Ceuta, Melilla y la peligrosa tentación de convertir la soberanía española en moneda de presión entre Washington, Rabat y Jerusalén

Jorge Estévez-Bujez
Desde luego, tiene todo el aspecto de que, hace ya algún tiempo, estamos inmersos en una suerte de juego de poder, por supuesto bajo cuerda, híbrido, si se prefiere el modernismo, donde los movimientos y las fricciones resultantes se suceden cada vez a mayor velocidad y con más alcance. Las declaraciones escalan por parte de actores insospechados, como las figuras políticas norteamericanas que postularon a favor de Marruecos en las últimas semanas; también aparecen artículos de opinión al otro lado del Mediterráneo, en Israel, que enumeran las posibilidades de presión en favor de Marruecos y las bazas que puede jugar a su favor la monarquía alauita; los datos que contraponen fuerzas y posibles en caso de enfrentamiento; los hipotéticos aliados y respaldos de uno y otro; los argumentos históricos; los coloniales —estos sólo para los que desconocen la historia—… Todo se ha vuelto, de repente, un enorme plantel donde arrojar las semillas de la confusión y la rivalidad con la esperanza de que agarren en terreno fértil, al tiempo que trémulo.
Artículo en Libertad Digital sobre las presiones israelíes y norteamericanas en Ceuta y Melilla
Porque, ya lo decíamos hace unos días, grosso modo: con las cosas del comer, no se juega. Ceuta y Melilla son el pan, el agua, acaso el jamón de nuestra alacena; son un bocado más de la despensa española, sin las cuales no concebimos, no comprendemos, España. No es algo que podamos jugarnos en una partida de mus; ni lo contemplamos. No estamos hablando del Hong Kong de los británicos. Ellos podían abandonarlo sin escrúpulos, nosotros no podemos defenestrar Ceuta, ni desgajar Melilla, porque son un brazo y parte del torso de España, por ejemplificar.

Himars en Marruecos. Foto: US Army
Y quizá sea preciso empezar por ahí, por lo elemental, porque hay días en los que lo elemental parece haberse convertido en una provocación: Ceuta y Melilla no son una hipótesis diplomática, ni una anomalía negociable, ni tampoco una ficha de casino para apaciguar al vecino cuando el vecino se levanta con apetito. Son España. Lo son en términos jurídicos, políticos e institucionales. Lo son porque forman parte del Estado. Lo son porque así lo sostiene el ordenamiento español. Lo son del mismo modo áspero y cotidiano en que lo son Cádiz, León, Cartagena o Badajoz. Con sus problemas, con sus abandonos, con sus facturas pendientes, pero España, al fin. Y España, cuando se toma en serio a sí misma, no se administra por fascículos, ni se explica por variables geográficas inconexas.
La cuestión, por tanto, no es si Rabat desea o no desea Ceuta y Melilla. Eso no constituye novedad alguna. Marruecos ha sostenido históricamente una reclamación sobre ambas ciudades, mientras España las considera con arreglo a la evidencia: parte plena de su territorio nacional. La novedad está en otra parte: en el clima, en la música de fondo, en la aparición de terceros que descubren de pronto las ciudades autónomas como quien descubre una herramienta útil en el cajón de las presiones y el juego sucio.
Ahí es donde las cosas empiezan a dejar de ser hipotéticas para parecer método, sistema.
Las palabras de Mario Díaz-Balart llegaban después de que Michael Rubin reclamara abiertamente que Washington reconociese Ceuta y Melilla como “territorio marroquí ocupado” e incluso deslizara la idea de una nueva “Marcha Verde” sobre ambas ciudades. El juego de estos estrategas de lo ajeno es entusiasta, no hay duda, y atrevido. No hay como saberse poderoso para arrastrar la humildad y la prudencia y escupirlas a la cara de la diplomacia.
Hoy son Ceuta y Melilla. Ayer Groenlandia. El día anterior, Canadá. Mañana podrá ser cualquier otra frontera, cualquier otro enclave, cualquier otro compromiso que deje de resultar útil a quien tenga más capacidad de presión.
Pero en el caso español hay una diferencia elemental. No estamos ante una boutade dirigida sólo contra nuestro país. Aquí media un tercero. Y ese tercero se llama Marruecos.
Porque, insisto en las palabras que vertimos el otro día, de lo que se trata es de que Washington anima a Marruecos a jugar duro, le desliza sugerentes maniobras en la zona gris contra España, le muestra cariño a sus pretensiones, y le seduce con la miel del fundo ajeno. De tal forma se conduce, por tanto, para que otro se sienta respaldado a tomar lo que no es suyo, en la creencia de que está en el lado correcto de la Historia y, sobre todo, de la realidad.

Netanyahu y Sánchez. Yahoo noticias
Ese precedente sería venenoso
A ese coro se suma ahora la prensa israelí, enojada con la posición del Gobierno de España en los últimos años sobre las políticas de Jerusalén, que ha empezado a plantear que Israel podría apoyar diplomáticamente a Marruecos en su pretensión sobre Ceuta y Melilla, aprovechando el deterioro de las relaciones entre Pedro Sánchez, Donald Trump y Benjamín Netanyahu. De nuevo, hagamos un esfuerzo mayor aún por no sobreactuar. Un artículo de opinión no mueve fronteras ni constituye doctrina oficial. Pero tampoco conviene hacerse el muerto. Las campañas de ambiente rara vez empiezan con un carro de combate; empiezan con una tribuna, una frase, una filtración y tres mapas mal puestos en una pantalla.
Después viene el tertuliano, luego el congresista, luego el informe de parte, luego el “habría que estudiar”, luego el “no se puede descartar”, luego el “quizá España debiera ser realista”. Y cuando uno quiere darse cuenta, la soberanía ha pasado de certeza a debate; de lo sagrado, al menú. Ese es exactamente el terreno que España no puede conceder.
Israel ya reconoció en 2023 la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, alineándose con la posición adoptada por Estados Unidos bajo Trump en 2020. España, al menos su actual presidente, también. Para Rabat, aquello no fue una cortesía diplomática más, sino una confirmación de que su relación con Israel podía producir réditos en expedientes muy concretos y delicados. Por ello la hipótesis de un apoyo israelí indirecto a la presión marroquí sobre Ceuta y Melilla no debe interpretarse como fantasía, aunque tampoco como hecho consumado. Debe leerse como lo que es: una posibilidad que ciertos entornos desean normalizar y es ahora cuando, quizás, están empezando a sondear.
La lógica es sencilla y, precisamente por ello, peligrosa. El Gobierno de España reconoce al Estado palestino, critica con dureza a Israel, mantiene choques con Washington por Irán, por el uso de bases, por el gasto en defensa y, en definitiva, por el tono general de la relación. Marruecos, mientras tanto, se presenta como socio útil, fiable, ordenado y agradecido. La conclusión que algunos desean colocar sobre la mesa es obvia. Si Madrid molesta y Rabat sirve, premiemos a Rabat y castiguemos a Madrid. Y si para eso hay que manosear Ceuta y Melilla, se manosean.
Así se fabrican los climas. Así se prepara el terreno, y así, casi sin percibirlo, se cruza de lo impensable a lo discutible, y de lo discutible a lo negociable. No porque haya razón, sino porque hay presión y, al mismo tiempo, laxitud.

Desembarco de Alhucemas. 1925
El término “colonial” tampoco es baladí en todo este asunto, y se lanza sobre Ceuta y Melilla como quien arroja cal viva sobre una conversación. Sirve para cerrar el debate antes de empezarlo, para desarmar al interlocutor. Pero la Historia no cabe en ese eslogan barato; al menos no si quien está frente a esa consigna tiene algunos deberes hechos. Ceuta fue portuguesa antes de incorporarse definitivamente a la Monarquía Hispánica en el siglo XVII; Melilla está vinculada a la Corona de Castilla desde finales del siglo XV. El Estado marroquí contemporáneo es posterior a esos vínculos. No haría falta volver a repetirlo. Comparar esto con Hong Kong, con un tardo-protectorado que mantuvo la discriminación contra sus naturales asiáticos hasta bien entrados los setenta, o con cualquier otro expediente colonial de manual para principiantes, es una forma soez de manifestar no haber leído o, peor aún, no haber entendido nada. La ignorancia histórica, cuando se pone traje diplomático, sigue siendo ignorancia, aunque de bonito.
Ahora bien, no basta con tener razón. España tiene una larga y melancólica tradición de tener razón tarde, tener razón sola o tener razón sin presupuesto para darla a conocer. Porque la Historia no patrulla fronteras, ni repara radares. La Historia no sostiene un puerto ni tampoco impide una campaña de influencia. La Historia no llama a Washington ni se sienta en Bruselas. La razón histórica necesita Estado detrás. Mucho, además, tanto como el que no tenemos —al menos para estos menesteres—.
Sabido es que Ceuta y Melilla no están cubiertas con el mismo paraguas territorial de la OTAN que, por ejemplo, el territorio peninsular español. Pero esa debilidad con respecto a la Alianza no convierte a las ciudades en negociables, aunque sí obliga a España a tomarse mucho más en serio su defensa política, diplomática, militar, económica y social. No basta con confiar en que otros harán por nosotros lo que ni siquiera nosotros parecemos dispuestos a sostener todos los días.
Esto no significa que España esté indefensa. Significa algo más exigente, desnudo: que la defensa de Ceuta y Melilla depende, ante todo, de España, y sólo de España. De su diplomacia, de sus Fuerzas Armadas, de su inteligencia, de su presencia diaria, de su inversión, de su política exterior y de su capacidad para que nadie confunda nunca prudencia con consentimiento. La OTAN puede ser un paraguas formidable, pero ningún paraguas sustituye al techo de la propia casa.
Llegado el caso, nadie con criterio y, al menos, kilo y medio de sentido común, debería pensar sólo en una columna acorazada cruzando la frontera mientras suena una música grave. Lo verosímil, si la presión escala, será más gris y más desagradable: frontera, migración, comercio, puertos, ciberataques, presión diplomática, campañas mediáticas, incidentes calculados, desgaste psicológico y algarabía internacional. Una erosión por capas en toda regla. Una soberanía puesta en duda no por una batalla, sino por 100 empujones, la mayoría de costado, hasta que lleguen los de frente.
Y España, mientras tanto, tiene que decidir si va a tratar Ceuta y Melilla como una prioridad permanente, indubitable, o como una alarma que se activa cuando Rabat carraspea. Porque ese es otro pecado nacional. Se invoca a Ceuta y Melilla cuando hay susto, pero durante demasiados años se las ha administrado como periferia, lastre. No basta con decir que son España; hay que tratarlas como España todos los días del año. Con inversión, conexión, seguridad, actividad económica, presencia institucional, narrativa exterior —e interior— y claridad diplomática. Y la claridad diplomática empieza por algo muy simple, que es decir a Estados Unidos que su relación con Marruecos no puede construirse a costa de un aliado de la OTAN y de un socio europeo. Que si Rabat fue el primer territorio en “reconocer” a los nacientes Estados Unidos, nosotros estábamos derramando sangre por su independencia mucho antes de que ningún navío cruzara la Mar Océana para dar la noticia en Fez. Decir a Israel que su normalización con Rabat no debe convertirse en aval indirecto a reclamaciones sobre territorio español. Decir a Marruecos que la cooperación será más sólida cuanto menos se juegue con fósforos junto al depósito de gasolina. Y decir a Bruselas que la frontera sur de España no es sólo una frontera española cuando llegan pateras o cuando conviene hablar de Frontex, sino también cuando se trata de soberanía, estabilidad y presión exterior.

La presión migratoria es una de las mejores armas de Rabat frente a España. Reuters.
Porque el problema de fondo no es sólo Marruecos. Marruecos hace política de poder, como hacen todos los Estados que se respetan. El problema es España, cuando decide no hacerla. España cuando sustituye la política exterior por gestos morales, la defensa por consignas presupuestarias, la prudencia por el miedo y la diplomacia por ocurrencias. España cuando cree que basta con tener razón para que los demás se comporten con decencia. En política internacional, la decencia sin fuerza es más que susceptible de acabar pidiendo cita en el traumatólogo. Y eso es algo que ninguno de los partidos que alternan el poder en España ha comprendido nunca o, si lo ha hecho, ha preferido conducirse de manera diametralmente opuesta a la lógica de las relaciones internacionales basadas en la irrenunciable razón de Estado, la virtud negociadora y la fuerza para respaldarla.
La derecha española tiene, de ese modo, sus propias incomodidades cuando ejerce el gobierno, y es que, por lo que sea, considera accesoria la política internacional. Es algo que está, que hay que hacer, y hay que nombrar, por tanto, un ministro del ramo y tal. Pero, lo que en el fondo querría es que de todo ello se ocupara la Unión Europea, y no tener que tragar ningún sapo en los ruedos internacionales. En cualquier caso, y por ceñirnos a lo que nos ocupa, es cierto que un sector de la derecha ha construido durante años una identificación casi automática con Israel, a veces más emocional que analítica, y ahora descubre que Israel, como cualquier Estado serio, prioriza sus intereses antes que las simpatías ajenas. Si Rabat le ofrece cooperación, inteligencia, normalización árabe, interlocución regional y utilidad frente a enemigos comunes, Jerusalén no va a frenar por consideración sentimental hacia las tertulias nacionales donde Israel no es vapuleado. Insistamos para aprenderlo mejor: los Estados no tienen amigos de pulsera; tienen intereses, memoria y facturas al cobro.
La izquierda gubernamental tampoco sale mejor parada. Ha querido presentarse como conciencia moral de Europa mientras mantenía una relación ambigua con Marruecos, aceptaba presiones migratorias, cambiaba la posición española sobre el Sáhara y pretendía que todo eso no tuviera coste alguno. Pues bien: el coste aparece. A veces en forma de crisis diplomática. A veces en forma de artículo extranjero. A veces en forma de congresista norteamericano diciendo barbaridades con aire de descubrimiento geográfico.
Da la sensación de que nadie, a izquierda y derecha, goza de la convicción moral y política para afrontar un asunto como el norteafricano con la debida fuerza, sin más prisma ideológico que la indiscutible defensa del territorio nacional más allá de su latitud. Porque con las cosas del comer no se juega, ni se discute. No existe argumento lógico, valorable, ni susceptible de comprensión, que sitúe a Ceuta y Melilla fuera de su naturaleza; esto es, España. Porque son eso: el pan, el agua y el jamón de una España que no puede permitirse el lujo de actuar como si su despensa fuera negociable. No son una nota al pie de África, ni una rareza cartográfica, ni una servidumbre del pasado. Son presente. Son frontera. Son casa.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

