Retórica política, realidades nacionales y la imposibilidad práctica de una defensa europea sin soberanía común

Andrius Kubilius, comisario europeo para la Defensa, ha vuelto a sacar del cajón una vieja carpeta polvorienta: la de un supuesto «ejército europeo» compuesto por 100.000 soldados. Lo hizo en la Conferencia Nacional de Folk och Försvar, en Sälen (Suecia), con un discurso plagado de lugares comunes, referencias fuera de contexto y una apelación continua a un ideal que, sobre el papel, suena bien (para algunos), pero en la práctica es una quimera revestida de titular de agencia.
Lo que Kubilius propone es una fuerza común europea permanente —militar, estructurada, operativa— que sirva como pilar europeo de la defensa continental. Algo que, según él, permitiría abandonar la actual condición de “27 ejércitos bonsái” para convertirse en una Europa capaz de actuar como un todo. La frase, atribuida a Josep Borrell, no es nueva, pero en boca del comisario vuelve a sonar como lo que es: una apelación emocional sin soporte doctrinal, legal ni institucional.
Demagogia, bonsáis y comparaciones impropias
Que Europa tiene un problema de fragmentación en materia de defensa no lo niega nadie. Que la solución pase por juntar 100.000 soldados en una nueva estructura supranacional, es del todo discutible… porque no hay estructura real a la que asignarlos, ni mando común que los coordine, ni objetivos definidos sobre los que proyectarles. Y, si los hubiera, ahí radicaría el problema.
Kubilius compara la situación europea con lo que sería Estados Unidos si tuviera 50 ejércitos estatales:
“¿Serían los Estados Unidos militarmente más fuertes si tuvieran 50 ejércitos…?”
Lo que omite es que Estados Unidos es una federación política con una sola soberanía, un mando unificado y una política exterior que no se negocia con 50 parlamentos. Europa no es eso. No lo ha sido nunca, y no lo será sin reformar por completo su arquitectura institucional. Pedir un ejército común sin una política exterior común es pedirle al andamiaje que aguante sin cimientos.
¿Un injerto más en el vivero?
Kubilius plantea la idea de que un ejército europeo de 100.000 soldados serviría como núcleo militar propio, ajeno a la tutela de Washington. Pero si el problema es que los ejércitos europeos son pequeños y fragmentados, juntar 100.000 efectivos bajo otra bandera no resuelve el dilema: simplemente lo traslada.
Con esos números, el resultado no es un nuevo roble, sino otro bonsái más: compacto, bonito para la foto, incapaz de competir con las fuerzas convencionales de potencias como China o Rusia, que operan con cientos de miles de efectivos, capacidades integradas y una cadena de mando única. Un ejército europeo de 100.000 soldados no asusta a nadie. No proyecta disuasión, ni cambia el equilibrio geoestratégico en Europa. Como fuerza que desplazar a los extremos de las fronteras comunitarias, puede valer. Como entidad expedicionaria extramuros plantea infinidad de cuestiones que, en la práctica, serían casi imposibles de resolver.
El problema no es el número, sino la voluntad
Desde el gabinete del comisario se citan encuestas de que muestran cómo un 70 % de los ciudadanos en países como Alemania, Bélgica o España preferirían que la defensa nacional dependiera de un ejército europeo. Lo que no se dice es quién dirigiría ese ejército, con qué criterios se ordenaría un despliegue, y qué pasaría si uno de esos países vota en contra de una intervención armada en la que otro tiene intereses directos.
No hay ni una línea en el discurso de Kubilius sobre los vetos nacionales. No dice nada sobre cómo se resolverían las fricciones entre París y Roma en Libia, o entre Berlín y Varsovia en el Báltico, o entre Grecia y otros socios atlánticos (Turquía) en el Mediterráneo oriental o, cómo no, entre España y Francia al otro lado del Estrecho. Europa no carece de tropas, sino de una arquitectura de toma de decisiones coherente, vinculante y legítima.
Realidades incompatibles
¿Por qué no existe aún un ejército europeo? Porque no se puede construir algo común sobre una pluralidad de intereses nacionales, historias militares distintas y culturas estratégicas incompatibles.
No somos los Estados Unidos de América. Ni China. Ni Rusia. Somos 27 Estados con parlamentos, calendarios electorales y líneas rojas que no se tocan. Ningún gobierno renunciará voluntariamente al control de sus Fuerzas Armadas para diluirlas en un cuerpo común que no comande, ni represente plenamente sus intereses.
Y es aquí donde la propuesta de Kubilius fracasa: no por lo que promete, sino por lo que oculta.
- ¿Quién da la orden de intervención?
- ¿Qué países pueden vetarla?
- ¿Cuál es el mecanismo de control democrático?
- ¿Qué hacer si la mitad de Europa se niega a participar?
Preguntas básicas que nadie contesta. Porque no tienen respuesta y, sobre todo, porque se teme plantear. No sin una reforma institucional a fondo del proyecto europeo, que no está ni sobre la mesa ni en el calendario político de los Estados miembros.
¿Y entonces qué?
No se trata de despreciar la integración militar, sino de hacerlo desde la realidad y no desde el eslogan. La defensa de Europa sí necesita un refuerzo inmediato, pero no uno basado en crear estructuras paralelas a la OTAN sin resolver las incoherencias políticas internas.
Una fuerza común sólo tendría sentido si se articula:
- sobre alianzas existentes y no como duplicación de ellas,
- con capacidad legal de decisión común,
- con respeto a las soberanías nacionales,
- y al servicio de un proyecto de civilización, no de titulares ni comparaciones vacías.
La idea de Europa no se puede reducir a juntar soldados en una tabla de Excel. Porque si lo que se argumenta es precisamente no parecer un conjunto de bonsáis, entonces crear otro más, con un nombre diferente, no es solución, sino decorado.
Lo que Kubilius propone no es un ejército. Es un marco simbólico, en el que armar una doctrina, un mando, y un respaldo jurídico, supondría un desafío de proporciones casi inasumibles. Una fuerza de 100.000 soldados sin una política común es sólo otra pose más en una vitrina europea que colecciona declaraciones y pierde trenes.
Si la Historia de Europa no puede obviarse cuando se plantean máximos como éste, ni tampoco podemos permitirnos perder el tiempo, porque el tiempo, en defensa, no es una variable menor. La seguridad no se improvisa. Ni se construye sobre un bonsái con vocación de roble.

