Cuando la guerrilla se vuelve la razón de ser del Estado en Guerra

Del irredentismo contra Napoleón a la adaptación estatal de la guerra asimétrica en el pulso entre Irán, Estados Unidos e Israel

Las variables asimétricas de la guerra entran en juego con multitud de caracterizaciones; la Guerrilla es una de ellas

 

David Cardero Ozarín

La definición oficial de Guerrilla según el diccionario de la RAE es la de “Grupo armado independiente y poco numeroso que acosa al enemigo mediante ataques por sorpresa”. Y sin embargo, pocas innovaciones en el campo de la guerra y el combate han sido más determinantes que la Guerrilla en la historia moderna: este concepto españolísimo (no en vano nacido en el fragor de la guerra de independencia española contra la Grande Armée Napoleónica entre 1808 y 1814) cambiaría para siempre la forma de entender la guerra, hasta el punto que prácticamente todos los idiomas han adaptado este vocablo español en su forma original a su vocabulario. Durante la invasión francesa de España, una fuerza militar técnicamente superior, que no había conocido hasta aquel entonces la derrota en una batalla a campo abierto, se vio asfixiada por la resolución de la población local, que conocía perfectamente el territorio, atacaba la retaguardia enemiga, entorpecía las líneas de suministros con sus acciones de “ataque y fuga”. Esta lucha enfangada contra un enemigo muchas veces etéreo convirtió la campaña hispana en el primer clavo del ataúd que acabaría con Napoleón Bonaparte derrotado en Waterloo y camino al exilio en Santa Elena. La capitulación de Bonaparte, que se empezó a fraguar en España, estableció las reglas básicas de la guerrilla, y cambió para siempre la forma de operar el conflicto bélico:

1- La asunción de la asimetría de medios entre la entidad atacante y la entidad local, que hace que un enfrentamiento convencional, frente a frente, totalmente suicida para la entidad que resiste.

2- La escala utilidad de los medios convencionales para la erradicación de la insurgencia, que cuenta con el apoyo de la población local, conocimiento del terreno y una resolución férrea para defender dicho territorio.

3- El hecho de que no siempre la estricta superioridad militar y técnica garantiza la victoria.

4- La consagración de una regla: siempre que el actor convencional no gana, pierde. Siempre que la insurgencia no pierde, gana.

La guerrilla, acuñada en España y perfeccionada a lo largo y ancho del mundo, desde la lucha de los milicianos partidarios de Castro en Cuba hasta los famosísimos Vietcong de Vietnam hasta los ejemplos más contemporáneos de Hamas en Gaza y los talibán en Afganistán, vuelve la guerra cada vez más un asunto tortuoso y difícil para el ocupante /poder convencional. Ya no es sólo superar a un ejército convencional mediante una potencia de fuego demoledora, es pacificación. Cesar los disparos. Construir la paz. Paradójicamente, esa lucha de guerrilla, que intenta atacar los puntos débiles del rival y evitar los puntos fuertes, estaba diseñada en principio para actores no estatales. Y de hecho, casaba bastante bien con el escenario global post-11 s, en el que se suponía que la guerra entre estados era un recuerdo lejano, y todos los esfuerzos bélicos y de defensa se dedicaban a la Guerra contra el terror, conflictos asimétricos contra milicias escurridizas perfectamente adaptadas a la guerra de guerrillas. Pero, ¿Y si esa lógica de guerrilla ya no fuese exclusiva de esas milicias? ¿Y si ese concepto hubiese evolucionado de forma cualitativa a los conflictos que asolan esta candente década de los 2020?

Repasemos el concepto claro: en la guerrilla, para que el resistente gane, no debe ser totalmente derrotado por el agresor. El agresor debe aniquilar por completo al resistente. Todo lo que no sea victoria para el agresor es una derrota. Todo lo que no sea la derrota para el guerrillero, se convierte eventualmente en victoria. Las nuevas armas del siglo XXI parecen en sintonía con esta lógica de guerrilla: por todos es conocido el sistema de armas antitanque Javelin. Un bazooka portátil cuyo coste aproximado es de 200.000€, que en manos de un soldado habilidoso, puede destruir un moderno tanque de guerra, cuyo precio puede superar los 28.000.000€. O el tristemente famoso dron kamikaze Shahed 132, de fabricación iraní, cuyo coste unitario es de aproximadamente 40.000…para cuya principal defensa se despliegan los costosos y complejos misiles Patriot.

La escala entre interceptores e interceptados no es un balance sostenible en el tiempo sin una evaluación de los primeros que permita la resiliencia eficaz y duradera

 

La normalización del dron en la guerra moderna estandariza la asimetría de costes y refuerza ese carácter “guerrillero” del arma: barata, relativamente simple, fácilmente sustituible, producible rápidamente en masa…y terror de sistemas de armas más sofisticados que normalmente sólo cuentan en su arsenal los Ejércitos. Un medio barato y eficaz para resistir y golpear de forma letal a un contendiente a priori más avanzado y más capaz, pero cuya tolerancia (entendida en costes económicos por la guerra y pérdidas humanas) al conflicto es significativamente menor. La guerra en 2026, de esta forma, evoluciona de aquel heroico contexto de los milicianos españoles de la guerra de independencia: si bien el rol del poder convencional del atacante no varía, un Estado puede aplicar la lógica del guerrillero a gran escala, y hacer suyas las virtudes de la guerra asimétrica, la explotación de las vulnerabilidades del rival y el uso del tiempo y de los costes del conflicto a su favor. El estudio de caso más evidente es el del actual conflicto entre Irán y la coalición entre Estados Unidos e Israel. En este conflicto, las fuerzas convencionales serían evidentemente los ejércitos de Washington y Tel Aviv, mientras que Teherán jugaría el rol de resistente.

En vistas a la escasa planificación estratégica de las operaciones militares en Irán, con declaraciones a menudo contradictorias en la leadership estadounidense, es coherente pensar en una situación empantanada para los objetivos de Washington en esta operación. No es tanto el hecho de ganar la guerra, sino de construir la paz, a poder ser, con un cambio de liderazgo iraní más favorable y benéfico para los intereses de Estados Unidos e Israel en la región. Y precisamente en la complejidad de este hecho, la escasa planificación, siempre perjudica al actor atacante y abre la ventana de oportunidad al resistente. Las declaraciones del presidente de Irán, Masus Pezeshkian, el pasado 11 de Marzo, en las cuales establecía que “La única forma de poner fin a esta guerra, desencadenada por el régimen sionista y Estados Unidos, es reconocer los derechos legítimos de Irán, el pago de indemnizaciones y garantías internacionales firmes contra futuras agresiones” casan perfectamente con esta lógica de “Guerrillificación” del Estado. Irán sabe que sólo una derrota aplastante les impide la victoria. Que cada día que resiste y que el régimen pervive es una jornada más costosa en vidas, medios económicos y militares para Estados Unidos e Israel. Que cada baja americana “pesa más” que aquellas que le infringen los atacantes israelo-estadounidenses. Que cada día de asfixia al estrecho de Hormuz duele sobremanera a los intereses económicos de Washington. Ese miedo al guerrillero, al actor del cual se desconoce sus capacidades militares reales y su carácter impredecible (hoy es el ataque a los puertos de las ricas capitales del Golfo Pérsico, mañana un ataque con misiles al complejo nuclear de Dimona en Israel, pasado el posible uso de buques fantasma iraníes para acercar drones kamikazes a la Costa Oeste…) perdura.

El investigador italiano y presidente del comité científico del think-tank transalpino ISPI Italian Institute for International Political Studies, lanzó una magnífica alegoría bíblica sobre este conflicto: En este conflicto, tanto Israel como Estados Unidos simbolizan al poderoso Goliat, e Irán al a priori más débil pero habilidoso David. Si bien el Goliat israelí-americano tiene unas capacidades militares fuera de toda duda, Irán cuenta con 3 “hondas” en su haber que no conviene subestimar: El arma de la geografía: La variada geografía del país persa, guarnecida por los montes Zagros y los Montes Elbruz y los desiertos de Kavir y Lut favorecen el traslado y escondite de los armamentos del régimen, así como elementos clave de la leadership gubernamental. Si bien es cierto que la capacidad iraní se ha visto debilitada, es imposible, incluso con los sofisticados medios de espionaje satelital, geolocalizar todos los depósitos de armas y recursos de ataque. (Israel no consiguió desarticular por completo, después de 2 años de ofensiva total, a la milicia de Hamás, un adversario mucho más débil que la República Islámica en la Franja de Gaza, en un territorio infinitamente más pequeño que el teatro de operaciones iraní, 5000 veces mayor)

La magnitud de la amenaza y la respuesta de las defensas superan, con mucho, las capacidades de reposición actuales

El “Talón de Aquiles” de Hormuz: Los 30 kilómetros de anchura del estrecho de Hormuz, uno de los cuellos de botella- choke point más estratégicos de la navegación mundial, son fácilmente controlables por el régimen de Irán, que sabe que mantener un férreo control de dichas aguas permite el ahogamiento económico de las monarquías del golfo pérsico aliadas de Washington, y desencadenar una enorme tensión en las cadenas de suministro y aprovisionamiento globales, hasta el punto de poder generar una tremenda inflación a nivel global y la consiguiente crisis económica.

El Know-how de los drones: La industria de guerra contemporánea iraní tiene como grandes orgullos su producción de misiles balísticos y los drones kamikaze, el ya mencionado anteriormente Shahed. Testados por su aliado ruso en los ya 4 años de guerra sangrienta en Ucrania, los Shahed se han vuelto una piedra angular de la “estrategia del caos” de Teherán, jugando perfectamente con la asimetría de costes y el relativamente sencillo proceso de fabricación y ensamblado, que permite sobrecargar las defensas aéreas del rival y ejecutar graves daños a las infraestructuras y a los sistemas de armas del rival.

Cerrando este artículo, Napoleón asumió en sus memorias que el gran error que cometió fue iniciar la campaña española, en la cual la guerrilla terminó sangrando y desgastando su Ejército y minando sus recursos…casi un mes después del inicio de las hostilidades, Teherán, aún maltrecho y debilitado, resiste, mientras Washington inicia a enfangarse en una “operación de combate” con muchos tintes a guerra mal planificada estratégicamente desde el inicio… ¿Será el principio del fin para Trump?

David Cardero Ozarín

defensayseguridad.es

 

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