Ninguna discrepancia autoriza esa línea

Editorial de la Redacción. Defensa y Seguridad. 2 de abril de 2026
Algunas declaraciones no deben, a nuestro juicio, dejarse pasar sin más. La de Mario Díaz-Balart es una de ellas (no la única).
Cuando un congresista estadounidense afirma que “Ceuta y Melilla no están en el territorio geográfico de España, están en el territorio de Marruecos” y añade que “ese tipo de cosas se establecen, se negocian y se discuten entre amigos y aliados”, no está opinando sobre cartografía, sobre la que ya ha demostrado que no adjunta conocimientos; ni abriendo un debate histórico, ni incurriendo en una torpeza verbal. Está cruzando una línea roja.
Porque la soberanía española sobre Ceuta y Melilla no es materia negociable. No lo es para España. No debería serlo para ningún aliado serio. Y desde luego no puede convertirse en moneda de presión política al calor de una discrepancia coyuntural sobre el uso de bases, accesos o apoyos logísticos.
Eso es lo verdaderamente grave. No sólo lo que se dice, sino cuándo se dice, por qué se dice y para qué se dice.
Las palabras de Díaz-Balart llegan después de que Michael Rubin, un acólito más del desdoro, reclamara abiertamente que Washington reconociese Ceuta y Melilla como “territorio marroquí ocupado” e, incluso, deslizara la idea de una nueva “Marcha Verde” sobre ambas ciudades. Lo que hace apenas unos días podía presentarse como la provocación habitual de un analista con agenda, hoy asciende un peldaño y entra de lleno en la arena política estadounidense con un mensaje mucho más peligroso: poner en cuestión la integridad territorial de un aliado de la OTAN para castigar una discrepancia política concreta. Y eso no es aceptable.
Una alianza no consiste en sonreír en las cumbres y amenazarse por la puerta de atrás. Una alianza no funciona si uno de sus miembros tolera, alienta o banaliza la idea de que parte del territorio de otro puede ser objeto de “discusión entre amigos”. Eso no es diplomacia. Es una forma de coerción. Y, además, una forma de coerción especialmente irresponsable cuando afecta a 2 enclaves cuya estabilidad tiene implicaciones directas en el flanco sur europeo, en el Estrecho y en la seguridad del Mediterráneo occidental.
España, a través de su Gobierno, podrá equivocarse o acertar en una decisión concreta de política exterior o de cooperación militar. Es algo que forma parte de la relación normal entre estados soberanos, incluso entre aliados estrechos. Lo que no forma parte de ninguna normalidad aceptable es responder a esa discrepancia insinuando que la soberanía española sobre Ceuta y Melilla está abierta a revisión. Ahí no hay discrepancia. Hay un cuestionamiento frontal.
Y cuando ese cuestionamiento llega desde el entorno político de la primera potencia de la Alianza, el problema deja de ser retórico para pasar a ser político. Y también de seguridad.
Porque el daño no se limita a España. Si se normaliza que el territorio de un aliado puede ponerse en duda cuando ese aliado incomoda, entonces la credibilidad de toda la Alianza se resquebraja. Y tampoco es algo que empezara hoy, ni con nosotros. Pero es lo que nos duele.
Hoy son Ceuta y Melilla. Ayer Groenlandia. El día anterior, Canadá. Mañana podrá ser cualquier otra frontera, cualquier otro enclave, cualquier otro compromiso que deje de resultar útil a quien tenga más capacidad de presión. Porque lo cierto es que entre el exabrupto groenlandés o el canadiense, y ahora el de Ceuta y Melilla, habrá varias diferencias, pero hay una que es del todo elemental: mientras que los arrebatos imperialistas con Ottawa y Copenhague podían dirimirse entre el abusón y el amedrentado, en lo tocante a España, media un tercero que hace de la relación, ecuación. Porque de lo que se trata es de que Washington anima a Marruecos a jugar duro, le desliza sugerentes maniobras en la zona gris contra España, le muestra cariño a sus pretensiones, y le seduce con la miel del fundo ajeno. Se conduce, por tanto, para que otro se sienta respaldado a tomar lo que no es suyo, en la creencia de que está en el lado correcto de la Historia y, sobre todo, de la realidad.
Ese precedente sería letal.
Además, esta ofensiva verbal coincide, ¡oh, casualidad!, de manera demasiado cómoda con los intereses de Rabat. Reproduce su relato, blanquea su pretensión y desplaza el foco desde el respeto a la soberanía española hacia una supuesta “anomalía” histórica pendiente de corrección. No es un análisis. Es una toma de posición. Y una toma de posición incompatible con la lealtad mínima exigible entre aliados.
Ceuta y Melilla no son un apéndice exótico de la política exterior española ni un residuo histórico discutible que terceros puedan someter a regateo. Son España. Lo son en términos jurídicos, políticos e institucionales. Lo son porque forman parte del Estado. Lo son porque así lo sostiene el ordenamiento español. Y lo son, también, porque sus ciudadanos no viven pendientes de una redefinición identitaria dictada desde Washington, Rabat o cualquier laboratorio ideológico disfrazado de centro de análisis.
Por todo ello conviene hablar claro. Quien sugiera que Ceuta y Melilla pueden negociarse no está lanzando una advertencia: está atacando la posición soberana de España. Quien plantee esa tesis desde un país aliado no está ejerciendo de amigo incómodo, sino de socio desleal. Y quien crea que este tipo de mensajes pueden emitirse sin coste político está midiendo muy mal el alcance de lo que pone en marcha.
España haría mal en sobreactuar, pero haría peor en mirar hacia otro lado. La respuesta no debe ser histérica, pero sí firme, pública y nítida. No hay margen para la ambigüedad cuando lo que se cuestiona es la integridad territorial del país. Ni cabe refugiarse en tecnicismos, ni en silencios prudentes, ni en la vieja tentación de confiar en que el ruido amaine solo, porque no amaina solo. Cuando una idea falsa no se combate, avanza y cuando una amenaza verbal no se contesta, se normaliza. Y así, si un aliado percibe que puede tensar sin respuesta, volverá a hacerlo. Es tan viejo que no habría que volver a explicarlo.
La cuestión, por tanto, es muy sencilla. Ceuta y Melilla no se discuten. No se intercambian. No se someten a negociación entre supuestos amigos. La soberanía española no depende del humor de un congresista, del cálculo de una administración ni de la presión de un tercer país.
Depende de España. Y España merece y exige una respuesta. Pero, por encima de todo, necesita saber que nada de lo anterior está sentando las bases para algo posterior.

Las Columnas de Hércules, con la divisa española, Plus Ultra, son uno de los motivos ornamentales del escudo de Melilla
Redacción
defensayseguridad.es


Un comentario
La expulsión de nuestro territorio del las fuerzas de EEUU no es un revés para Trump, sino para el propio EEUU y sus ciudadanos. Aun los que no sean votantes de Trump verán con enojo la zancadilla a sus militares por parte de países de Europa. En ese contexto no es extraño que echen mano de cualquier debilidad y en nuestro caso, cuando nuestro propio Rey tiene vetado aparecer por Ceuta o Melilla, el punto débil está claro y ahí nos van a dar. Esto sólo acaba de empezar y sería conveniente ir planificando el refuerzo de todos los puntos débiles. Nos va a costar muy cara la pose pacifista de nuestros dirigentes.