La venta del astillero croata coloca a Navantia ante una decisión delicada: mirar hacia otro lado, proteger su socio industrial o convertir una oportunidad limitada en presencia naval de largo recorrido

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Jorge Estévez-Bujez
Hay noticias que, en aras de la oportunidad, aparecen para tensionar notablemente, para apretar opciones de mercado y comprobar quiénes están dispuestos a jugar hasta el final por lograr una victoria contractual que, de repente, añade carga decisoria a los participantes. Hablamos, en este caso, de una venta pública, un precio de partida, un plazo para presentar ofertas, unas condiciones mínimas y un expediente más dentro de la siempre compleja relación entre los Estados y sus industrias estratégicas. Pero hay ocasiones en las que el calendario convierte una operación aparentemente ordinaria en algo bastante más sugerente. La puesta en venta del astillero Uljanik Brodogradnja 1856, en Pula —Croacia—, pertenece a esa categoría.
El dato es conocido desde hoy, a pesar de que en España, hasta el momento, ha pasado desapercibido: el Centro de Reestructuración y Ventas de Croacia ha abierto el procedimiento para recibir ofertas vinculantes por el 97,13% del astillero, con un precio inicial de 11,08 millones de euros, muy por debajo del valor nominal de la participación estatal, estimado en 34,38 millones. La condición principal impuesta al futuro comprador es que la construcción naval siga siendo la actividad central en el dominio marítimo bajo concesión. El plazo para presentar ofertas expira el 18 de agosto de este 2026.

Botadura de la corbeta Almadinah, de la Marina Real saudí, este jueves, día 18, en San Fernando. Imagen del autor
Hasta aquí, la noticia podría leerse en clave estrictamente croata. Un Estado que busca ordenar la propiedad de un astillero histórico para el país; una instalación que necesita estabilidad, carga de trabajo y una propiedad capaz de darle horizonte. Sin embargo, el momento elegido —o, más exactamente, el momento en que el proceso sale a la luz— añade una dimensión distinta. Porque Uljanik no es un actor cualquiera en este asunto. Es uno de los socios con los que Navantia firmó recientemente —a finales de mayo, como informamos debidamente aquí— memorandos de entendimiento para articular una propuesta industrial en torno al programa de nuevas corbetas de la Armada croata, junto a Nortes Blue.
Aquí empieza lo interesante… No hay una decisión española de entrar en el capital de Uljanik, en esencia, porque no ha transcurrido el tiempo necesario para activar ningún resorte al respecto —recordemos que la noticia es de ayer mismo, viernes 19 de junio—. Por tanto, no daremos por hecho lo que no ha sido anunciado, ya que, muy probablemente, es algo que aún no está sobre la mesa de la presidencia de Navantia —ni del Gobierno—; ni convertiremos una hipótesis en algo parecido a una noticia consumada. Por tanto, en aras de la prudencia y de la realidad, a fecha de hoy, Navantia no ha comunicado que vaya a optar a la compra del astillero de Pula. Y, por supuesto, como decía, ni el Gobierno español, la SEPI o la propia compañía han activado una operación de este tipo. Insisto, es pronto incluso para haberlo tratado. Pero sería ingenuo negar que la coincidencia temporal de varios factores a tener muy en cuenta. A saber:
Tenemos, por una parte, los acuerdos industriales de Navantia firmados en mayo con el astillero en venta. Y concurre, cómo no, la oferta francesa —Naval Group— en el mismo concurso, que el jueves día 18 subía la apuesta afirmando que cerraba nuevos acuerdos con empresas croatas para la construcción de las corbetas Gowind.
Abordemos brevemente dichos acuerdos de la compañía naval francesa para lograr una perspectiva más amplia de las estrategias del concurso croata.
Según afirma lidermedia.hr, los entendimientos de Naval Group fueron alcanzados con las compañías locales Inelteh e INDI-Metal, y se suman a los promovidos semanas atrás con otros tantos socios locales. En la misma información de lidermedia, además, se asegura que Naval Group quiere desplazar a Croacia gran parte de la producción de los buques: «El grupo francés sigue un modelo que también se utiliza en otros países, que consiste en la construcción de la mayoría de los buques por socios locales, con el ensamblaje final y el mantenimiento posterior durante toda la vida útil de la embarcación.» Vale recordar aquí que el astillero de referencia galo no ha llegado a acuerdos industriales con el de Uljanik Brodogradnja 1856, en Pula —que es el socio de Navantia y el objeto de venta por parte del Gobierno croata—, sino con el 3. Maj, de Rijeka, en la ciudad del mismo nombre, y que fue adquirido en marzo de este mismo año por el grupo industrial esloveno Iskra Shipyard, por menos de 7 millones de euros.
Con respecto a las instalaciones del 3. Maj, de Rijeka, es justo decir que se encuentran, a priori, en mejores condiciones fabriles y financieras para afrontar la fabricación de partes de buques de carácter militar, al contrario que los de Pula, todavía deficitarios y faltos de inversión para recuperar capacidades y actualizar equipos y personal. En todo caso, Rijeka carece también de experiencia en la construcción de ningún tipo de embarcaciones para la Marina croata, al igual que Pula. Entre otras, esta carencia de experiencia reciente explica por sí sola la dificultad de que las promesas de construcción local de toda una corbeta de nueva generación, o gran parte de los equipos asociados a ella, puedan llevarse a cabo en unos astilleros locales todavía en fases muy tempranas de adiestramiento y preparación para tales manufacturas. El riesgo para el propio programa de corbetas sería considerablemente alto de llevarse a efecto una gran deslocalización de la producción en dichos astilleros locales. Otra cosa es, llegado el momento, y especialmente tras la construcción de la primera unidad de la serie —de 2—, que el astillero ganador, acepte desplazar una parte de la producción a Croacia, previa formación de personal cualificado y tras la participación controlada en los trabajos de construcción de la primera unidad.
Creo que, en todo caso, sería más honesto plantear la colaboración en estos términos, en lugar de afirmar que es posible dar cabida a una gran producción local de los buques en Croacia. Baste recordar que, incluso los astilleros griegos de Salamis, implicados en la producción de las exitosas FDI de Naval Group, aspiraban a tomar parte a entre un 12 y 15% de los trabajos totales de construcción de dichos buques —según palabras del Ministro de Defensa Nacional, Nikos Dendias, en 2024—. Considérese que hablamos de los astilleros Salamis, de todo punto mucho más preparados tecnológicamente para la construcción de embarcaciones militares que sus equivalentes croatas.

Evolución de la 2ª corbeta Avante 2200 para la Marina Real saudí, en el astillero de Navantia, San Fernando. Imagen del autor
Tras todo lo anterior, y teniendo en mente, por qué no, la todavía reciente compra por parte de Navantia de los astilleros británicos Harland & Wolff, que no tuvo otro objeto que salvar —nada menos— el programa de construcción de los grandes buques de apoyo logístico, o FSS, de la Royal Navy, cabe una pregunta legítima: ¿tendría sentido que Navantia estudiara la adquisición, total o parcial, del astillero que acaba de convertirse en pieza relevante de su propuesta industrial para Croacia?
La respuesta no es sencilla. Y precisamente por eso merece plantearse con seriedad, sin más especulación que la obviedad, cual es que el principal actor industrial croata de Navantia, el astillero de Pula, necesita urgentemente ser comprado para lograr de un inversor que lo lleve al siguiente nivel de producción, el que asegure que puede convertirse en un socio fiable en el que delegar la construcción de partes significativas de modernos buques de combate. ¿Es suficiente esa razón para que Navantia —el Estado español, en definitiva— valore esa operación? Veámoslo.
Del memorando al arraigo industrial
Navantia ha construido su candidatura croata sobre varios argumentos claros: una plataforma ya existente, el Avante 2200 / ALFA 3000; una reducción del riesgo técnico y de calendario; una oferta de soporte, formación y ciclo de vida; y, sobre todo, un paquete de cooperación industrial local. En concursos navales de este tipo, la plataforma importa, pero rara vez basta. El cliente quiere barcos, sí, pero también quiere empleo, capacidades propias, transferencia de conocimiento, tejido industrial y una cierta garantía de que el programa no será simplemente una compra exterior con bandera nacional en la popa.
Por eso Uljanik era importante antes de salir a la venta. Y por eso lo es más ahora.
Un memorando de entendimiento permite ordenar voluntades, mostrar compromiso y preparar una arquitectura industrial. En esencia, lo habitual en estos concursos de construcción naval. Pero un memorando no es una propiedad, ni una garantía de continuidad, ni una estructura irreversible. Si el socio local cambia de manos, cambia también el tablero, y el juego pasará a disponer de otras reglas. El futuro comprador puede mantener la línea abierta con Navantia, fortalecerla, renegociarla o desplazarla hacia otra prioridad. En el mejor de los casos, la privatización dotará a Uljanik de músculo financiero y estabilidad. En el peor, introducirá incertidumbre justo donde Navantia necesitaba ofrecer seguridad.
A partir de ahí, la pregunta estratégica emerge sola. Si el astillero es clave para la oferta, y si está en venta por una cantidad relativamente modesta para los parámetros de la construcción naval militar europea, ¿debe Navantia limitarse a observar el proceso o debería, al menos, analizarlo con detenimiento? En Gran Bretaña optó por la segunda opción, para terminar ejecutando la compra.
No hablamos de comprar un solar ni de adquirir una empresa aislada. Hablamos de entrar, eventualmente, en una infraestructura naval situada en el Adriático, dentro de la Unión Europea y la OTAN, vinculada a un programa de defensa concreto y a una posible puerta de acceso industrial a una región donde la competencia naval internacional se mueve con rapidez.
La oportunidad
Desde un punto de vista puramente industrial, la operación tendría atractivos evidentes. Una presencia en Uljanik permitiría a Navantia reforzar su oferta croata con un elemento de enorme valor político: no sólo cooperación, sino compromiso estructural. No sólo participación local, sino permanencia. No sólo “construiremos con ustedes”, sino “apostamos por su astillero, por su empleo y por su base industrial”.

Una de las corbetas saudíes, ya en pruebas de mar. La ofertada a Croacia es muy similar. Foto: Navantia
En un concurso donde todos los competidores tratan de presentar su propuesta como la más respetuosa con la industria croata, un movimiento de esa naturaleza tendría un peso considerable, capital, determinante, si se prefiere. Croacia no compraría únicamente 2 corbetas; podría ver reactivado uno de sus símbolos navales bajo el paraguas de una compañía europea con experiencia en programas complejos, exportación, integración de sistemas y soporte de ciclo de vida.
Además, para Navantia, Pula podría ser algo más que un instrumento coyuntural. Podría convertirse, si se gestionara con inteligencia, en un punto de apoyo en el Adriático y el sudeste europeo, una región que no debe ser contemplada con desdén. La geografía sigue importando. El Mediterráneo ampliado, el Adriático, el acceso a los Balcanes, la presión rusa en el este europeo, la presencia turca, la influencia francesa, italiana, alemana y neerlandesa, y la creciente sensibilidad de los países ribereños hacia sus marinas no son elementos menores.
El astillero de Pula no resolvería por sí solo la posición internacional de Navantia, ni multiplicaría mágicamente sus capacidades, pero podría añadir una pieza interesante a su arquitectura europea. Sería, en cierto modo, pasar de la lógica del contrato a la lógica de la implantación. Más caro, sí, pero acaso más efectivo. Y ese salto, cuando se hace bien, cambia los términos de la conversación.
El riesgo
Ahora bien, toda oportunidad estratégica trae consigo su reverso. Comprar un astillero no es comprar un activo cualquiera; ni tampoco garantiza resultar ganador en el concurso. Es asumir trabajadores, instalaciones, pasivos potenciales, cultura industrial, necesidades de inversión, relaciones laborales, compromisos políticos, concesiones, interlocución local y expectativas públicas. Uljanik no llega a este proceso desde una posición de plena normalidad, sino después de años de dificultades, intentos de venta, intervención estatal y necesidad de reordenación.
El precio de salida puede resultar llamativo, incluso bajo, pero ninguna operación industrial seria se mide sólo por el precio de adquisición. Lo relevante no es pagar 11 millones, sino saber cuánto cuesta realmente convertir el activo en algo útil, competitivo, integrado y sostenible. La pregunta no sería cuánto vale entrar en Uljanik, sino cuánto costaría hacer de Uljanik una pieza fiable dentro de una estrategia naval mayor.
Navantia tampoco es una compañía sin cargas. Tiene programas nacionales exigentes, compromisos internacionales, necesidades de personal, tensiones de calendario y una cartera de oportunidades que exige priorizar. Australia, Reino Unido, Arabia Saudí, Dinamarca, Noruega, la European Patrol Corvette, el programa S-80, los desarrollos digitales y el propio mercado español obligan a medir bien cada paso. Es mucho lo que hay en juego.
Una adquisición en Croacia tendría sentido sólo si respondiera a una estrategia clara, no a una reacción emocional ante una oportunidad barata. Lo barato, en industria pesada, casi nunca es barato si no encaja en una arquitectura de largo plazo con posibilidades de prosperidad.
La dimensión política
También hay una lectura política para Zagreb, pero Croacia tiene asumido que necesita aceptar que un actor extranjero —o quizás local, por qué no—, aunque europeo y aliado, adquiera una posición significativa en uno de sus astilleros históricos. Eso puede ser perfectamente asumible si se presenta como una recuperación industrial, una garantía de empleo y una vía para situar a Pula en programas de defensa de alto valor añadido. Por lo tanto, el riesgo político que bien pudiera despertar reservas cuando una operación así se percibe como una pérdida de control sobre una capacidad sensible, parece descartado.
Navantia, por su parte, tendría que moverse con una delicadeza extraordinaria. No se trataría de “comprar Croacia”, ni de presentar la operación como una demostración de fuerza frente a otros competidores. Sería justo lo contrario: una apuesta de cooperación, respeto industrial y continuidad local. La defensa europea no se construye sólo con discursos sobre autonomía estratégica, sino con acuerdos concretos, plantas abiertas, empleo cualificado y cadenas de suministro compartidas. Pero esas cadenas no pueden nacer de la improvisación. Deben nacer de una convergencia real de intereses.

Navantia «rescató» al astillero Harland & Wolff, y con ellos, a todo el programa FSS de la Royal Navy
La pregunta, en el fondo, no es si Navantia puede permitirse estudiar Uljanik. La pregunta es si puede permitirse ignorar por completo que uno de sus socios industriales en un concurso sensible acaba de salir a la venta. Una vez más, el paralelismo con el caso británico es evidente, salvando las distancias.
Los competidores y la liturgia
Por supuesto, es necesario, además, no perder de vista el contexto. El programa croata de corbetas ha generado una atención considerable. Sin ir más lejos, el jueves pasado, en San Fernando, pudimos tomar el pulso al interés de los medios croatas en las Avante 2200 que Navantia construye para la Marina Real saudí, la misma que el astillero español está ofertando a Croacia. Pero Navantia no está sola en esta puja. Son varias compañías europeas y no europeas que se han movido, han firmado acuerdos, han buscado socios locales y han tratado de proyectar la imagen de que su propuesta es la más madura, la más integrada o la mejor alineada con los intereses de Zagreb. Así funcionan los concursos de defensa. Lo importante es no confundir los movimientos previos con el desenlace.
Hace unas semanas advertíamos precisamente contra la tentación de tocar a victoria antes de tiempo, precisamente en el contexto croata —tiempos incontinentes, en DYS—. En defensa hay una liturgia que siempre es mejor respetar: primero llegan los contactos, después los memorandos, más tarde las propuestas, luego las evaluaciones y, finalmente, si llega, el contrato. Saltarse ese orden suele producir titulares llamativos, pero rara vez buenos análisis.
La venta de Uljanik no altera esa cautela. Al contrario, la refuerza. Si antes era imprudente dar por ganado el concurso a uno u otro actor por la firma de determinados acuerdos locales, ahora lo sería aún más. El tablero croata no se ha cerrado; se ha vuelto más complejo. Y cuando el tablero se vuelve más complejo, la paciencia analítica es una virtud.
¿Debe Navantia comprar Uljanik?
La pregunta admite varias respuestas, pero, por resumir desde lo expuesto hasta ahora y tratar de dar algunas opciones, digamos que, desde una perspectiva maximalista, adquirir Uljanik podría ser una jugada de alto valor: aseguraría presencia local, reforzaría la oferta croata, permitiría convertir un MoU en estructura industrial y dotaría a Navantia de una base adriática con potencial de largo recorrido.
Desde una perspectiva prudente, el movimiento sólo tendría sentido si se cumplen varias condiciones: claridad jurídica sobre la concesión, auditoría completa de activos y pasivos, compromiso del Estado croata, encaje con la estrategia de Navantia, plan de carga de trabajo más allá de las corbetas y una inversión realista para modernizar capacidades.
Desde una perspectiva estrictamente competitiva, bastaría con que el nuevo propietario de Uljanik mantuviera y reforzara el acuerdo con Navantia. No siempre es necesario comprar para controlar el riesgo. A veces basta con estructurar bien los compromisos, asegurar la continuidad del socio y convertir la cooperación en un plan verificable ante el cliente.
La hipótesis de compra, por tanto, no debe plantearse como una necesidad automática, sino como una opción estratégica que merece estudio. Y estudiarla no obliga a ejecutarla. En defensa, muchas veces, la diferencia entre una compañía madura y una compañía impulsiva está precisamente en saber mirar una oportunidad sin dejarse arrastrar por ella.
Una ventana estrecha
El calendario añade presión. Siempre lo hace, y esta máxima se ha convertido ya en una de nuestras frases de apoyo pedagógico en cada uno de nuestros análisis. Porque no puede ser de otra forma. El plazo para presentar ofertas para la adquisición del astillero termina el 18 de agosto. No es mucho tiempo para una decisión de esta naturaleza, aunque sí suficiente para que una empresa con estructura, experiencia internacional y asesoramiento adecuado evalúe si hay algo que mirar.

Astillero de Pula
Si Navantia no se mueve, otro actor lo hará. Y ese actor, sea industrial, financiero o local, puede acabar condicionando la cooperación ya anunciada. Eso no significa que vaya a perjudicarla necesariamente. Puede incluso reforzarla. Pero introduce una variable nueva en un concurso donde la parte industrial es tan importante como la naval.
En ese sentido, Uljanik se ha convertido en algo más que un socio de MoU. Se ha convertido en una incógnita estratégica.
Conclusión: quizás oportunidad, no precipitación
Navantia se encuentra ante una situación singular. Su socio croata en el programa de corbetas está en venta, el precio de partida es bajo en términos relativos, la condición impuesta por el Estado croata preserva, con toda lógica, la construcción naval, y el concurso para la Armada croata sigue abierto. Todo invita a pensar, pero nada autoriza a precipitar conclusiones.
La compra de Uljanik podría ser una operación brillante si responde a una estrategia industrial europea, si fortalece la oferta para Croacia, si garantiza continuidad local y si permite a Navantia consolidar una posición útil en el Adriático. Pero también podría convertirse en una carga si se aborda por reflejo, sin plan suficiente o con una visión demasiado estrecha del concurso.
La buena defensa industrial exige ambición, sí. Pero también exige método, prudencia y sentido de Estado.
En tiempos incontinentes, donde tantos parecen necesitar un vencedor antes de que termine la partida, quizá convenga recordar lo esencial: todavía no hay contrato, todavía no hay adjudicación y todavía no hay dueño nuevo para Uljanik. Lo que sí hay es una ventana. Pequeña, interesante y delicada. Una de esas ventanas que es mejor no cerrar todavía sin mirar muy bien la oportunidad que guarda tras de sí.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

