Doce años son demasiados para cualquier capacidad militar. Y más todavía cuando hablamos de inteligencia


Sebastián Hidalgo ![]()
Desde que aquel Boeing 707 conocido como “La Reina del Espectro” realizó su último vuelo, en julio de 2014, España ha tenido pendiente la recuperación de una plataforma aérea específica para inteligencia de señales. Durante todo este tiempo la necesidad ha seguido ahí, aunque el avión ya no estuviera.
Ahora, por fin, hay una novedad concreta: el Ejército del Aire y del Espacio ha elegido el Airbus A321 como base para sus futuros aviones SIGINT, dentro del Programa Santiago II. La intención es disponer de tres aeronaves, con una inversión global prevista de 436 millones de euros.
España llevaba demasiado tiempo con este hueco sin cubrir.
La guerra electrónica y la inteligencia de señales han dejado de ser capacidades complementarias. Lo que ocurre en el espectro electromagnético condiciona cada vez más las operaciones militares. Comunicaciones, radares, navegación o sistemas de mando dejan una huella que puede ser detectada y analizada. Tener la capacidad de hacerlo desde el aire permite obtener una visión que difícilmente puede ofrecer una plataforma terrestre o naval.
Por eso recuperar un avión SIGINT no consiste simplemente en sustituir un Boeing 707 por un Airbus moderno. El verdadero valor estará en todo lo que se coloque dentro de ese A321 y en la capacidad de convertir las señales captadas en inteligencia útil.
También me parece importante que el proyecto no se limite a adquirir una plataforma ya hecha. Airbus e Indra participan en la fase de definición y uno de los objetivos del programa es mantener en España conocimiento, capacidad tecnológica e integración de un sistema especialmente sensible.
Y mientras España intenta cerrar esta brecha, el entorno tampoco se ha quedado de brazos cruzados. Francia ya ha puesto en vuelo su programa Archange e Italia ha contratado aeronaves especializadas en guerra electrónica. Marruecos, por su parte, también está mostrando interés en aumentar sus capacidades de inteligencia y vigilancia. No hace falta hablar de una carrera para entender el mensaje: la inteligencia electrónica está ganando peso y los países de nuestro entorno lo saben.
Por eso la elección del A321 es una buena noticia, pero también debería servir para hacerse una pregunta incómoda: ¿por qué hemos tardado tanto?
No se trata de lamentarnos ahora, sino de no repetirlo. El programa todavía tiene por delante la fase de desarrollo, integración y entrada en servicio. Queda tiempo y, seguramente, muchas decisiones por tomar.
Pero al menos esta vez hay algo que durante años no hubo, un camino definido.
Después de doce años sin una plataforma aérea dedicada a esta misión, España vuelve a poner el oído donde probablemente más falta hace. Ahora toca asegurarse de que esta vez el proyecto llegue hasta el final.
Sebastián Hidalgo
DYS

