Trump: «Tendré el honor de tomar Cuba»

Trump, Cuba y la tentación de rehacer 1898

 

Jorge Estévez-Bujez

 

Hay artículos que cuentan una noticia y artículos que, además, retratan un cambio de época. El publicado anoche mismo por ABC, con firma de Javier Ansorena, pertenece a esta segunda categoría. No sólo por el calibre de la frase atribuida a Donald Trump —esa afirmación según la cual tendrá “el honor de tomar Cuba”—, sino por todo lo que arrastra detrás: una visión del poder estadounidense, una determinada idea de la soberanía ajena, una forma de entender el Caribe como patio de maniobra y, sobre todo, una advertencia al Partido Comunista cubano sobre el porvenir inmediato de la isla, en el que sus próceres, muy probablemente, ya no dispondrán de las riendas de la Isla.

Lea el artículo de Ansorena en ABC, aquí

No estamos ante una excentricidad verbal cualquiera. No se trata sólo del estilo bronco, exhibicionista y a menudo grosero del presidente estadounidense, que también. Lo verdaderamente trascendente es que el lenguaje empleado remite a una lógica histórica muy concreta: la de la tutela, la de la apropiación, la de la subordinación del vecino a la voluntad del hegemón. Cuando Trump habla de “tomar Cuba”, y cuando además se permite añadir que podría hacerlo “de alguna manera”, ya sea liberándola o apoderándose de ella, no está produciendo únicamente un titular formidable. Está dejando al descubierto, hay que decirlo más allá de las coincidencias o divergencias con el presidente, una mentalidad imperial sin demasiado interés en disfrazarse. Y éso, dicho en 2026, tiene un peso enorme.

Únicamente a titulares, se hace difícil encontrar una sola administración presidencial estadounidense que haya dejado más y mejor material periodístico, ni de mayor trascendencia internacional. Es casi imposible sostener el ritmo ni valorar el alcance histórico en toda su magnitud. Años vendrán para que los «scholars» afloren sus propios trabajos e inunden Linkedin con sus apreciaciones. Ahora toca lo que toca, que es dar forma y tiempo a la ametralladora de noticias en que el inquilino de la Casa Blanca ha convertido cualesquiera de sus comparecencias.

La frase «tener el honor de tomar Cuba» resume bien el vértigo del momento. Como más arriba decía, la actual presidencia de Trump ha convertido el titular desmesurado en rutina, y la rutina en un mecanismo de anestésico que ayuda a disimular los anteriores (titulares), aunque apenas disten un puñado de horas unos de otros. El lector corre el riesgo de acostumbrarse a lo que no debería normalizar jamás. Pero hay frases que se resisten a esa domesticación. Hablar de “tomar Cuba” no pertenece al repertorio ordinario de ninguna potencia, menos aún, creíamos, en el contexto de un orden internacional basado en reglas. Aunque, en honor a la verdad, hay que decir que hace poco despertamos del sueño de un orden que ya no existe.

Volviendo al trabajo que nos ocupa, el texto de ABC y de Javier Ansorena tiene un valor que va más allá de la crónica. Lo que recoge no es sólo una declaración llamativa en el Despacho Oval. Es un documento político. Un indicio muy serio de por dónde puede discurrir la siguiente fase de la relación entre Washington y La Habana si la presión económica, el colapso energético y la descomposición interna del régimen siguen avanzando al mismo tiempo; que todo indica que lo harán.

Porque el artículo subraya algo decisivo: las palabras de Trump no flotan en el vacío. Llegan en medio de un apagón total, de protestas ciudadanas, de desabastecimiento energético y de una presión estadounidense que ha cortado o condicionado los suministros de crudo que sostenían a la isla. Es decir, no estamos ante un comentario abstracto sobre una posibilidad remota. Estamos ante una declaración enmarcada en una política de asfixia, en una coyuntura de debilidad extrema del adversario y en una secuencia de avisos previos: “toma amistosa”, luego “amistosa o no amistosa”, y finalmente la afirmación desnuda de que algo va a ocurrir con Cuba “bastante rápido”.

Las palabras importan más cuando van escoltadas por hechos. Y en este caso van escoltadas por sanción, coerción, estrangulamiento energético y colapso social a partes iguales. La cosecha está lista.

La cuestión de fondo no es únicamente qué pretende Trump, porque quizá ni siquiera él haya decidido aún el formato exacto de su siguiente movimiento, aunque muy probablemente sí. La cuestión importante es que estamos en la antesala del fin de otro régimen. Y aquí comparece la Historia. No como ornato, sino como advertencia. Que los del Oval la tengan, o no, en cuenta, ya es otra cuestión que, como tantas, se nos escapa.

No puedo sustraerme al hecho de que casi cualquier noticia de entidad sobresaliente relacionada con la antigua provincia española despierta el natural interés histórico emocional en mí; máxime cuando gozan de tan marcado jaez histórico.

En 1898, España perdió Cuba a manos de Washington en una guerra breve y devastadora para su posición internacional. Aquel episodio no fue sólo el fin traumático de una ancestral presencia americana. Fue también el inicio del tiempo estadounidense en el Caribe, la certificación de que la Isla dejaba de formar parte del ser de España para entrar en un espacio de influencia controlado de hecho por Washington. La independencia cubana quedó pronto intervenida, condicionada y limitada por la voluntad del nuevo poder tutelar. El resultado del traslado material de la Nota Onley a la Enmienda Platt no fue una nota al pie: fue la arquitectura de una soberanía vigilada desde principios del siglo XX para Cuba.

Díaz Canel, actual presidente cubano

Por eso, 128 años después, el lenguaje de Trump golpea con una resonancia histórica particularmente áspera. Para España, aquella primera “toma” fue una humillación nacional y un trauma político. Para Cuba, significó el paso de una pertenencia antigua a una dependencia nueva, envuelta además en promesas de liberación. Que hoy el presidente de Estados Unidos vuelva a hablar en términos de apropiación, tutela o control no es, por tanto, una extravagancia sin antecedentes. Es la reaparición de un viejo reflejo imperial (vestido de anti-imperialismo en su día -Doctrina Monroe-), apenas actualizado en el lenguaje de la política-espectáculo.

Pero sería un error leer esta escena sólo desde la memoria española o desde la rivalidad entre Washington y La Habana. Lo principal son los cubanos. Y aquí conviene hablar claro: el régimen castrista ha llevado a la isla a una ruina prolongada, a una economía exánime, a una represión sistemática y a una situación en la que millones de personas sobreviven con una mezcla de miedo, resignación y éxodo. Éso es responsabilidad central del poder cubano. Pero no hace falta absolver al castrismo para rechazar la idea de que la salida de Cuba consista en convertirse otra vez en una ficha de maniobra de Washington. Ya estuvimos antes ahí, y sabemos cómo acabó.

El artículo de ABC deja ver, además, otra dimensión importante: la de la oportunidad percibida. Trump describe a Cuba como “una nación muy débil”, “una nación fallida”, un país sin dinero, sin petróleo, sin nada. Es el lenguaje clásico del poder ante el cuerpo exhausto del vecino. Cuba aparece en el discurso de Trump como una tragedia humana y política, y es cierto, pero también como una posesión posible; aunque más de cara a la galería.  Si el presidente habla como alguien que contempla una propiedad deteriorada cuya transferencia cree tener al alcance de la mano, o como mero hacedor de una transición necesaria; impulsor de nuevos vientos en la Isla, es algo que no tardaremos en ver. Pero esa diferencia será decisiva.

La política internacional de Estados Unidos ha oscilado muchas veces entre el idealismo declamatorio y el interés desnudo. No es nuevo. Lo nuevo aquí es el grado de franqueza brutal con que se verbaliza la segunda parte. Ya no se invoca siquiera una coartada sofisticada. Ya no se construye con paciencia una arquitectura retórica sobre derechos humanos, seguridad regional o responsabilidad hemisférica. Ahora, en un tiempo de carestía declarada de los modos y las normas de la diplomacia, se dice de forma casi obscena: es débil, está cayendo y puedo hacer con ella lo que quiera.

Lo extraordinario es que una frase así, leída hace no tantos años, habría provocado un terremoto diplomático de primer orden, una cascada de condenas formales, un sobresalto en las cancillerías occidentales. Hoy corre el riesgo de quedar absorbida por el flujo incesante de declaraciones desmesuradas, guerras simultáneas, crisis acumuladas y sobresaltos semanales. Ésa es otra victoria del trumpismo: ha logrado ensanchar tanto el perímetro de lo decible que lo impensable ya no siempre escandaliza lo suficiente. Es un tiempo de franqueza extrema en muchos aspectos, lo cual tiene sus virtudes, y no está de más decirlo; pero también de sobredosis por suministro diario.

Desde la barrera del tiempo

Durante demasiado tiempo se ha tratado el Caribe como escenario lateral y a Cuba como reliquia ideológica, como si el país, al igual que sus automóviles, existiera fuera del tiempo. Pero Cuba vuelve a estar en el centro no por nostalgia revolucionaria, sino por algo mucho más concreto y áspero: porque la Casa Blanca vuelve a hablar de la Isla en términos que, a no pocos españoles aún nos soliviantan, recordando momentos pretéritamente dolorosos de un predominio hemisférico en el que, queremos creer, las cosas marchaban mejor que ahora en la Isla. Pero la verdad es que poco importa lo que un puñado de nosotros considere sobre el particular, porque lo que realmente procede y concursa en estos momentos es la condición y las expectativas de millones de cubanos de una isla ferozmente atrapada entre un destino arrebatado para el que jamás levó anclas y más de sesenta años de régimen comunista.

Todo ello fundamenta la relevancia del artículo de ABC. Y justifica detenerse en la firma de Javier Ansorena, porque lo que traslada no es una anécdota de color ni un exceso pasajero del presidente estadounidense. Es la constatación de que, a ojos de Trump, no sabemos si Cuba será un país al que ayudar a salir de una dictadura, o un territorio disponible para una operación de poder. O quizá ambas.

Cuba merece salir de su noche. Pero no para entrar, nuevamente, en otra con distinto dueño.

 

Jorge Estévez-Bujez

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