Polémica: tras la noticia del WELT, algunos medios (también pro-rusos) hacen leña del Arrow-3 alemán

¿Fronteras sin disparo?: el Arrow-3 alemán frente al Oreshnik ruso y el eco de un misil que nadie interceptó

 

En la noche del 8 al 9 de enero, un misil balístico ruso cruzó el cielo ucraniano a más de Mach 10. No fue un Iskander, ni un Kinzhal, ni uno de los cientos de Shahed que han poblado de alarmas las madrugadas de Kyiv. Fue algo distinto. Moscú decidió poner en órbita —en todos los sentidos— una versión operativa del RS-26 Rubezh, conocido en algunos círculos como “Oreshnik”. Alcance estimado: más de 5000 km. Velocidad: 12.000 km/h. Carga: convencional, aunque su diseño admite múltiples ojivas.

El blanco no estaba en Berlín ni en Varsovia, sino en los alrededores de Stryj, región de Lviv, a tan solo 80 kilómetros de la frontera con Polonia. El misil impactó cerca de un almacén logístico de combustible, sin provocar grandes daños. Pero lo relevante no fue el impacto. Lo relevante fue el silencio. Y ese silencio, esta vez, no vino de Moscú.

El diario alemán Die Welt fue el primero en poner nombre y análisis al incidente. No hubo confirmación oficial de intento de intercepción. Tampoco indicios técnicos de que el misil hubiera sido detectado activamente por los sistemas antimisiles de la OTAN. Pero el artículo dejó caer lo que muchos en Berlín ya habían empezado a reconocer por lo bajo: el Arrow-3, recién desplegado por Alemania, vio pasar al misil ruso. Y no hizo nada. Éso es lo que se dijo, y éso lo que se amplificó extraordinariamente.

«Der ‘Oreschnik’ flog ihr Ziel mit über Mach 10 (rund 12.000 km/h) an. Mit einer geschätzten Reichweite von 5000 bis 5500 Kilometern kann sie von Russland aus praktisch jeden Punkt Europas erreichen.»
(El ‘Oreshnik’ voló hacia su objetivo a más de Mach 10 —unos 12.000 km/h—. Con un alcance estimado de 5000 a 5500 km, puede alcanzar prácticamente cualquier punto de Europa desde Rusia).

Esa frase, casi lanzada al paso, contiene una afirmación en absoluto baladí: Rusia acaba de utilizar un sistema capaz de golpear cualquier capital europea con una ojiva múltiple. Y lo hizo no en un ejercicio, sino en una guerra abierta, a menos de una hora de vuelo de territorio OTAN.

El sistema Arrow-3 —desarrollado por Israel y adquirido por Alemania por más de 4.000 millones de euros— entró en servicio en diciembre pasado. Su primera batería se desplegó en la base de Holzdorf (Sajonia-Anhalt), con radares capaces de cubrir buena parte del centro y este de Europa. Su principio es sencillo: impactar contra misiles balísticos fuera de la atmósfera, cuando aún están en fase de ascenso o descenso, pero antes de reentrar en la atmósfera. Un sistema hit-to-kill, sin ojiva explosiva, que destruye el blanco por pura energía cinética.

«Arrow 3 ist darauf ausgelegt, ballistische Raketen großer Reichweite weit vor ihrem Ziel abzufangen. Anders als bisherige Luftverteidigungssysteme wie Patriot bekämpft Arrow 3 die angreifende Rakete nicht innerhalb der Atmosphäre, sondern im Weltraum.»
(Arrow 3 está diseñado para interceptar misiles balísticos de gran alcance mucho antes de su objetivo. A diferencia de sistemas anteriores como Patriot, Arrow 3 combate al misil atacante no dentro de la atmósfera, sino en el espacio).

Pero hay un problema que no se debe pasar por alto: el Arrow-3 no está aún del todo listo.

«Aus Nato-Kreisen heißt es zudem nach WELT-Informationen (…) dass Arrow 3 bislang nur eine sogenannte Anfangsbefähigung habe, also noch nicht voll einsetzbar sei.»
(Desde círculos de la OTAN, según información de WELT, el Arrow-3 tiene hasta ahora sólo una llamada “capacidad inicial”, es decir, aún no está completamente operativo).

Esa línea, tan técnica como conservadora, ha sido pasto de titulares fuera de contexto. Lo que Die Welt explicó con cuidado —y sin dramatismo— fue convertido en munición propagandística por portales como Pravda, Izvestia o incluso algunas webs especializadas en defensa que no supieron (o no quisieron) leer entre líneas. Lo que hay no es una defensa que falló. Porque si la afirmación de la operatividad es cierta, hablamos de una defensa que aún no puede actuar. Y esa diferencia importa.

Lo que también importa, y no poco, es lo que el Gobierno alemán decidió no decir. Berlín no ha confirmado si el sistema detectó el misil. Tampoco ha explicado si el radar Green Pine —el corazón del sistema Arrow— siguió la trayectoria. Y no porque no lo sepa, sino porque ha optado deliberadamente por callar.

«Die Bundesregierung äußert sich nur extrem zurückhaltend zu den konkreten Abläufen (…). Über konkrete Abläufe werde bewusst geschwiegen.»
(El Gobierno federal se expresa sólo de forma extremadamente reservada (…). Sobre los procesos concretos se guarda silencio deliberadamente.)

Ese silencio tiene sentido. Si se confirma que el sistema vio el misil pero no lo interceptó, se abriría una tormenta política. Si se dice que no se detectó, se cuestionaría la eficacia del propio sistema. Y si se hubiera interceptado, pero sin decirlo, eso ya sería un acto de guerra encubierto. Cualquiera de las 3 opciones es incómoda. La cuarta, callar, ha sido la elegida.

Y sin embargo, la pregunta no se puede evitar: ¿por qué no se intentó interceptar el Oreshnik? La respuesta técnica es sencilla: el misil no apuntaba a territorio OTAN. La respuesta política, más compleja: disparar contra un misil ruso, aunque sea sobre Ucrania, sería una decisión que Alemania tendría que tomar en segundos, con todo lo que eso implica. No sólo activar el sistema, sino asumir el riesgo de una respuesta rusa directa. Y aún peor: ¿y si el Arrow-3 falla?

Hay otra variable que complica el cuadro: Ucrania no cuenta con capacidad real para interceptar un misil como el Oreshnik en fase terminal. Sus baterías Patriot están centradas en proteger infraestructuras críticas y, aunque eficaces contra ciertos vectores rusos, no están diseñadas para interceptar misiles balísticos intercontinentales o de alcance medio lanzados desde más de 2000 km. Ni S-300 ni Buk tienen capacidad real, hasta donde se supone, frente a esta amenaza. Por tanto, el misil fue disparado, siguió su parábola, golpeó su blanco y desapareció del radar. Sin oposición. Pero no sin consecuencias.

A las pocas horas, lo que Die Welt había escrito fue reducido a titulares como «el escudo alemán falló» o «el Arrow-3 no sirve». Algunos medios ucranianos, como Militarnyi, recogieron parte del análisis original, pero otros portales —incluyendo algunos en español— no resistieron la tentación de traducir Anfangsbefähigung como “no operativo”. Error técnico, sí, pero también síntoma de una ansiedad generalizada.

Y sin embargo, lo que el propio artículo de Die Welt deja claro es otra cosa: el Arrow-3 no está completo, pero su potencial existe. Es un sistema en fase de transición, cuya puesta en servicio está prevista hasta finales de 2026. Nadie en la Bundeswehr prometió que el despliegue de diciembre supusiera una capacidad plena. Lo que hay es un sistema parcialmente funcional, desplegado por motivos simbólicos y de disuasión, pero todavía lejos de ser un escudo confiable.

Más que una historia de éxito o fracaso, lo ocurrido en Stryj es una postal incómoda de lo que implica hoy defender Europa. Un misil ruso de alcance intercontinental puede impactar a 80 km de la frontera OTAN sin que nadie —ni Alemania, ni EE.UU., ni la propia Ucrania— reaccione. No porque no se quiera, sino porque a veces no se puede. Y porque el acto de disparar no es técnico, es político.

Mientras tanto, el Arrow-3 espera. Sus radares escanean el cielo, sus operadores entrenan con simulaciones, y sus sistemas se integran poco a poco en una red de defensa más ambiciosa. Pero cuando un misil real cruza el cielo real y no hay reacción, no importa cuánta teoría haya detrás. Lo que queda es una pregunta: ¿y si la próxima vez no es un blanco ucraniano?

En este cruce de capacidades aún incompletas y amenazas muy concretas, se dibuja el paisaje de la defensa europea en 2026. No es un campo de batalla. Es un tablero lleno de sistemas que no siempre disparan, de decisiones que se toman en minutos y de titulares que se escriben demasiado rápido. El Oreshnik ya voló. El Arrow-3 no. Y esa diferencia, hoy, es todo.

 

Redacción

defensayseguridad.es

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