico Norte en los últimos dos años, según datos compartidos por el almirante. El ejemplo más citado ha sido el del buque espía ruso Yantar, detectado cerca de la costa escocesa apuntando con láseres a aeronaves británicas. Pero más que lo visible, lo que inquieta es lo que no se ve: los movimientos rusos bajo la superficie, donde cables submarinos de datos y gasoductos vitales siguen desprotegidos ante una eventual agresión híbrida.
«Sabemos lo que Putin está haciendo. Sabemos lo que Putin está desarrollando. Podemos encontrarlos, rastrearlos y, si es necesario, estamos listos con aliados para actuar y disuadirlos«, afirmó el Secretario de Defensa John Healey durante su visita a la Base Naval de Portsmouth.
Advertencia sobre la decadencia
Desde el Gobierno, Healey intentó calmar las aguas anunciando el programa «Bastión Atlántico», una fuerza naval híbrida que combina inteligencia artificial, plataformas autónomas y medios tripulados para proteger infraestructuras submarinas críticas. Prometió que el Reino Unido está preparado para «rastrear y disuadir» a los submarinos rusos, en conjunción con sus aliados. Aunque esa promesa, en este punto, suena más como una aspiración tecnológica que como una capacidad plenamente operativa.
“No podemos permitir que eso suceda”, remarcó Sir Gwyn en su discurso, haciendo eco de las palabras del propio Secretario de Defensa: “los vemos y sabemos lo que están haciendo”.
Mientras tanto, Downing Street continúa anunciando objetivos presupuestarios de largo recorrido. El compromiso de elevar el gasto en defensa al 5% del PIB no se materializará, con suerte, antes de 2035, y el 2,6% prometido para 2027 apenas supone una subida significativa respecto al umbral del 2% fijado por la OTAN. Los números son grandes, sí —270.000 millones de libras de inversión prevista en defensa durante el periodo actual de revisión—, pero la traducción de esas cifras en capacidades navales reales, listas para el combate y sostenibles, sigue sin estar clara.

Destructor HMS Diamond. Royal Navy’
El problema no es únicamente financiero, que ya es mucho. La Royal Navy arrastra una crisis estructural: escasez de personal (especialmente submarinistas), mantenimiento atrasado, y una flota cuya modernización se ve permanentemente retrasada por una industria de defensa británica que promete mucho y entrega tarde, caro y en cantidades insuficientes. Todo ello mientras la amenaza —ya no latente sino manifiesta— no entiende del calendario electoral británico ni espera a la curva de aprendizaje de sus nuevos ministros de ramo. Y éso que aún no estamos hablando de que surjan nuevas amenazas en la Mar Océana, caso naves de pabellón chino; algo que, más pronto que tarde, acabará sucediendo, aunque se comience prodigando más al Sur, de momento.
Sir Gwyn, primer infante de marina (royal marine) en ocupar el cargo de Primer Lord del Mar, trató de vestir de esperanza el futuro, hablando de una «marina híbrida«, más ágil, menos burocrática, capaz de operar al ritmo que impone la amenaza. “Nos enfrentaremos a vientos en contra, nos enfrentaremos a mares agitados, pero juntos podemos resolver estos problemas si tenemos el apetito, si tenemos la determinación y si tenemos la mentalidad adecuada”, terminó diciendo para cerrar su discurso y añadir algo de literatura. De hecho, suena bien. Pero también suena demasiado a papel mojado. El retroceso en capacidades y números de los últimos 30 años ha sido monumental (y no sólo en Reino Unido)
La pregunta no es ya si el Reino Unido puede perder su supuesta ventaja en el Atlántico. La pregunta real es cuánto de esa ventaja sigue existiendo, cuánta voluntad política queda para reconstruirla… y si hay tiempo suficiente para hacerlo antes de que la Historia termine arrollando el presente y la Royal Navy se convierta definitivamente en una sombra con recuerdos imperiales.
Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

