La pregunta de la Armada para desarmados morales


La Armada ha tenido que salir a recordarnos una obviedad que en otro tiempo habría dado un puntito de vergüenza explicar. Ha tenido que poner voz e imagen, con buena edición, hay que decirlo, a lo evidente: que los helicópteros no vuelan por voluntad política, que la Infantería de Marina no desembarca con eslóganes, que los buques no se sostienen con retórica, activismo digital ni superioridad moral de sobremesa. Ha tenido que preguntarse en público, despacito, para no abrumar, y casi con la paciencia de quien habla a una sociedad que ha decidido desertar de la realidad. ¿Para qué invertir en defensa, en la Armada, en helicópteros, en infantería de marina?
Y el mero hecho de que haya sido necesario formular esa pregunta, más allá del propósito mediático de la producción en sí, ya dice demasiado de nosotros.
Porque no se trata sólo de presupuesto, ni siquiera se trata de capacidades militares. Se trata de algo más hondo y bastante más incómodo: de la relación enferma que hemos construido con la verdad, con la obligación, con todo aquello que exige asumir que el mundo no es un lugar benigno por contrato ni otorgamiento, ni una asamblea de buenas intenciones, ni una guardería sentimental custodiada por eufemísticos comunicados institucionales. Hemos ido degradando lo serio hasta convertirlo en sospechoso, y elevando lo accesorio hasta volverlo doctrinal. Lo útil incomoda; lo decorativo tranquiliza. Y así llevamos años.
Nos hemos acostumbrado a vivir en una sociedad hecha a plañir de fácil y querer comprender lo menos. Una sociedad hiper-informada en lo superfluo y alarmantemente profana en lo decisivo. Sabemos escandalizarnos a demanda, reproducir consignas con puntualidad social y opinar de todo con una soltura casi obscena, pero ignoramos lo principal: quién protege las rutas marítimas, quién garantiza la disuasión, quién evacúa a los nuestros cuando fuera estalla el desorden, quién sostiene la presencia del Estado allí donde el Estado no puede improvisarse. Ignoramos, en suma, qué precio tiene seguir viviendo con normalidad.
Pagamos impuestos descomunales, pero una parte ínfima, siempre menor, se dedica a aquello que todavía produce pudor en la conversación pública: lo marcial, lo coercitivo, lo que defiende de verdad cuando todo lo demás fracasa. La seguridad no es un sentimiento, sino una arquitectura de medios amplios y en extremo complejos; es una todo entre preparación, disciplina y capacidad de violencia legítima. Todo lo demás son paños tibios para conciencias delicadas.
Hemos preferido durante años la comodidad estética del pacifismo declamado a la incomodidad material de la preparación seria. La defensa, reducida a caricatura por generaciones enteras de frivolidad política y cobardía intelectual, ha terminado convertida en una especie de pecado presupuestario: en algo que se tolera mientras no se vea demasiado, mientras no recuerde demasiado, mientras no obligue a pensar en su verdadera razón de ser, que es también estar tras una DANA, sí; pero no sólo.
Y sin embargo el mundo sigue ahí, intacto en su brutalidad de fondo
De repente llega Putin (otra vez), y comprobamos que el mapa de la faz terrestre nunca había dejado de ser un mapa de intereses, de fuerza, de corredores marítimos, de recursos, de fronteras, de coerción y de poder. No vivimos al margen de eso. Vivimos a merced de eso, aunque nos empeñemos en envolverlo con lenguaje terapéutico para no lastimar más de lo necesario la delgada capa epidérmica con que se construye una persona. Surgen las teorías sobre el estado natural del hombre y la política, de la continuación de ésta por otros medios y tal… todo aquéllo que ya ustedes conocen y que colma medios, debates y redes. La paz es una situación política frágil, sostenida por equilibrios de poder, por alianzas creíbles, por industrias que produzcan, por cadenas logísticas que funcionen y, por supuesto, por militares que puedan cumplir su misión y, llegado el caso, morir en ella. Esa es la parte de la realidad que preferimos subcontratar moralmente a otros mientras aquí seguimos jugando a la superioridad ética del desarmado protegido por terceros.
Por ello la pregunta “¿para qué invertir en defensa?” no es intrascendente. Nunca lo fue. Encierra una renuncia más grave de lo que parece. Porque una nación que formula esa cuestión con ignorancia manifiesta, en realidad está diciendo otra cosa; dice que daba por hecho que su seguridad vendría de fuera, que su libertad no exige sacrificio, que la fuerza siempre la ejercerán otros y, a ser posible, lejos de su campo visual. Es el viejo sueño de las sociedades cansadas: disfrutar de los dividendos del orden sin mancharse con los costes de sostenerlo.
Pero el orden tiene costes. Siempre los tuvo, y la Armada ayer nos lo recordaba. Buques, helicópteros, infantes de marina, adiestramiento, marineros, mantenimiento, munición, disponibilidad, industria, salarios dignos, repuestos, combustible, astilleros, arsenales, doctrina, horas de vuelo, días de mar. No tengo la menor duda de que me dejo mucho en el tintero, pero será suficiente para que un civil se haga entender. Cuando el peligro ya está encima, lo único que puede hacerse es contar lo que hay, porque lo que falta ya no está en el extracto contable. Y normalmente falta todo: tiempo, medios, cuadros, stock, voluntad, seriedad. Entonces ya no se debate; se padece.
Éso es lo que hemos querido olvidar. Que las Fuerzas Armadas no existen para agradar, sino para servir cuando nadie más puede hacerlo. No están para dar lustre a los desfiles ni para justificar campañas de imagen. Están para disuadir, proteger, escoltar, evacuar, combatir cuando se tercie, morir cuando toca. No es fácil, nunca lo va ser, y por eso lo hacen los que de verdad valen. Los demás podemos hacer 2 cosas: pagar para éso se así y honrar el valor de los que lo harán; o pagar para que éso sea así, y quejarnos por hacerlo.
Porque la Armada, y sus correligionarios de los otros 2 ejércitos, están para hacerse cargo de la parte del mundo que ningún discurso neutraliza, y ello exige inversión constante, continuidad, cultura de defensa y una ciudadanía adulta, no esta mezcla de narcisismo civil y analfabetismo histórico con la que llevamos demasiado tiempo engañándonos. Aquí no hay sermón posible; no para el que no quiere dejarse engañar más tiempo. Hay una constatación seca. Una sociedad que desprecia (en general) la defensa porque cree habitar un tiempo excepcionalmente civilizado, es una sociedad que ha decidido no entender el precio de su propia continuidad. Y las sociedades que no entienden eso suelen enterarse tarde, mal y de la peor manera posible. Nos sobran los ejemplos y nos falta columna para tratar siquiera de ilustrar a nadie. Y también las ganas, tengo que decirlo. Ahí están las bibliotecas, o lo que demonios se consulte ahora para enderezar la gacha intelectual en que han sumido a medio país. La Historia no avisa 2 veces con delicadeza. Primero se la ridiculiza, luego se la ignora y después se la sufre.
Un clásico al que no pongo nombre ni cara me marcó para siempre con una de las frases que más repito a mis hijos: Nada grave se consigue sin esfuerzo. Quizás hasta ni fuera un clásico, pero me ha valido siempre. La oración no es brillante, ni siquiera estéticamente llamativa. Es sólo una advertencia antes de que salgas al juego de la vida. Soy un carca, de los tiempos del blanco y negro, casette y cole por las tardes; y mi libro de estilo es de canto grueso y olor recio. Y, a pesar de todo, las cosas, hoy, son bastante sencillas de enunciar aunque molesten. Una nación que no sabe para qué sirve su Armada, o que finge no saberlo para ahorrarse el debate, acabará descubriéndolo cuando el margen de maniobra ya haya desaparecido. Cuando el mar deje de ser paisaje y vuelva a ser frontera, porque siempre lo fue. Cuando el humo en el horizonte no permita distinguir lo que se nos viene encima, quizá entones podremos dejar de seguir hablando en abstracto.
Entonces volveremos a formular la pregunta. ¿Para qué invertir en defensa?
Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

