Canadá: menos F-35, y meter al Gripen en la ecuación

Una flota mixta, una señal de desconfianza: Ottawa se aleja de la dependencia estratégica absoluta

Sobre la información de John Ivison, National Post (28 de enero de 2026)

«Cuando las reglas ya no te protegen, debes protegerte a ti mismo». Con esta frase, pronunciada por Mark Carney en Davos, se deslizó —entre líneas, pero cortante— la idea de que Canadá podría estar girando el timón en su programa de caza polivalente. El periodista John Ivison lo exponía hace unos días, con claridad y cabreo, en su artículo del National Post (Canadá): todas las señales indican que Ottawa comprará menos de la mitad de los F-35 que prometió y, en consonancia, considera seriamente al Gripen sueco como alternativa, tal y como se rumorea desde hace meses, especialmente desde la tentadora oferta sueca de colaboración con Ottawa en el desarrollo y fabricación del caza escandinavo.

Según Ivison, no se trata de una posibilidad remota, sino de una opción sopesada y válida: «Fuentes informaron al National Post que la mitad de la flota de cazas que Canadá adquiera (en términos de valor) podría ser sueca». Así, de los 88 F-35A anunciados con entusiasmo por el gobierno de Trudeau en 2022 —tras una histórica marcha atrás de su cancelación en 2015— podrían acabar siendo unos 40 aviones estadounidenses complementados con hasta 80 Gripen fabricados en Quebec.

La reacción de Washington ha sido previsible, inserta en un estilo trumpiano que ya se nos hace familiar. El embajador estadounidense, Pete Hoekstra, abandonó toda cortesía diplomática, a juicio de Ivison y de cualquiera que lo escuchara, para lanzar una amenaza apenas velada: «El NORAD tendría que ser modificado y Estados Unidos tendría que volar más F-35 en el espacio aéreo canadiense», declaró a la CBC. Una advertencia que, más que tranquilizar, huele a ultimátum, y confirma que el F-35 no sólo es una herramienta militar, sino una extensión de la política exterior de los Estados Unidos; otra más (aranceles, amenaza de anexiones…).

El argumento del embajador se amparaba en una verdad técnica insoslayable: el F-35 superó ampliamente al Gripen en la evaluación militar del Departamento de Defensa Nacional canadiense. Es un sistema de combate de quinta generación, con una interoperabilidad inigualable dentro del marco OTAN y una capacidad de sigilo que el Gripen ni se plantea imitar. Todo ello es cierto. Pero, como bien se plantea en el artículo: ¿de qué sirve una capacidad superior si su uso depende de un aliado que ha demostrado ser poco confiable?

Carney lo explicó en términos económicos, en otro día, en Davos, pero con implicaciones profundamente militares: duplicar el gasto en defensa debe fortalecer las industrias nacionales. Saab y Bombardier prometen miles de empleos y una inversión inicial de 100 millones de dólares en Quebec. El Gripen, además de su menor coste, tiene sus ventajas: puede operar desde pistas cortas, tiene un mantenimiento más ágil y ofrece algo que el F-35 no puede garantizar (tampoco lo pretende): autonomía industrial y política, además de un socio que no se conduce con amenazas.

El escenario de una flota mixta donde el F-35 opere con otros cazas no es novedoso. Ahí están Gran Bretaña, con sus Eurofighter y F-35, y Alemania, que operará más de un centenar de Eurofighter junto a 35 F-35 comprometidos (quizá más). Diversificar plataformas, si bien complica la logística, aumenta la fortaleza del sistema de defensa nacional y ofrece opciones, alternativas en función del teatro de operaciones y de la misión. Y en este contexto, la reflexión más incómoda que lanza Ivison es que: «Por improbable que parezca ese escenario, el hecho de que ya no sea impensable sugiere que es hora de buscar nuevos amigos». Se refiere, ni más ni menos, a esos modelos militares difundidos semanas atrás que contemplan una hipotética invasión estadounidense. No como predicción, sino como síntoma de una desconfianza que ha pasado de la periferia al centro de la planificación, y sin la que ya nadie puede montar planes ni estrategias generales de defensa, porque no tendría sentido obviar palabras tan gruesas como las de la Administración Trump en lo que a la integridad territorial de ciertos aliados se refiere.

Por tanto, no se trata de si el Gripen es mejor que el F-35, que no lo es. La cuestión es qué clase de soberanía quiere mantener Ottawa. Una fuerza aérea que pueda operar sin pedir permiso para actualizar su software o reemplazar componentes. Un sistema de defensa que no dependa del humor del embajador de turno.

Como se reconoce en el propio artículo, cancelar el acuerdo del F-35 no es viable. Ya se han comprado 16 unidades, y los primeros 8 estarán este año en Arizona para entrenamiento y pruebas de todo tipo. Pero el mensaje ya se ha lanzado: Canadá quiere algo más que cazas. Quiere decidir por sí misma cómo y con quién defiende su cielo.

Y éso, hoy, pasa por mirar a Suecia.

 

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

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