Groenlandia: la isla que Trump mira con deseo (y Europa no puede permitirse ignorar)

Entre amagos de anexión y despliegues testimoniales, la seguridad ártica reabre viejos mapas en los pasillos de la OTAN

En medio de un clima transatlántico cada vez más cargado —y no precisamente por el cambio climático—, Groenlandia ha reaparecido en la agenda estratégica occidental. Esta vez no como destino turístico de cruceros noruegos, sino como el inesperado epicentro de una fricción política y estratégica que pone a prueba la arquitectura político-militar de Occidente.

Donald Trump, el re-investido presidente de los Estados Unidos desde enero del pasado año, ha retomado —con notable persistencia— su aspiración de convertir Groenlandia en parte del perímetro directo de seguridad nacional estadounidense. Las declaraciones, ya lo sabemos, han sido tan directas como ásperas. Según venimos escuchando hace meses, Trump considera que «necesitamos Groenlandia desde el punto de vista de la seguridad nacional«, y que cualquier fórmula que no implique control estadounidense resulta «inaceptable«. Como si de nuestra Florida se tratara, los españoles percibimos nítido el eco de un pasado no demasiado lejano, a cuento de Florida, Cuba y Puerto Rico. La doctrina Monroe, de 200 años atrás, más su hija avezada, la Nota Olney*, centuria y pico después.

Dinamarca, Groenlandia y buena parte de Europa, predeciblemente, no han tardado en reaccionar. Lo han hecho con una mezcla de incredulidad, firmeza diplomática y un creciente desasosiego estratégico, rayano en lo trágico. No es para menos: la afirmación tácita de que la mayor isla del mundo podría cambiar de soberanía como si estuviéramos en 1904 —cuando aún había imperios dispuestos a comprar archipiélagos enteros— resucita dinámicas que el derecho internacional, al menos sobre el papel, daba por superadas.

Antecedentes: cuando Trump no bromea

No se trata de una ocurrencia aislada. Trump ya había mostrado interés por Groenlandia en 2019, aunque entonces se despachó la noticia como una excentricidad más. El regreso del republicano al Despacho Oval ha devuelto a ese planteamiento una nueva (y más preocupante) legitimidad institucional.

En sus propias palabras —reproducidas hasta el hartazgo por diversos medios de todo el mundo—, el mandatario ha asegurado: “Me gustaría llegar a un acuerdo por las buenas, pero si no lo hacemos por las buenas, lo haremos por las malas”.

El rechazo desde Copenhague y Nuuk ha sido inmediato. Jens-Frederik Nielsen, líder parlamentario groenlandés, zanjó el debate con un conciso “Basta de fantasías sobre anexión”. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, remarcó lo evidente: que Estados Unidos “no tiene derecho a anexionarse ninguna de las tres naciones del Reino de Dinamarca”. Y desde el plano sindical, Jess Berthelsen, histórico dirigente groenlandés, repitió una letanía que no debería necesitar más cuerpo: “No estamos en venta y no seremos anexionados”.

La reunión del 14 de enero: diplomacia de hielo

Ayer, 14 de enero, se celebró una reunión en Washington entre representantes de Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia. Por parte estadounidense participaron el vicepresidente JD Vance y el secretario de Estado Marco Rubio. Al otro lado de la mesa, el ministro de Exteriores danés, Lars Løkke Rasmussen, y la ministra groenlandesa Vivian Motzfeldt.

El tono fue descrito como “franco pero constructivo”, fórmula habitual cuando las diferencias son profundas y los acuerdos, inexistentes, inabordables. Rasmussen lo dejó claro: “Es evidente que el presidente desea conquistar Groenlandia, y hemos dejado muy claro que eso no es compatible con los intereses del Reino”. Lo que podría sonar a hipérbole política encuentra eco en la literalidad de las palabras de Trump y su equipo, que insisten en que el control de la isla es “vital” para contrarrestar a Rusia y China en el Ártico.

Se propuso la formación de un grupo de alto nivel para explorar soluciones que respondan a las preocupaciones estadounidenses, pero sin vulnerar las líneas rojas danesas. Ningún comunicado posterior sugiere avances concretos. Trump, por su parte, ha reiterado su posición sin ofrecer concesiones.

Operation Arctic Endurance: ejercicios, símbolos y advertencias

También ayer mismo, Dinamarca activó Operation Arctic Endurance, una operación militar destinada a reforzar la presencia aliada en el Ártico. Aunque simbólica en efectivos, la operación busca enviar un mensaje inequívoco: que el territorio del Reino de Dinamarca no es moneda de cambio ni objeto de “reorganización geográfica” unilateral.

El despliegue inicial, modesto en toda la amplitud y literalidad de la palabra, incluye actores aliados, con la misma humildad de efectivos:

  • Alemania: 13 soldados del Bundeswehr desplegados en Nuuk, en tareas de reconocimiento y evaluación para posibles contribuciones futuras.
  • Francia: Unidades de montaña y apoyo logístico en ruta. El presidente Macron confirmó públicamente que “las primeras unidades militares francesas ya están en camino. Otras seguirán”.
  • Suecia: Oficiales no especificados, integrados en la misión aliada. Ulf Kristersson declaró que forman parte de un esfuerzo multinacional.
  • Noruega: 2 soldados en misión de evaluación para futura cooperación.
  • Dinamarca: un refuerzo significativo de capacidades (aviones, buques, drones), con foco en protección de infraestructuras críticas.

Otra naciones, como Países Bajos, Canadá o Reino Unido han manifestado apoyo político y evalúan su participación operativa. En total, se estima una presencia inicial de entre 20 y 40 efectivos europeos, excluyendo fuerzas danesas, con coordinación directa desde Copenhague.

No estamos ante una militarización del Ártico, pero sí frente a una reconfiguración de prioridades. Lo que antes era un espacio periférico para la OTAN, ahora entra en la esfera de seguridad colectiva. No por deseo, sino por necesidad.

¿Escalada o cortafuegos diplomático?

Que Trump recicle sus ideas de 2019 no debería sorprender; nada sorprende en él hasta que nos damos de bruces con otra sorpresa nueva. Que ahora lo haga como presidente, otra vez, con un aparato institucional detrás y una administración alineada en parte con esa visión, obliga a sus aliados a responder de forma menos indulgente.

Criticar su retórica no es solamente responder a una excentricidad: es una defensa básica de principios como la soberanía y la autodeterminación. Pero tampoco sirve esconder la cabeza ante el hecho de que Rusia ha reforzado sus capacidades militares en el Ártico, ni ignorar que China —aunque a distancia— mantiene un interés creciente en las rutas del Norte y en los recursos de la región.

La clave estará en cómo encauzar las tensiones sin romper la cohesión aliada. Si Groenlandia se convierte en símbolo de una fractura dentro de la OTAN, el problema ya no será Trump, sino la fragilidad institucional del orden que pretendemos defender.

 

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

 

*El 20 de julio de 1895, Richard Olney (Secretario de Estado de los EE.UU.), con cara de “aquí mando yo y punto”, le escribe a los ingleses algo así como:
“Miren, simpáticos, en este continente los Estados Unidos somos prácticamente soberanos… nuestro capricho es ley, ¿entendido?”. O sea, la Doctrina Monroe pasó del “no vengan más” a “aquí el patrón soy yo y se callan todos”. Pura elegancia yanqui del siglo XIX ahormada exactísimamente al estilo del presidente Trump: menos diplomacia, más ultimátum con pajarita.
Tres años después de aquello… ¡pum! Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Casualidad…

 

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