Los números delatan. Las Fuerzas Armadas en España: una sangría en silencio

823 militares menos y ninguna estrategia para detener la hemorragia

La cifra es tozuda, como casi todas las que se ignoran desde el poder: 823 militares menos en las Fuerzas Armadas en 2025. Y con ellos, se van no sólo cuerpos, mentes, piernas y brazos, sino la posibilidad real de sostener el modelo de Defensa que España dice querer mantener. La noticia ha saltado a los medios generalistas, que, con un leve temblor de voz, se limitan a reproducir lo ya sabido —que el año acaba con menos personal que el anterior— sin entrar en lo realmente alarmante: que no hay política de personal. Ni para atraer, ni para retener, ni para sostener.

Los datos son oficiales, extraídos del Boletín Oficial del Estado del 6 de enero. Cierre de 2024: 129.128 efectivos. Cierre de 2025: 128.305. Pérdida neta: 823. Pero lo que aparece como una pérdida asumible o contenida, no lo es en absoluto, máxime cuando se pone en perspectiva: España acumula un déficit estructural de 20.000 militares. A este paso, tardaremos 25 años en cubrir esa brecha… si es que no sigue creciendo, porque, de seguir haciéndolo, las matemáticas se encargarán, como siempre hacen, de poner en su sitio la eficacia de las políticas.

Y mientras tanto, grandes discursos sobre modernización, tan huecos como las cabinas del material que no encontrará quién lo dote. Aumentos presupuestarios y compromisos internacionales acumulan, bien lo sabemos, las principales líneas de cualquier medio. Nosotros no somos una excepción; pero al menos, en esta casa, tenemos coartada, tenemos la línea argumental bien trazada, pese a nuestra bisoñez. Escribimos, y mucho, sobre el problema. Alertamos, sin receta o con ella, pero advertimos de que todos los BOE, nutridos de millones como no se ha conocido antes, pueden quedar en la nada más absoluta sin el nervio que construye cualquier fuerza armada: su personal.

Los números no engañan, pero sí se maquillan

Los escalones se están cayendo. Pueden parecer que aún son firmes, pero engañan. La escala de oficiales pierde 1.000 efectivos en un solo año (de 25.532 a 24.532), lo cual es, dicho sin anestesia, una catástrofe funcional. La ligera subida en suboficiales (+122) y el aumento anecdótico de tropa y marinería (+55) no compensan ni simbólicamente una tendencia que lleva más de una década en caída libre.

Y sí, esto ya lo sabíamos. Pero lo que agrava la situación es la negación obstinada del problema, tanto como el reconocimiento superficial del mismo. Hace 3 semanas, respondíamos desde estas mismas páginas a un análisis complaciente en The Objective, que sugería que las ratios de acceso a las Fuerzas Armadas estaban “mejorando”. Sostenía el autor que las cifras de los Cuerpos Comunes daban esperanza. Era falso. Y lo sigue siendo.

2013: casi 28 aspirantes por plaza.
2024: 4,2.
¿Dónde está la mejora?

Es más, ni siquiera se cubren las plazas que se ofertan: en 2024 se ofrecieron 8.062 plazas para tropa y marinería. Se cubrieron 7.116. Esto no es una oscilación estadística. Es un colapso funcional. Un país que no consigue encontrar jóvenes dispuestos a vestir el uniforme —ni siquiera en tiempos de inflación, precariedad y paro juvenil— tiene un problema más profundo que el de unos cuantos salarios bajos. Tiene una crisis de propósito, de objetivo.

Cazas, carros, navíos y camiones que no tendrán quién los pilote. Por no hablar de los drones

El Ministerio de Defensa ha destinado 400 millones de euros para subir los sueldos: unos 200 euros más al mes para los militares. Un gesto loable, pero tardío. Y, sobre todo, insuficiente. Porque el dinero se va por otra vía: proyectos de adquisición material, inversiones en plataformas y sistemas que, a este ritmo, no tendrán operadores disponibles. Hay quien prefiere blindar a la tropa con VCR Dragón, aunque no haya tripulantes para completarlos.

Como escribíamos hace poco, ya hay regimientos que no alcanzan ni el 70% de cobertura real de personal. En aviación, las alas de combate están justas para cumplir con lo imprescindible, y el relevo generacional no llega. Pero no pasa nada, porque la narrativa oficial sigue centrada en el nuevo radar, el nuevo satélite, el nuevo dron.

El problema, claro, es que no hay dron que reemplace a un infante de marina en el Estrecho ni un radar que custodie Ceuta a pie de calle.

El espejismo de la ratio y la parálisis doctrinal

No nos engañemos: esto no es un desliz. Es el resultado lógico de varias décadas de abandono del reclutamiento y del sostenimiento. Los datos están ahí: en 2010, había 86.000 soldados de tropa y marinería. En 2025, hay 76.083. Y todo esto sin una guerra abierta, sin movilización, sin riesgo claro de intervención directa.

¿La causa? No es sólo económica, aunque los sueldos son objetivamente bajos, muy bajos. El verdadero problema es la falta de horizonte profesional, de motivación, de expectativas. El límite de edad de 45 años para buena parte de la tropa sigue vigente, sin una alternativa estructural clara. Las promociones internas se eternizan o directamente no existen. Y la comparación con el sector privado, especialmente en defensa y ciberseguridad, se ha vuelto insostenible: fuera se gana más, se vive mejor y se sufre menos.

Mientras tanto, seguimos inflando presupuestos sin una idea clara de cómo mantener plantillas mínimas. España aspira a asumir mayores compromisos OTAN, participa en misiones en África, Oriente Medio y Europa del Este, y se postula como un actor que quiere ser de relevancia. Pero nadie parece preguntarse: ¿con qué soldados?

Sin personas, no hay defensa

La defensa de un país no se hace sólo con euros ni con programas de adquisiciones. Se hace con hombres y mujeres dispuestos, formados, motivados y sostenidos. Y lo que no hay en España, a día de hoy, es un modelo de personal operativo y sostenible.

Cada vez que el Ministerio de Defensa anuncia una subida de presupuesto sin explicar qué hará para frenar la pérdida de efectivos, confirma que no ha entendido el problema. Cada vez que se insiste en la modernización tecnológica sin atender al componente humano, se perpetúa un error de base que nos costará caro.

Y cada vez que alguien —desde dentro o desde los medios— se atreve a decir que “no estamos tan mal”, convendría recordarle que las Fuerzas Armadas están perdiendo cientos de efectivos por año, que hay 20.000 plazas sin cubrir, y que no hay plan creíble para revertir la tendencia.

Eso no es una anécdota. Es una emergencia.

¿Se puede revertir? Por supuesto. Pero no con PowerPoints. Ni con fotos en ferias. Hace falta una reforma profunda del modelo de reclutamiento, una redefinición del itinerario profesional militar y un compromiso político real con las Fuerzas Armadas como institución de país, y no como gestoría de programas europeos. Y, por favor, no afloren de nuevo el recurrente debate del Servicio Militar Obligatorio. No es éso. No se trata en absoluto de éso. Una cosa es querer dar una mínima formación marcial, de circunstancias, a un puñado de jóvenes que quieran echar un verano aprendiendo instrucción y contemplando cómo los militares de verdad se desempeñan en su profesión (quizás valdría para despertar algunas vocaciones durmientes, quién sabe), y otra cosa muy distinta hacer nuestros otros debates, de otras naciones, acaso más persuadidas que la nuestra del peligro, para tratar de calzarnos una «mili» que no valdría más que para engordar las cifras, nada más.

Si no lo entendemos ahora, lo entenderemos cuando falte el relevo. Y entonces será demasiado tarde.

 

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

 

Un comentario

  1. La falta de profesionales se erradicaría convirtiéndolos a todos en funcionarios de carrera al llegar a los 45 años e integrándolos en cualquiera de las distintas administraciones del Estado. Quedarse en la calle con 45 años sin más ayuda que el subsidio que por mantenerse en la reserva perciben no es una perspectiva de futuro atractiva. Si se les garantizase la integración en la Administración al pasar a la reserva nos ahorraríamos el complemento de reservistas puesto que ya tendrían su sueldo de funcionarios y no dejarían de estar en la reserva. Ésta podría incluso ser más numerosa puesto que no conllevaría un gasto adicional. En cuanto al derecho de ponerse por delante del resto de aspirantes a esas plazas quedaría más que respaldado con la dedicación previa durante 20 o más años a la defensa de España con el esfuerzo, riesgo y mérito que ello conlleva.

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