El South China Morning Post interpreta el conflicto de Irán en clave taiwanesa

Jorge Estévez-Bujez
Resultaba difícil pasar por alto el artículo del South China Morning Post publicado ayer. Una suerte de exégesis no pedida, graciosamente ofrecida por el oficialismo chino de corte descafeinado, pero oficialista al cabo, a los montaraces taiwaneses. En el texto, con un no del todo conseguido estilo balanceado, el potencial agresor en ciernes, China (o al menos el ecosistema político y mediático que gravita en torno a él), se tomaba la libertad de desglosar a Taiwán qué debería aprender de una guerra ajena para prepararse ante un conflicto propio. La escena, cómo no, tiene su ironía. Así, Pekín, que considera a Taiwán parte, la China continental, y lo hace sin haber renunciado al uso de la fuerza para conseguir que así sea, ofrece sus servicios de interpretación y análisis desde una de sus cabeceras y plantea, con toda naturalidad, qué lecciones tendría que extraer Taipéi de la capacidad de resistencia de Irán para, llegado el momento, actuar en consecuencia.
No deja de ser una forma bastante depurada de tutela: explicarle al otro, con aparente frialdad analítica, cómo podría resistir mejor cuando llegue el día de tener que enfrentarse a ti. Hay en ello una mezcla singular de advertencia, superioridad y normalización del conflicto. Como si el problema ya no fuera la amenaza en sí, sino que el amenazado tome nota con suficiente diligencia.

El artículo de Lawrence Chung formula la pregunta de manera directa: si las defensas aéreas de la isla quedaran degradadas en las primeras fases de un choque con China continental, ¿podría Taiwán seguir combatiendo? La pregunta es legítima, claro. ¿por qué no habría de serlo? Lo llamativo es el quien cuestiona. Porque, seamos honestos, no se trata sólo de analizar la guerra de Irán, sino de hacerlo desde una lógica en la que Taiwán aparece como objeto de estudio casi clínico: un territorio cuya capacidad de aguante se mide, se descompone y se discute desde fuera mientras se da por sentado el escenario de presión militar que tendría delante.
El aguante de las defensas
La pieza recoge una idea que resume bien la naturaleza del problema. Y, para barnizarla de seriedad analítica, se adjuntan declaraciones de personalidades a ambos lados del Estrecho de Taiwán. “La verdadera prueba no consiste en si puedes interceptar el ataque el primer día, sino en qué día empiezas a fallar”, dice Max Lo, director ejecutivo de la Sociedad Internacional de Estudios Estratégicos de Taiwán en Taipéi. Es una frase certera, y también devastadora, porque fija la atención del éxito inicial a la degradación progresiva. Ya no se habla de invulnerabilidad, sino de cuándo empieza el descenso.
Esa observación encaja con otra de las conclusiones que el artículo atribuye a la experiencia iraní: las defensas aéreas modernas no suelen colapsar de inmediato; se erosionan con el tiempo. Y, en ese natural desgaste defensivo, aparece el debate sobre el costo-eficacia de los normalmente caros sistemas usados en la defensa aérea contra la panoplia low cost (no sólo) del atacante. Lo señala el citado cuando afirma que las defensas de alta tecnología pueden resultar eficaces, pero también “insostenibles”. El texto menciona el uso de sistemas como Patriot PAC-3 y THAAD frente a ataques iraníes y apunta a un “desequilibrio estructural entre las armas ofensivas baratas y los costosos sistemas defensivos”.
Esa aritmética del desgaste no es una abstracción. Según el South China Morning Post, Taiwán afronta un problema quizá más severo: “A diferencia de Israel o Estados Unidos, Taiwán carece de profundidad estratégica y se encuentra al alcance de las fuerzas de misiles, cohetes y drones del Ejército Popular de Liberación”. No hay, ciertamente, demasiada retórica posible frente a eso. La isla tiene menos espacio, es cierto; menos margen y menos capacidad para absorber golpes prolongados sin que el sistema entero empiece a resentirse.
Por eso el artículo insiste en que la cuestión no es únicamente cuántos interceptores puede lanzar Taiwán, sino si su sistema seguiría funcionando cuando empiecen a caer radares, nodos de mando y lanzadores. Lo explica también Zivon Wang, analista militar del Consejo Chino de Estudios Políticos Avanzados en Taipéi: “Si el radar, los nodos de mando y los lanzadores son móviles y están ocultos, el defensor puede seguir combatiendo. De lo contrario, el sistema puede colapsar rápidamente”. La clave, por tanto, no sería tanto resistir intacto como seguir operando dañado.
El Ministerio de Defensa taiwanés, según el artículo, parece haber asumido al menos una parte de esa realidad. En un informe presentado a los legisladores, admitió que los interceptores caros, por sí solos, no bastarían para responder a ataques a gran escala, e insistió en la necesidad de sistemas de bajo coste para hacer frente a ataques masivos de cohetes de largo alcance y drones. Bajo el concepto de “Escudo de Taiwán” o “Cúpula T”, impulsado por William Lai Ching-te, Taipéi estaría tratando de construir una red escalonada con sistemas Patriot, Nasams, Tien-Kung, nuevos radares, vigilancia y gestión del campo de batalla.
Así, el debate se traslada a un escenario probable de uso intensivo de ataques a gran escala donde se hace vital no gastar misiles de altísimo valor en cualquier amenaza que aparezca en pantalla y reforzar, en paralelo, medidas asequibles, como señuelos, interferencia de navegación por satélite, guerra electrónica e interceptores de menor precio. También se menciona la extrarodinaria aceleración de capacidades antidron, ante la posibilidad de que el Ejército Popular de Liberación emplee grandes volúmenes de sistemas no tripulados baratos para saturar la defensa.
La contabilidad del agotamiento
El fondo de todo esto lo resume bien el llamado “dilema del intercambio de costes”. El artículo cita a Holmes Liao, que en la revista estadounidense National Defence advierte que “el enfoque actual de Taiwán todavía se basa en gran medida en la parte más costosa de la cadena de ataque: la interceptación terminal”. Y añade una frase que vale para casi cualquier escenario actual o futuro: “Si Taiwán tiene que disparar rutinariamente interceptores de un millón de dólares contra objetivos que cuestan una fracción de eso, o bien se quedará sin misiles o se verá obligado a aceptar fugas”.

En todo caso, la aparición de medios de ataque masivos, baratos, rápidamente reemplazables, fabricados a cualquier escala por empresas con, incluso, una modesta base tecnológica, ha soliviantado la placentera parsimonia doctrinal en que vivíamos. Los últimos conflictos han venido para revolucionar el anterior dogma teórico defensivo, y hemos pasado de la exhibición tecnológica de un puñado de grandes y caros misiles, a la simple contabilidad del agotamiento. Ya no se trata de quién tiene mejores sistemas sobre el papel, sino de quién puede permitirse mantener el ritmo durante más tiempo sin romperse antes por coste, volumen o reposición.
También resulta significativo que esa preocupación aparezca en voces políticas distintas. Wang Ting-yu, del gobernante Partido Democrático Progresista, sostiene que las defensas taiwanesas de gran y media altitud son relativamente fuertes, pero insuficientes frente a cohetes de largo alcance, y reclama acelerar un interceptor de bajo coste. Chen Yeong-kang, del Kuomintang, recuerda a su vez que incluso sistemas avanzados como la Cúpula de Hierro tienen límites, y lo resume con una frase elemental; poco profunda, pero obvia: “Por muchos misiles que tengas, pueden agotarse”.
El artículo remata toda esa línea de pensamiento que ha venido hilvanando con otra idea, también del lado «bueno» del Estrecho. Shu Hsiao-huang, investigadora del Instituto de Investigación para la Defensa y la Seguridad Nacional, sostiene que el objetivo no debe ser sólo interceptar amenazas, sino “desmantelar el sistema del atacante”, lo que implica, necesariamente, más inversión en inteligencia, vigilancia y reconocimiento, incluidos sensores espaciales y aéreos, para localizar y atacar nodos de mando, sistemas de lanzamiento y redes logísticas del EPL. Ya no se trataría únicamente de cubrirse, sino de interrumpir la arquitectura que hace posible el ataque. Lo que se resume en más costes, más esfuerzo, más tecnología para, no sólo defender la Isla, sino contraatacar para aliviar la presión sobre ella.
Hasta ahí, el texto del South China Morning Post ofrece una lectura que puede resultar útil sobre las limitaciones de la defensa aérea moderna y sobre los problemas muy concretos que tendría Taiwán en una guerra de saturación. El artículo juega con la apariencia ecuánime, amable, de un medio hongkonés, es decir, no tan pretendidamente oficialista como las cabeceras de Pekín, pero casi. Alineado, pero no alienado. El caso es que, a pesar de todo, sigue flotando la ironía inicial. Que sea desde un medio chino desde donde se organice este debate sobre cómo Taiwán debería aprender a resistir a China tiene algo de escena invertida, casi de pedagogía perversa. El maestro no enseña a evitar la guerra; enseña a soportarla mejor. Es de agradecer…
En realidad, bajo la apariencia de análisis técnico, lo que se normaliza es otra cosa: la idea de que el choque es valorable, medible e incluso administrable, siempre que Taipéi ajuste doctrina, compras y despliegues. La anomalía ya no sería la amenaza; la anomalía sería no adaptarse a ella con suficiente rapidez.
Quizá por eso, la frase final del artículo, nuevamente en boca de Max Lo, suena otra vez elemental, como la de que los misiles pueden agotarse: “La defensa aérea podría no resistir indefinidamente”. Lo cierto es que no hay defensa sobre la faz de la Tierra que pueda tal cosa, por lo que, en realidad, ésa es la única certeza de todo el texto. Y así, obviedad tras obviedad, podemos colegir que el SCMP saca sus propias conclusiones, graciosamente cedidas a Taiwán, La primera es que no es fácil resistir indefinidamente; y la segunda es una cuestión: ¿cuánto tarda en degradarse una defensa aérea, qué partes del sistema sobreviven y qué capacidad de respuesta queda después?
Que el potencial agresor participe en ese debate casi como si estuviera prestando un servicio de consultoría al amenazado es la ironía de todo esto. Pekín aprieta, observa y, al mismo tiempo, parece ofrecer la guía de uso del apretón.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

