¿No proliferación o monopolio nuclear? Una crítica desde Europa al artículo de Henry Sokolski

El debate sobre la disuasión nuclear soberana en Europa frente a las contradicciones del discurso estadounidense

Entre la moral nuclear y la hipocresía atómica

 

En su artículo de opinión publicado ayer mismo, 2 de febrero del previsiblemente convulso -otro más- año 2026, en Breaking Defense, y titulado “Estados Unidos necesita una política de no proliferación nuclear… otra vez”, Henry Sokolski, exsubdirector de política de no proliferación del Departamento de Defensa de EE. UU. y actual director ejecutivo del Center for Nonproliferation Policy Education, sostiene que Washington debería recuperar una estrategia firme contra la proliferación de armas nucleares. A simple vista, podría parecer un deseo lógico y responsable, especialmente si estuviéramos en los años 70. Sin embargo, su argumentación delata una tensión estructural e histórica en el discurso estadounidense: la no proliferación como herramienta de control hegemónico, no como principio universal de seguridad compartida.

Desde una perspectiva europea —y, en especial, desde el prisma español— es necesario revisar este tipo de planteamientos. Y sobre ello venimos aportando nuestro pequeño grano de arena, para crear debate, exponer opiniones y sacar del límite de la censura lo que ya no puede sostenerse tras el velo de lo impuesto. Porque cuando quienes concentran los mayores arsenales nucleares exigen que los demás renuncien incluso a la disuasión mínima, el debate pasa de ser técnico o ético a ser directamente estratégico.

La tesis del artículo es una vuelta al doble rasero. Sokolski argumenta que EE. UU. ha abandonado las políticas de no proliferación nuclear y que debe retomarlas para evitar escenarios peligrosos. Sin embargo, su planteamiento contiene contradicciones notables.

Por un lado, defiende evitar la proliferación incluso entre aliados. Por otro, tolera que EE. UU. comparta armamento nuclear en Europa bajo la estructura de la OTAN. Y, por último, sugiere que Washington podría tener que enfrentar amenazas nucleares de sus propios aliados, una afirmación que roza lo absurdo.

Este discurso muestra que, para Washington, la proliferación sólo sería peligrosa cuando no está bajo su control.

¿Puede Europa —y España— seguir delegando su disuasión nuclear?

Europa ha confiado en la «nuclear sharing» de la OTAN, pero el contexto actual exige reevaluar esa dependencia. Ya son demasiadas las razones que concurren para que algunos de los aliados promuevan su propio arsenal disuasorio. Son fáciles de enumerar, de sobra conocidas y, por supuesto, coherentes con el grado de amenaza que ya soportamos los europeos, en general.

Ahí está el rearme ruso, con su indisociable retórica nuclear y su persistente aliento en la limes oriental europea, al que sumar las amenazas de abandono por parte de Washington; la ruptura de tratados como el INF o Nuevo START; la incertidumbre sobre la fiabilidad de EE. UU. como garante de la seguridad colectiva y como novedoso sujeto de amenazas impropias sobre los propios aliados; la creciente y perturbadora expansión china, en el disparadero de lo que será su debut internacional como imperio a no mucho tardar…

Este escenario, acaso grave hasta lo desconocido en los últimos años, hace que la posibilidad de una capacidad nuclear soberana en Europa no sea ya un asunto menor, sino una opción prudente ante una disuasión externa cada vez más incierta.

Los argumentos clave de Sokolski, para quienes no tengan la intención de pasar por allí, son los siguientes:

La proliferación es una amenaza menor que China o Rusia ¿En qué quedamos? Esta afirmación es incoherente: si China y Rusia son peligrosas, ¿por qué privar a los aliados de medios de disuasión? Que EE. UU. tema perder el monopolio estratégico ya no es un argumento que deba obligar a los europeos.

Más aliados con armas nucleares es un riesgo Ya existen arsenales europeos (Francia, Reino Unido), y EE. UU. nunca los desarmó. La desconfianza hacia otros aliados revela un profundo deseo de subordinación estratégica, cuando quienes realmente pueden tener motivos de desconfianza están, efectivamente, a este lado del Atlántico. La permanente negligencia (hasta ahora) de los socios europeos para con su defensa no puede ser excusa para nada más que un reproche (La Haya) y un compromiso de reconducción, como lo está siendo.

La historia demuestra que la proliferación genera crisis Sokolski cita ejemplos (Suez, 1973, Saddam) donde, por fortuna, no se utilizó armamento nuclear. Precisamente, su existencia evitó escaladas. ¿No demuestra eso la eficacia de la disuasión?

Los sistemas de control nuclear son insuficientes y deben reformarse. Propuesta razonable, pero carece de fuerza moral si proviene de países que no cumplen sus propios compromisos del TNP.

La frase “Podemos lidiar con las amenazas de nuestros aliados” es, con mucho, la mayor ofensa que puede verterse desde Washington al grupo de socios atlánticos. Esta afirmación es tan aterradora como reveladora. Si EE. UU. ve como amenazas a sus propios aliados, la confianza estratégica está rota. Del mismo modo, si Europa percibe a los Estados Unidos como una amenaza, y algunos de los socios así lo pueden sostener, entonces cabe efectivamente preguntarse si ¿la Alianza está rota también desde este lado? Europa no es hostil a Washington. Otra cosa es que haya sido un conjunto de socios acomodados a los que el casero ha dado un ultimátum. De éso, a ser contemplada como un actor potencialmente hostil, va un trecho que nadie en la Casa Blanca se plantea con un mínimo de seriedad y rigor.

Si un mundo multipolarmente nuclear no es deseable, tampoco lo es uno donde unos pocos concentran el derecho exclusivo a decidir sobre la disuasión y la supervivencia. Nunca lo ha sido, por más que hayamos callado durante décadas.

Europa, y por descontado España, debe incidir en un debate ya abierto, serio y sin complejos sobre la posibilidad de una disuasión nuclear soberana, nacional y europea. No para amenazar, sino para no depender del humor, las elecciones o los intereses de terceros. El verdadero riesgo no está en la proliferación, sino en quedar fuera de ella cuando quienes sostienen el paraguas están dejando que te mojes.

No somos una amenaza para nada más que nuestra supervivencia.

 

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

2 respuestas

  1. EEUU se empieza a dar cuenta ahora de que ya no puede encerrar al demonio de la desconfianza que han liberado las amenazas nucleares de Rusia y su propio abandono cuando no amenaza contra sus aliados. Ya no existe la quimera del paraguas nuclear y todos los países saben que en el tiempo que viene la seguridad no la garantiza asociarte con EEUU, sino el poderío de tus fuerzas armadas y la membresía en el cada día menos selecto club nuclear. EEUU puede impedir que Irán consiga su bomba, pero no puede impedir que muchos países en Occidente y en Oriente la obtengan ni que muchos del tercer mundo la persigan. Rusia y EEUU han dado el pistoletazo de salida para la carrera nuclear.

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