De ganar la guerra a buscar la paz: el giro del discurso occidental sobre Ucrania

¿Empezando a asumir la pérdida de la guerra?

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que los políticos occidentales se prodigaban en ofrecer titulares contundentes sobre la perspectiva de la guerra en Ucrania. Seré breve, porque ya es demasiado lacerante. Hace 9 meses, por quedarnos en este año y hacer más cercano el impacto de las veletas dialécticas de los mandatarios, Margarita Robles, a la sazón, Ministra de Defensa, decía: «Ucrania tiene que ganar esta guerra«. Con el aplomo de quien afirma una línea roja que no pisará. Era enero de 2025, como decía. Las capitales occidentales, con Washington, Londres, París y Berlín al frente, hablaban en términos absolutos, pero la verdad es que ya no tanto: victoria, derrota, resistencia sin concesiones. En Kiev se aplaudía con entusiasmo, como quien escucha música para mantenerse en pie.

9 meses después, sin embargo (aunque ya se anunciaba), el lenguaje ha adquirido otros matices. La reciente reunión de ministros de Defensa europeos celebrada en París el 3 de septiembre no lo ha podido reflejar con mayor claridad.

 

«La unidad y la determinación son fundamentales en este escenario para que Ucrania pueda alcanzar esa paz justa y duradera que siempre hemos reivindicado desde España», declaró la ministra Margarita Robles, antes de subrayar que «ese camino hacia la paz no puede recorrerse sin la propia Ucrania«. Ya no se habla de victoria, sino de una paz razonable. Los ánimos enardecidos, con serlo, lo son menos. Ya no se exige el retorno de cada metro cuadrado de terreno, sino que se comienza a hablar de negociaciones, de condiciones, de realismo.

Es cierto que los discursos se adaptan al contexto, y que la guerra no es un teatro estático, sino cambiante en grado superlativo. Pero también lo es que el impulso inicial se ha enfriado. Las bajas, el dolor, la devastación y, sobre todo, los números, amilanan. La contraofensiva de 2023 no fue el punto de inflexión esperado, los arsenales europeos están visiblemente mermados y el apoyo popular comienza a erosionarse. Más que un cambio de corazón, parece una resignación táctica. A nadie descubrimos que de lo que se habla es de nuevas delimitaciones fronterizas, de viejas palabras de tregua, al más puro estilo de los siglos pretéritos.

La paradoja no escapa a nadie, del mismo modo que nadie hace mejor pose que un político cuando el viento cambia y tiene cintura para encararlo: los mismos gobiernos que hace apenas unos meses se comprometían a sostener a Ucrania «hasta la victoria final» ahora promueven reuniones para explorar las condiciones de un alto el fuego. La expresión «paz justa y duradera» empieza a sonar como un modo elegante de gestionar una salida ordenada, el epítome de más de 3 años de guerra; una guerra valiente por parte de los ucranianos, pero que desgasta, sobre todo a ellos.

No se trata de una traición, quizá, sino de una transición. Tampoco de un abandono, sino de una recalibración. Pero es inevitable preguntarse si, en medio de este giro discursivo, los ucranianos no están quedando una vez más atrapados entre las palabras de sus aliados y los hechos que se imponen sobre el terreno. La realidad manda, y el presente que viven descubre un estancamiento que lleva a templar ánimos y descender la adrenalina.

La historia dirá si este fue el principio de una paz necesaria o el preludio de una concesión forzada que termine en otra guerra. De momento, lo que queda es un cambio de tono. Y en política internacional, como en la diplomacia, el tono lo es casi todo.

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

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