Años de debate, susurros y presiones políticas, siguen dejando apenas titulares vagos e inexactos sobre la adquisición del sistema furtivo norteamericano.

F35B. Foto: Andy Wolfe
La posibilidad de que España adquiera el F-35 Lightning II, tanto en su versión de despegue vertical F-35B para la Armada como en su variante convencional F-35A para el Ejército del Aire y del Espacio, ha transitado durante años de la mera especulación a un tema de debate estratégico dentro de los círculos de defensa nacionales y hasta europeos. La decisión, no exenta de complejidades técnicas, doctrinales y políticas, se halla suspendida entre la necesidad operacional, la proyección de poder y la geometría variable de las relaciones bilaterales entre Madrid y Washington. Sin ánimo de polemizar, demos otra vuelta de tuerca a la cuestión.
Un mar sin cubierta fija: la necesidad de la Armada
Desde la retirada de los AV-8B Harrier II Plus prevista para finales de esta década, la Armada Española enfrenta un vacío crítico en su capacidad de ala fija embarcada. El portaaeronaves Juan Carlos I, diseñado con capacidad STOVL (Short Take-Off and Vertical Landing), quedaría reducido a una mera plataforma de helicópteros/drones sin el F-35B. No existen alternativas en el mercado occidental que puedan sustituir directamente al Harrier, lo que convierte al F-35B en la única opción viable para mantener capacidad de aviación de combate naval.
Técnicamente, el F-35B representa un salto cuántico respecto a su predecesor. Su fusión de sensores, su capacidad stealth y su interoperabilidad con flotas de la OTAN lo convierten en un multiplicador de fuerzas. Para asegurar la operatividad del Juan Carlos I y cubrir rotaciones y mantenimiento, se estima que la Armada requeriría al menos 12 unidades, idealmente 15, para asegurar un ala embarcada funcional; por no hablar de la prevista dotación de 2 cubiertas para la Armada, lo que, necesariamente, doblaría el número de F-35.

El Ejército del Aire y la obsolescencia programada
El Ejército del Aire y del Espacio enfrenta una doble presión: la paulatina retirada de los F/A-18 Hornet del ala 12 y 15, y la necesidad de completar el espectro de capacidades junto al Eurofighter Typhoon. Aunque el EF2000 evolucionará hacia el estándar Halcón/Tranche 4, este no cubrirá completamente el espectro de misiones de supresión de defensas enemigas (SEAD/DEAD), penetración profunda en entornos A2/AD ni ISR de vanguardia. El F-35A, en este sentido, se plantea, quizás, como un complemento estratégico, no como un reemplazo.
Fuentes no oficiales y filtraciones en medios especializados han sugerido que el Ministerio de Defensa ha explorado la posibilidad de adquirir entre 25 y 50 unidades del F-35A para cubrir las bajas de los Hornet y asegurar una capacidad de penetración avanzada dentro de los esquemas de disuasioón OTAN. Una cifra realista, dado el contexto presupuestario y doctrinal, se situaría en torno a los 30 aparatos. Pero, todo hay que decirlo, cualquier valoración al respecto es pura quimera desde hace años.
Diplomacia del sigilo
El Gobierno de España ha mantenido hasta la fecha una posición ambigua. En 2021, la Secretaría de Estado de Defensa negó contactos formales con Lockheed Martin respecto al F-35, subrayando la prioridad del programa FCAS (Future Combat Air System) impulsado junto a Francia y Alemania. Sin embargo, la reciente adquisición por parte de Alemania del F-35A para su componente nuclear OTAN ha debilitado el pilar de exclusividad del FCAS como única línea de acción.

Además, el contexto internacional ha mutado drásticamente. La guerra en Ucrania, el rearme global y la creciente tensión con Rusia han revitalizado la centralidad de la OTAN y, por extensión, la necesidad de interoperabilidad con sistemas estadounidenses en muchos de los miembros. La reciente participación del Juan Carlos I en ejercicios junto a portaviones F-35B británicos e italianos sugiere que la Armada ya está entrenándose para una eventual integración de este modelo. Además, no son pocos los que afirman que miembros de la Armada dan por descontada su adquisición; aunque, de nuevo, entramos en el terreno del mentidero.
Un hecho no menor son las relaciones entre España y Estados Unidos que, aunque tradicionalmente estables, han atravesado fases de tibieza política, cuando no de estancamiento y hasta roce. A pesar de todo, la base de Rota, eje logístico del escudo antimisiles de la OTAN, sigue siendo el mayor activo de la relación bilateral en defensa. Washington, sin embargo, presiona vehementemente para una mayor contribución de Madrid al gasto en defensa y la consecuente adquisición de sistemas estadounidenses. Pero el Gobierno de Sánchez insiste en no escalar más allá del 2%, un porcentaje que, de la forma en que se ha planteado este 2025, no tiene garantías de consolidarse más allá de diciembre.
Adquirir el F-35 podría verse como un gesto geoestratégico hacia la Casa Blanca, compensando cierto inmovilismo político, cuando no abierto recelo. Pero los tiempos en España no parecen marcarse en ese sentido. Además, la creciente tensión entre Madrid y Tel Aviv tampoco ayudará a suavizar las aristas de las relaciones transatlánticas.
No obstante, varios factores constriñen la adquisición. El primero es presupuestario: cada F-35A ronda los 200 millones de euros, o, al menos, eso es lo que va a pagar Grecia por sus F-35A; mientras que el F-35B puede irse a los 110 millones, quizá más. A esto se suma el coste del mantenimiento del ecosistema logístico, de infraestructura y de entrenamiento. En un escenario de restricción fiscal y prioridades sociales en conflicto, la decisión exige una narrativa de seguridad nacional convincente, que es exactamente lo contrario de lo que podemos encontrar hoy en España.
Un segundo obstáculo podría ser doctrinal: incorporar el F-35 implica redefinir estructuras de mando y organizativas, así como los procesos de adquisición y las doctrinas de empleo conjunto, pero nada de ello debe suponer un problema más allá que el natural cuando se adquiere un sistema de armas complejo de esta dimensión. A nivel político, también existe la resistencia desde sectores partidarios de la autonomía estratégica europea y de la industria nacional. Aunque lo cierto es que no hay opciones europeas que contemplar frente al F-35, con lo que se trata de una postura, al menos en este caso, carente de base.
Para finalizar, podemos, al menos, plantear 3 escenarios futuros, digamos plausibles en términos prospectivos:
Escenario conservador: España opta por adquirir solo una flotilla reducida de F-35B (12-15 unidades) para la Armada, posponiendo indefinidamente la opción del F-35A. Este escenario preserva el ala embarcada y limita algo el impacto presupuestario de una compra mayor.
Escenario dual escalonado: se adquieren F-35B para la Armada y, en una segunda fase, un lote inicial de F-35A (18-24 unidades) para cubrir la retirada de los Hornet. Esta vía permitiría compatibilizar la necesidad urgente de renovación de la Armada, con la adaptación progresiva y modernización por etapas del EA.
Escenario ambicioso: se adquieren -por ejemplo- 15 F-35B y 30 F-35A, integrando plenamente ambas plataformas. Este escenario supondría un vuelco en las perspectivas, redefiniría la proyección de poder española en el marco OTAN, pero se nos antoja irrealizable ahora mismo. Ni siquiera la cumbre de la Organización Atlántica sería capaz de alumbrar un anuncio así por parte del Gobierno, aunque fuera para calmar los ánimos tras la negativa a plantear nada más allá del 2%.
La adquisición del F-35 por parte de España no es una simple cuestión de compra de plataformas, sino una decisión estructural que afectará el modelo de defensa nacional durante las próximas décadas. Como tal programa, requiere de tal cantidad de factores político-económicos, además de técnicos, que se hace imposible tratar de modo extenso aquí. Las nubes que se ciernen sobre la seguridad europea empujan hacia una mayor interoperabilidad OTAN, y en ese contexto, el F-35 no sería una opción ideológica, sino una necesidad operacional. Otra cosa es que se contemple sólo la autonomía estratégica de la UE, lo que dejaría fuera, progresivamente, a los sistemas de armas norteamericanos. Pero, francamente, esta última es una posibilidad irrealizable, además de temeraria.
Queda por ver si el viento político soplará en dirección favorable. Pero el reloj estratégico no se detiene. El futuro puede aterrizar en la cubierta con el rugido de un turboventilador de quinta generación, o pasar de largo, abocando al JCI y sucesores, a convertirse en enormes portadrones.
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