Suecia, Trump y el retorno del tabú nuclear: por qué el debate atómico ya no puede evitarse, y por qué España debe abordarlo

El fin de la terquedad sobre lo nuclear en Europa ya no es una hipótesis, sino una urgencia. Y España no puede seguir fuera del debate

Donald Trump. Foto: Evan Vucci/AP (En ND)

 

La idea la ponía hoy sobre la mesa Kepa Sagardi, una de esas voces bien informadas e influyentes que, desde su cuenta de X (Twitter), suele ilustrar a la comunidad del pensamiento militar español (y europeo) con hilos tan incisivos como provechosos. En este caso, Sagardi dirige nuestra atención hacia un editorial publicado por Dagens Nyheter (DN), el principal periódico liberal sueco, en el que su consejo editorial lanza una advertencia tan directa como incómoda: Europa debe prepararse para una disuasión nuclear propia. Y Suecia debe estar en el centro de esa conversación.

El artículo de DN, sin firmar y por tanto atribuible a su equipo editorial -lo cual es revelador-, aparece tras el nuevo periodo de tensión creciente entre Washington y nosotros, sus socios europeos, avivado por las declaraciones recientes de Donald Trump, quien no sólo amenaza con abandonar a la OTAN (otras veces afirma amarla), sino que plantea abiertamente chantajear a Europa a través de su dependencia estratégica. «No necesito el derecho internacional. Mi moral es lo único que me detiene», decía Trump en una entrevista con The New York Times, resumiendo su concepción del poder.

El editorial sueco, consciente del contexto de rearme europeo y del, en ocasiones, cortoplacismo de Washington, lanza una propuesta que hasta hace poco habría sido considerada una provocación: discutir la necesidad de una capacidad nuclear en el norte de Europa, aprovechando la combinación de industria avanzada y experiencia técnica acumulada de países como Suecia y Alemania. La premisa es clara: si Estados Unidos se repliega, Europa debe substituirlo capacidad por capacidad. Incluida la atómica. No abogamos por soltar amarras, no se trata de ello, y jamás lo mencionamos en ese sentido. No tendría sentido desligarse de un socio con la capacidad disuasoria más formidable del planeta. Hablamos la dotación propia de las tecnologías y capacidades que Europa, y más concretamente España, necesita.

Lo llamativo no es sólo que el debate se haya abierto, sino que cada vez se abre en más lugares y desde más ángulos. Y éso es bueno; es necesario. Hace poco más de un mes, en estas mismas páginas, recogíamos las palabras del presidente de Airbus, René Obermann, quien durante la Conferencia de Seguridad de Berlín dejó caer una pregunta tan incómoda como inevitable: «¿Qué creen que haríamos si Rusia utiliza un arma nuclear táctica con efectos limitados? Yo no tengo la respuesta. Pero estoy seguro de que ustedes tampoco». Sembrar este debate es apasionante, y tan incierto como la agricultura sin plásticos (invernaderos): siembras la semilla, pero dependes por entero de la intemperie. Si germina o no, es por completo una quimera inescrutable.

Pero lo cierto es que lo nuclear ha vuelto, no como amenaza apocalíptica, sino como problema doctrinal. La disuasión nuclear europea está fragmentada, es asimétrica, escasa, y depende de una cadena de decisiones que comienza y termina en Washington en no poca medida. El miedo a discutir alternativas propias ha creado un vacío conceptual peligroso. El miedo, el combustible de los años post-Guerra Fría del que se ha servido Europa.

La amenaza rusa es percibida ahora con mucha más certeza. Pero no es la única

 

Ese vacío conceptual es el que Rusia está dispuesta a explotar, como demuestra el despliegue de más de 500 ojivas nucleares tácticas en el flanco oriental de la OTAN y en Bielorrusia. 

El editorial de DN, ya en clave doméstica, va incluso más lejos que Obermann: propone integrar a Suecia en una hipotética arquitectura de disuasión nuclear nórdico-europea, junto con Alemania y quizá otros actores regionales. Lo plantea desde la sensatez industrial: la tecnología existe, el conocimiento está, y el momento obliga.

El problema, claro, no es técnico. Es político, diplomático y también ideológico. Europa sigue atrapada en ese relato heredado de la Guerra Fría, donde lo nuclear era sinónimo de destrucción mutua asegurada y lo atómico, un recurso moralmente innombrable. Pero hoy, el arsenal nuclear de Rusia no es sólo estratégico: es operativo, táctico, y susceptible de ser utilizado como herramienta de coacción escalonada. Como instrumento de negociación por el terror. Ante ello, la doctrina del silencio se convierte en complicidad, en un pecado autoimpuesto.

Y, por no dejar sin introducirnos por fin en estas líneas, y en este marco contextual europeo que tanto nos concierne como nos erosiona, España sigue sin aparecer. En nuestro país, el debate sobre la disuasión nuclear -y en especial la táctica- ni está ni se le espera. Las declaraciones de Obermann no han tenido eco ni en la prensa especializada ni en el discurso político. Damos fe de ello. Y eso que España alberga infraestructura militar clave, participa en la defensa aliada y está dentro del rango de vectores rusos ya desplegados. Toda una suerte de razones para tomar en serio el comenzar a hablar de todo ello. Por lo menos hablar.

La serie de artículos publicados en estos días por Víctor Fauli en DYS sobre el Proyecto Islero sirve como recordatorio incómodo de que España ya tuvo una ambición nuclear propia. No como amenaza, sino como garantía de independencia. Hoy, ese debate, pese a nuestros esfuerzos, los de Kepa y los de cientos de expertos, analistas, entusiastas, estrategas y demás gente de toda ralea interesada en la seguridad colectiva, permanece socialmente congelado, como si su mera evocación implicase una forma de traición moral. Pero no se trata de nostalgia, sino de consistencia: no se puede hablar de «autonomía estratégica europea» sin considerar todos los elementos que la hacen posible. También el nuclear.

Ensayos norcoreanos con misiles nucleares

El editorial de Dagens Nyheter puede incomodar, pero resulta oportuno. Es una llamada a la responsabilidad. La seguridad europea ya no es una función externa que subcontratar a Washington. Es una ecuación que los europeos debemos resolver por nosotros mismos, con recursos, con voluntades compartidas y, sobre todo, con la valentía de debatir lo que hasta ahora habíamos decidido ni siquiera pensar.

Europa -España- debe pensar lo impensable antes de que ocurra lo inevitable. Y eso incluye hablar de armas nucleares propias. Aunque incomode. Aunque escueza. Aunque reviente consensos. Porque si no lo hace ahora, lo hará tarde. Y en cuestión de disuasión, llegar tarde equivale a no llegar nunca.

 

Jorge Estévez-Bujez

defensyaseguridad.es

 

Un comentario

  1. El pacto tácito de que las potencias nucleares sólo se amenazaban entre sí ya no está. Cuanto más débil se muestra Rusia, más cerca estamos de una agresión nuclear ante la que nadie en Occidente haría nada por temor a que ésta no fuese la última. Tratamos con países dirigidos por autócratas y tiranos a los que no les importa matar y que sólo se ven disuadidos por la fortaleza de sus enemigos. Y ahora sabemos que EEUU ya no está ahí y puede incluso que esté en el otro bando. Europa es un conjunto de países enanos en el terreno nuclear, salvando quizás a Francia porque GB es totalmente dependiente de EEUU, y no queda otro remedio que prepararnos para el mundo que viene entrando sin vacilaciones en ese terreno. Necesitamos armas estratégicas y de teatro junto con sus vectores. Todo ese desarrollo debe hacerse en colaboración entre los grandes países europeos siendo su resultado sistemas de armas nucleares de libre disposición para cada uno de los países asociados.

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