Europa (parte) teme que Moscú intente poner a prueba a la OTAN antes de que la UE complete su rearme
La posible combinación de una Casa Blanca menos comprometida, una industria europea aún en transición y una Rusia presionada en Ucrania alimenta el debate sobre el riesgo de una escalada limitada, ambigua y realmente difícil de atribuir

Redacción
Según una información publicada por POLITICO Europe, firmada por Zoya Sheftalovich, Nicholas Vinocur y Victor Jack, varios gobiernos europeos temen que Vladímir Putin pueda interpretar los próximos dos años como una ventana de oportunidad para tensionar a la OTAN antes de que Europa haya completado el refuerzo de sus capacidades militares. La tesis no apunta necesariamente a una invasión convencional contra territorio aliado, sino a un escenario más abstracto: una acción limitada, calculada y lo bastante ambigua como para dividir a los aliados sobre la respuesta.

La preocupación parte de una premisa sencilla, cual es que Rusia sigue atada a la guerra en Ucrania, que ha mostrado límites militares evidentes y que paga un coste humano y material elevado. Pero, precisamente por ello, algunos responsables europeos consideran que Moscú podría buscar una salida no mediante la negociación, sino mediante la ampliación del marco de presión sobre Occidente. En palabras de Mika Aaltola, eurodiputado finlandés de centroderecha y miembro de la comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento Europeo: «Algo podría suceder muy pronto; Rusia tiene una oportunidad». Su diagnóstico es severo: «Estados Unidos se está retirando de Europa, las relaciones transatlánticas están en ruinas y la UE aún no está completamente preparada para asumir las responsabilidades por sí sola».
El fondo del debate es el Artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, que establece que un ataque armado contra un aliado será considerado «como un ataque armado contra todos». La cuestión no es sólo jurídica o militar, que también. Es política. Una acción rusa por debajo del umbral de guerra abierta podría estar diseñada para obligar a la Alianza a discutir si debe activar o no su cláusula de defensa colectiva. Ahí estaría el verdadero objetivo: no derrotar militarmente a la OTAN, sino probar su cohesión.
En ese caso, Aaltola plantea que Moscú podría evitar una acción frontal contra zonas donde la OTAN es más fuerte y optar por operaciones difíciles de encajar en los esquemas tradicionales de defensa. Una incursión con drones, una acción en el mar Báltico, una provocación en el Ártico o el uso de buques vinculados a la llamada flota encubierta rusa permitirían a Moscú introducir incertidumbre sin cruzar de forma evidente todos los límites. «Podría tratarse de una operación con drones, una operación en el mar Báltico… Podría ser algo en el Ártico, dirigido a pequeñas islas. Tienen la flota encubierta, que ya está parcialmente militarizada», señaló. Y añadió: «Un ataque con drones no requiere tropas, no requiere cruzar la frontera».
La lógica sería, por tanto, explotar las grietas de la política occidental. Donald Trump ha calificado a la OTAN de «tigre de papel», y su permanencia en la Casa Blanca hasta enero de 2029 introduce, según varias fuentes europeas citadas por POLITICO, un elemento de incertidumbre sobre la solidez del compromiso estadounidense con Europa. El temor no es nuevo, pero se agudiza si Washington reduce su presencia militar en el continente o vincula la defensa aliada al cálculo político interno estadounidense.
El exministro de Exteriores lituano Gabrielius Landsbergis describió ese posible movimiento ruso como una forma de «intensificar la situación horizontalmente contra otro vecino, tratando de evitar una negociación humillante con Ucrania». La frase resume una de las hipótesis más delicadas: que Putin intente ganar margen político no por la vía de una victoria clara en Ucrania, sino abriendo nuevos focos de tensión que obliguen a Europa a dividir recursos, atención y voluntad.
El calendario europeo tampoco ayuda a despejar todas las dudas. La UE ha elevado de forma notable su gasto en defensa desde la invasión rusa a gran escala de Ucrania en 2022, pero el impacto industrial, logístico y operativo de ese esfuerzo tardará años en ser plenamente visible. La propia hoja de ruta europea de preparación para la defensa fija 2030 como horizonte para estar en condiciones de «disuadir de forma creíble a sus adversarios y responder a cualquier agresión». Entre el presente y esa fecha se sitúa la zona gris que inquieta a parte de los gobiernos del norte y del este de Europa.
El finlandés Ville Niinistö, presidente de la Delegación del Parlamento Europeo ante la Comisión de Cooperación Parlamentaria UE-Rusia y exministro en Finlandia, país que comparte 1.340 kilómetros de frontera con Rusia, advirtió de que la escalada podría tener una dimensión psicológica. «Podría tratarse de un pequeño factor psicológico que nos asusta, si Putin siente que ese tipo de escalada nos debilita, nos hace sentir amenazados y reduce el apoyo a Ucrania», afirmó. Su advertencia contiene un matiz importante: «Rusia no es omnipotente». Pero añadió una frase que resume el dilema europeo: «Pero la desesperación también es peligrosa».
La evolución política en Estados Unidos es otro elemento central. El primer ministro polaco, Donald Tusk, afirmó que «la mayor amenaza para la comunidad transatlántica» es «la continua desintegración de nuestra alianza». En varias capitales europeas se teme que una mala evolución electoral para los republicanos pueda empujar a Trump a endurecer su discurso contra la OTAN, Europa y el apoyo a Ucrania. La retirada de 5.000 militares estadounidenses de Alemania, comunicada por Washington, y las amenazas de medidas similares en Italia y España han reforzado esa inquietud.

1er ministro polaco: Donald Tusk
Aaltola interpreta que una Rusia desgastada no es necesariamente una Rusia menos peligrosa. «Expandir el conflicto [en Ucrania] a otros escenarios podría darle a Rusia una baza… la guerra está agotando sus recursos, así que buscan una salida», sostuvo. Y, según su lectura, esa salida «no son las negociaciones de paz, sino la expansión del conflicto». La idea es discutible, pero no marginal: una potencia que no consigue imponer sus objetivos en el campo de batalla puede intentar modificar el tablero político que rodea la guerra.
Ahora bien, Europa no comparte una lectura única, porque muchas son sus perspectivas en función del actor que escojamos. Una parte de los responsables aliados considera improbable que Rusia abra deliberadamente una guerra directa contra la OTAN mientras mantiene un esfuerzo tan costoso en Ucrania. El presidente de Estonia, Alar Karis, expresó esa cautela: «Rusia está muy ocupada en Ucrania». A su juicio, Moscú no dispone ahora de capacidad suficiente para declarar también la guerra a los países bálticos. Esa posición coincide con la de varios altos funcionarios de defensa europeos y con la de diplomáticos de la Alianza citados por POLITICO.
Uno de esos altos diplomáticos de la OTAN fue tajante: «Lo considero sumamente improbable». Y añadió: «La tendencia suicida de Putin tiene sus límites, especialmente cuando no hay una ganancia evidente e inmediata». Otro alto funcionario europeo matizó el diagnóstico: «Es evidente que Rusia se ve inmersa en una confrontación a largo plazo con Occidente». Sin embargo, señaló que la evaluación aliada sigue siendo que la implicación rusa en Ucrania «no representa una amenaza militar a corto plazo para la OTAN». La advertencia final, no obstante, evita cualquier complacencia: «Esto no significa que debamos bajar la guardia, ya que Rusia podría subestimar nuestra unidad y determinación».
El debate, por tanto, no enfrenta a ingenuos contra alarmistas, sino a 2 formas distintas de medir el riesgo. Para unos, insistir demasiado en la amenaza inmediata puede hacer el juego al Kremlin, amplificando su capacidad de intimidación. Para otros, minimizarla puede generar una sensación de seguridad artificial en sociedades que necesitan sostener inversiones de defensa durante años. Aaltola lo expresó de forma directa: una falsa sensación de seguridad «es, de hecho, lo peor que se puede crear en un país democrático». Y explicó por qué: «Necesitamos asignar recursos, y si existe una falsa sensación de seguridad, entonces no se destinan recursos a la defensa».
Ucrania, por su parte, insiste en que Rusia está enviando señales hacia el flanco oriental. El presidente Volodímir Zelenski sugirió en una entrevista que Moscú podría estar preparándose para atacar a «uno de los países bálticos, por ejemplo». El ministro ucraniano de Exteriores, Andrii Sybiha, apuntó en la misma dirección al afirmar que «los rusos están enviando una señal», en referencia a las acusaciones rusas contra los países bálticos por supuestamente permitir el uso de su espacio aéreo por drones ucranianos.
Los dirigentes bálticos, sin embargo, han tratado de contener esa lectura. La prudencia no equivale a confianza. Karis lo resumió con una frase que sirve como conclusión sobria para el conjunto del debate: «Nunca se sabe. Y nadie esperaba la guerra en Ucrania». Después añadió: «Estamos alerta. Estamos preparados. Permanecemos atentos».
La cuestión de fondo es que la disuasión europea atraviesa una fase de transición. La OTAN conserva una superioridad militar clara frente a Rusia en términos agregados, pero la credibilidad no depende sólo de inventarios, brigadas o sistemas antiaéreos. Depende también de la voluntad política, la velocidad de respuesta y la percepción que el adversario tenga de ambas. Si Moscú concluye que Washington duda, que Europa tarda y que la Alianza discute demasiado, podría sentirse tentada a probar los márgenes.
La amenaza más verosímil no es una ofensiva masiva contra la OTAN. Es algo más limitado y, precisamente por eso, más difícil de gestionar: un incidente en el Báltico, una operación con drones, una presión híbrida sobre infraestructuras, una provocación en el Ártico o una acción naval que obligue a los aliados a decidir con rapidez si responden, cómo responden y bajo qué marco político. En esa franja gris se juega buena parte de la seguridad europea de los próximos años.
El problema no es que Rusia sea invencible. No lo es. El problema es que una Rusia dañada, aislada y necesitada de resultados puede asumir riesgos que en otro contexto parecerían irracionales. Para Europa, la respuesta no pasa por el pánico, sino por algo más exigente: preparación militar real, unidad política, apoyo sostenido a Ucrania y claridad en los umbrales de respuesta. La mejor forma de cerrar una ventana de oportunidad es convencer al adversario de que, si intenta cruzarla, no encontrará duda, sino coste.
Redacción
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